Por Federico Pinales
Embarcarse a pensar en las complejidades de la vida, a cualquiera deja sin memoria y sin vida.
Por ejemplo, el intentar probar que gente pobre con los estómagos llenos de lombrices son divertidos, alegres y felices; mientras que muchos multimillonarios, viven tristes y solitarios, prisioneros en jaulas de oro, con diamantes hasta en los inodoros, pero con pestilencias que no las eliminan ni el cloro ni la trementina, ya que sus vidas son auténticas ruinas, provocadas por la soledad y el encierro, entre grandes paredes y verjas de hierro.
Todo eso sumado a la falta de amigos, familiares y allegados sinceros, que los amen por lo que son, no por lo que tienen, ostentan o representan.
En cambio, el pobre, aún carente de lo más mínimo para el sustento, siempre vive alegre y contento, sin importar que por desnutrición se lo esté llevando el viento.
A los pobres se les llenan los estómagos de parásitos llamados “lombrices intestinales”, muy similar a otro invertebrado que abunda en las tierras húmedas y al que también se le llama “Lombriz de Tierra”.
En el caso de las lombrices intestinales, estas se desarrollan más en los conglomerados humanos con poco acceso al agua potable y a las mínimas condiciones de higiene, para resolver sus necesidades básicas de subsistencia.
Quienes no han vivido en los campos distantes de las grandes ciudades o en los barrios marginados de la capital y algunas provincias, no podrán entender esta cruda realidad y ese raro contraste, entre bullicio; esa alegría contagiante de los sectores marginados y ese silencio casi sepulcral de las áreas pobladas por multimillonarios, super protegidos por los organismos de seguridad estatales, pagados con recursos del Estado y otros medios propios.
Como se puede notar, la sobreabundancia material, no siempre determina la felicidad espiritual, por lo cual, hay que tratar de equilibrar, poniendo énfasis en el aspecto humano y familiar, para que al final no haya nada que lamentar, hincado frente al altar.




