¿Solidaridad para Cuba?

Por Rafael Céspedes Morillo

Ser solidario lo tengo catalogado como uno de los comportamientos más nobles del ser humano. En lo personal, me encanta serlo; lo práctico en cada oportunidad que la vida me brinda para hacerlo. Si alguien no lo hace, lo invito a probarlo, y sin duda sentirá un gran placer al hacerlo, de esos que jamás se olvidan.

Por eso, cuando oigo o leo que personas, instituciones e incluso países hablan de ir en auxilio de Cuba, me identifico con ellos de inmediato. Sin embargo, en este caso creo que debemos hacer una diferencia: ¿la solidaridad la necesita y/o la merece el pueblo cubano o estamos hablando del gobierno? Entiendo que esa diferencia debe quedar claramente marcada.

Hay quienes se manejan con una “solidaridad errada”, porque son solidarios con sus amigos, al margen de que estén o no equivocados. No comparto esa actitud.

El gobierno cubano, es decir, la llamada “revolución cubana”, tiene 67 años de establecida. Hubo una época en la que podían exhibir ciertos avances en áreas como la salud y el deporte. Hoy, en cambio, las únicas cosas que parecieran poder exhibir son la capacidad de mantener en servicio vehículos de más de 70 años, la de acumular basura sin que mueran muchos por ello, o demostrar que pintar viviendas y estructuras afines no es una prioridad, porque en 67 años pareciera que no han pintado una sola casa.

Otro de sus “logros” ha sido enseñar a todo un pueblo a no comer y seguir vivo. El gobierno cubano ha demostrado, hasta la saciedad, que no siente el más mínimo interés en que su pueblo sea feliz. Si la desnutrición en Cuba fuera un logro humanitario, ocuparían el primer lugar, incluso por encima de Haití.

Confieso que no entiendo cómo alguien puede ser solidario con un gobierno como el cubano. Tampoco comprendo cómo todavía hay quienes sostienen que, en 67 años, la mal llamada revolución cubana no se ha desarrollado por culpa del bloqueo norteamericano, cuando lo cierto es que ha sido un fracaso en cualquiera de las áreas que elijamos analizar.

No tienen azúcar, no tienen carne, no producen víveres, no tienen combustible, no tienen energía eléctrica, no tienen calles, sino callejones; no tienen comida, no hay seguridad… no tienen, no tienen. Bueno, lo que sí tienen es un fracaso de más de 60 años.

Y me confunde que aún haya personas que quieran que ese “gobierno” continúe. A veces pienso que quienes quieren eso son amantes del masoquismo, que disfrutan ver sufrir a todo un pueblo, porque son solidarios con lo degradante, con la miseria humana, con quienes se ven en posición de gobernar un país donde, en pleno siglo XXI, el presidente es designado por un grupo de no más de diez personas, por no decir cinco o seis.

Creo y defiendo que quienes realmente necesitan que seamos solidarios con ellos son los cubanos de a pie, el pueblo cubano. 

Y entiendo que Marco Rubio debe emplearse a fondo para lograr que este año sea el último de los oprobios, de la miseria, de la falta de derechos y de la ausencia de progreso para un pueblo que en su momento fue puntero en el desarrollo de gran parte de Latinoamérica.

Cuba fue ejemplo de avance, y eso aún puede verse en los edificios que permanecen en pie, aunque hoy estén abandonados. Esas estructuras muestran cuál era el nivel de desarrollo de Cuba hacia 1959: con defectos, con asuntos por resolver, sí, pero jamás con las condiciones de deterioro y abandono que hoy se observan.

Esa es la Cuba que Chávez quiso imitar para imponerla en Venezuela, estableciendo allí, como él mismo expresó una vez, que haría de Venezuela el “mar de felicidad” que era Cuba.

Venezuela comenzó un camino que ya no tiene retroceso: el camino hacia la libertad y la democracia, para regresar a la ruta del progreso. Ojalá que pronto, y eso mismo esperamos, ese proceso también comience este año en la Cuba de Martí y del gran dominicano, Máximo Gómez.

Rafael Céspedes Morillo
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Rafael Céspedes

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