Por Osvaldo David Santana Durante 21 días, una gallina permanece casi inmóvil, protegiendo la vida que aún no se ve. Apenas se alimenta, apenas se mueve. Su cuerpo se convierte en abrigo, su quietud en resguardo. Empollar no es esperar: es sostener.
En ese acto silencioso se concentra el rol materno en su forma más pura: constancia, cuidado y renuncia. Día y noche regula el calor, protege del entorno y se entrega sin pausa para que otros puedan nacer. Esta imagen detiene el tiempo para recordarnos que el sacrificio suele ocurrir lejos del ruido, en la sombra, donde la vida comienza sin aplausos, pero con una entrega absoluta.