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Por: Osvaldo D. Santana
Cuando cae el sol, la cancha sigue viva. Las siluetas apenas se distinguen, pero el juego continúa entre luces encendidas, palmas y el rumor del mar al fondo.
La escena captura algo más que un partido improvisado: retrata ese momento en que la ciudad baja el ritmo y el deporte se convierte en encuentro. No importa el marcador ni el tiempo. Lo importante es seguir jugando antes de que la noche termine de llegar.
Entre sombras y atardecer, el baloncesto vuelve a ser lo que siempre ha sido en la calle: un lenguaje compartido.