Por Rafael Céspedes Morillo
Los llamados “izquierdistas” lucen hoy desesperados. Sus discursos han sido derrotados por algo invencible: le llaman: realidad.
Veamos algunos ejemplos.
Se rasgan las vestiduras ante una supuesta “intervención” en Venezuela, alegando violación del principio de la no intervención. Sin embargo, cuando el Che Guevara participó en acciones armadas en Angola y Bolivia, eso no fue
intervención, sino “solidaridad internacionalista y revolucionaria”.
Qué conveniente moral: cuando lo hacen ellos, es justo; cuando lo hacen sus adversarios, es condenable. En Venezuela se usa un refrán que en este caso es perfecto, dicen: ‘’lo que es bueno para la pava es también bueno para el pavo’’.
Hoy, los hechos son más elocuentes que cualquier discurso. Venezuela no enfrenta un debate ideológico, sino las consecuencias de un modelo fracasado. Años de crisis económica, colapso institucional y éxodo masivo han roto, incluso, el vínculo histórico entre sectores populares y el chavismo. Lo mismo ocurre con Cuba. El prometido “mar de felicidad” terminó convirtiéndose en escasez, apagones y deterioro social. La isla enfrenta en 2026 una crisis energética severa, marcada por falta de combustibles, caída económica y protestas crecientes. Falta poco para que allí llegue la libertad.
No se trata solo del bloqueo externo o presión internacional. Se trata también de un modelo incapaz de generar bienestar sostenible.
En ambos casos, el discurso ideológico intenta sobrevivir donde la realidad lo desmiente.
No hay alimentos suficientes, no hay servicios estables, no hay libertades plenas. Y mientras tanto, quienes detentan el poder mantienen privilegios que contradicen el relato igualitario que proclaman.
Lo más difícil para cualquier corriente política no es gobernar: es admitir cuando ha fracasado, siempre buscarán a quien culpar.
La historia reciente de Venezuela y Cuba plantea una pregunta incómoda para la izquierda latinoamericana:
¿hasta cuándo se puede seguir justificando lo injustificable?
Admitir errores no es rendirse; es evolucionar. Negarlos, en cambio, es condenarse a repetirlos.
Tengo la convicción de que llegará el momento en que esos pueblos decidirán plenamente su destino. Y cuando eso ocurra, no será por discursos, sino por la fuerza de la realidad que, tarde o temprano, siempre termina imponiéndose.
Esas dos sociedades, o pueblos, han mostrado la gran capacidad de aguantar, pero que a nadie se le ocurra pensar que eso será para siempre, porque fue dicho hace mucho tiempo, que no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista, y todos sabemos, reitero, por resultados, que en ambos países, reina el mal. Que lo único que tiene de bueno, es que está llegando al final, porque parece que ya tienen 99 años.











