¡Le crecieron las patas a la mentira!

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Por Rafael Céspedes Morillo

Por definición, la mentira es la negación de la verdad; es lo opuesto a esta o, dicho de otro modo, es lo incierto, lo negativo, lo irreal, casi siempre con un interés especial de quien la usa, sabiendo que no podría conseguirlo diciendo la verdad. Por eso, la mentira casi siempre viene disfrazada: llega de modo elegante, adornada. La mentira necesita un buen traje para ser aceptada, para que la compren.

La verdad, regularmente, viene desnuda; se presenta tal cual es. No requiere adornos para ser aceptada, aunque a veces puede parecer increíble, mientras que la mentira puede resultar muy creíble. Esto también depende de quien la “venda”. 

Es importante quién es el portador de la mentira o de la verdad. Hay quienes usan la mentira con tanta frecuencia que se hacen especialistas en mentir; en cambio, el que siempre habla con la verdad no recibe un calificativo especial, como en el primer caso, al que se le llama mentiroso.

El uso de la mentira se ha especializado tanto que hasta colores le han puesto: ahora hay “mentiras blancas”, e incluso “mentiras blandas”. La verdad, en cambio, es de una sola forma, que yo identifico como poderosa, y nada más.

La mentira, por la frecuencia de su uso, podrá ser ocasionalmente más ágil que la verdad, pero jamás será más poderosa ni más duradera. La mentira no camina mucho; dicen que tiene las patas cortas y que tiene un tiempo para perecer. La verdad, en cambio, jamás muere.

Entonces, ¿por qué, si los mentirosos saben esto, siguen mintiendo? La razón es simple: el mentiroso siempre actúa por una necesidad del momento. “Resuelve ahora y vemos después,” parece ser su forma de ver y actuar. Mañana será otro día, y entonces verán qué sucede. Al mentiroso no le preocupa el mañana; su preocupación es el ahora, y en función de eso decide.

Sin embargo, las mentiras no crecen ni caminan largas distancias si no encuentran espacios donde hacerlo o donde depositarse. Requieren que se les abran las puertas, y eso es lo que ocurre en algunos espacios, grupos, instituciones y personas.

En la República Dominicana —no sé si es el único país, pero si no lo es, es de los más destacados en esto— sucede que creemos en las mentiras extranjeras, pero no en las verdades criollas. Por alguna razón que de momento no identifico, a los extranjeros se les facilita mentir, porque encuentran los espacios necesarios y convenientes para ello. Son realidades que marcan de tal manera que parecen una norma.

Alguien me preguntó una vez cuál era mi opinión sobre los “estrategas políticos” extranjeros. Le respondí que la capacidad de un profesional, en el área que sea, no está en dónde nació, sino en cómo se capacitó. No importa lo que diga el pasaporte; importa lo que tenga en el cerebro, porque de eso se trata.

Quien preguntaba se refería de modo más específico al área de la política. Lo hacía porque quería formar un equipo de trabajo en el que estarían un extranjero —ya en proceso de contratación— y un servidor. Acepté de forma llana, argumentando que, si él traía la idea de trabajar para la victoria y yo haría lo mismo, no debía haber inconvenientes entre ambos, ya que perseguiríamos el mismo objetivo. Solo podría haber problemas si él buscaba otra cosa.

Al final, la conclusión fue que el extranjero no me aceptó a mí. Él y yo no nos conocíamos personalmente; ambos sabíamos de la existencia del otro, pero jamás habíamos hablado, y de hecho nunca hemos hablado. Nos conocíamos porque, en un momento determinado, él me sustituyó como asesor de un presidente latinoamericano al que yo le había renunciado.

 

Rafael Céspedes Morillo
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