Por Alfonso Tejeda
La trágica muerte en Santiago del chófer Deivy Carlos Abreu Quezada, de 40 años, causada por una turba de motoristas ha exacerbado una reacción popular contra ese conglomerado, la que parece ser resultado de un hartazgo por las inconductas de unos aprovechados del desorden institucional generalizado en el país, caracterizado por la falta de autoridad social y moral, del que abusan sin medir acciones ni las posibles consecuencias.
En su época de icono del humor en República Dominicana, Freddy Beras Goico, ante situaciones protagonizadas por motoristas, las explicaba como resultado de una “venganza de los japoneses” por las fatales bombas nucleares explotadas en Hiroshima y Nagasaki, que a través de esos vehículos de dos ruedas han inundado a muchos países, de los cuales el nuestro es una muestra más que fehaciente.
Más allá del prejuicio y la crueldad de “ese chiste”, el humorista también reconocía “el aporte” que a la alta tasa de accidentes contribuyen los motoristas por su falta de protección a sí mismos y la manera desafiante, desenfrenada, al desplazarse por cualquier trillo que entienden les permite el paso, aún sea en la intrincada y tortuosa enredadera de vehículos que atiborra las calles, lo que entienden es una licencia para trepar por las aceras, una vez reservadas a los transeúntes.
Esa desaprensiva actuación es corolario de su autoestima, pues han demostrado, aun desconociendo la inmensa mayoría de ellos el cuento La Mancha Indeleble, de Juan Bosch, ser como los personajes narrados en esa pieza literaria, quienes se despojaban de sus cabezas al entrar a una habitación en la que se convertían en seres de un pensamiento único, parte del cuerpo que los motoristas deberían usar, un casco protector para evitarse más lesiones en los accidentes, desgracias que lideran tanto en muertes como en heridas.
Cómo el innombrado y único personaje que pudo escapar al conjuro de aquella habitación, pero que como secuela de esa experiencia quedó identificado por el café derramado en su camisa, los motoristas hoy son esa mancha indeleble que distingue al tránsito vehicular en todo el país, alimentados en su vocación suicida por la irresponsable y negligente actuación de las autoridades ante las leyes, el respeto a sí misma y a su compromiso con la sociedad toda.
Así se podría entender ese hartazgo que registran las reacciones por el caso del chófer de Santiago, perseguido por una horda a través de varias calles de esa ciudad, ante la inaudita ausencia de las autoridades, reacciones que ya comienzan a apuntar a otras posibles respuestas en las que los motoristas confirmarían una sentencia antiquísima, la que en vez de mejorar la situación, la convertiría en caldo de cultivo para el despeñadero de la sociedad.











