Por Yancen Pujols
Y la noticia comenzó a difundirse, parafraseando al irrepetible Frank Sinatra, teniendo como protagonista al equipo de los Knicks, que juega en Nueva York.
Adiós a 53 años de sequía; la bienvenida a un momento de sello indeleble y alegría desbordante para una ciudad que sufrió como nadie, pero que el pasado sábado disfrutó como nunca.
Jalen Brunson lideró la conquista y, a su lado, Karl-Anthony Towns Cruz, el hijo de la fenecida Jackeline, elevó el sentimiento dominicano a un nivel que pocas palabras pueden describir.
En Quisqueya, la tropa del Madison era la favorita para coronarse y la presencia del espigado centro de siete pies de estatura era una razón de mucho peso.
Claro está, hay parroquianos de larga data de la escuadra que no disfrutaban de una corona desde 1973, cuando el hoy presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump, contaba con 27 años de edad y trabajaba en la empresa de bienes raíces de su padre, un escenario muy distinto al actual, en el que conduce los destinos de los Estados Unidos entre la firma del esperado acuerdo de paz con Irán y su participación en la cumbre del G7.
Karl da un matiz distinto a esta coyuntura. Sin necesidad ni deuda en lo formativo ni nada parecido, ha abrazado la República Dominicana como nadie lo esperaba.
Su progenitora, fallecida en 2020 por la COVID-19, siempre quiso que su vástago fuese un embajador de altos quilates de su país natal. La oriunda de Nibaje, Santiago, le sembró el orgullo patrio y le pidió que mostrara al mundo lo bueno de su tierra.
Para Karl, de 30 años, millonario lejos en dólares, el trago amargo de perder a su sostén, la columna de apoyo cuando su padre, Karl Sr., se ponía agrio mientras lo entrenaba en una cancha en Nueva Jersey, es y será sempiterno.
No obstante, ha hecho el esfuerzo de entender el proceso y sacar algo positivo de una marca que jamás se va, como es la ausencia de un ser querido.
El humano puede manejar la carencia, pero saber que alguien ya no estará, por más que se quiera, hace esquina con la avenida del dolor.
Es por eso que, para cumplir el anhelo de quien lo trajo al mundo, se identificó con la República Dominicana y ese afecto es hoy de doble vía.
No bien terminaba de celebrar, entre lágrimas de alegría y nostalgia, cuando ya proclamaba que el trofeo de los Knicks viene para este territorio.
El conjunto azul y naranja, colores asociados al estado de Nueva York, tuvo en Brunson, el diminuto pero corajudo armador, a su Jugador Más Valioso; en Towns, OG Anunoby y varios más, a dignos colaboradores en cancha de la conquista en cinco partidos de la corona ante el favorito San Antonio Spurs.
La ciudad, que celebrará este jueves, se puso loca y no es para menos. Fueron décadas de decepciones, a pesar de mucha inversión.
Quizás veamos una película de Spike Lee, el famoso cineasta que, precisamente, es fanático de los Knicks desde 1970 y abonado en los asientos cercanos a la cancha desde 1985.
Actores y figuras de renombre en distintos campos gozan el cierre de una herida que vio al mundo pasar de Vietnam, el Muro de Berlín y la otrora Unión Soviética al internet, las redes sociales y, valga la mención, al conflicto actual por el estrecho de Ormuz.
Como ya Towns lo dijo, muchos dominicanos estarán atentos a la fecha de su llegada con el trofeo. Como Sinatra, solo tendrá que decir: “Me voy hoy”, y aquí lo esperarán con los brazos abiertos.
Podrá salir de Nueva York u otro estado norteamericano, eso está por definirse, pero el destino será el país con la bandera que su madre siempre le recordó, la misma que abrazó y donde será recibido como un campeón.







