¡No hay derrota más económica que una victoria!

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Por Rafael Céspedes Morillo

Así de simple es esta realidad: todo lo invertido en una derrota es pérdida; todo lo invertido en una victoria es ganancia. Con la derrota se pierde todo; con la victoria se obtiene lo buscado.

Hay quienes dicen: “¡Pero ganamos una gran experiencia!”. Y sí, es verdad, pero la experiencia obtenida con la victoria tiene mayor valor, porque aprender a ganar no se parece en nada a aprender a perder. Uno de los resultados de la derrota se llama frustración, aunque también deja otras enseñanzas. Se aprende, si se quiere, humildad; se aprende que no se sabe todo, porque la derrota significa, en lo profundo del ejercicio, falta de conocimientos. Y no solo eso: significa falta de muchas otras cosas más.

Alguien me preguntó: “¿Qué debe hacer un derrotado?”. Yo siempre le sugiero al perdedor que felicite al ganador o a los ganadores. El primer ejercicio de una sincera humildad debe ser ese: reconocer que perdimos, que no supimos manejar adecuadamente lo que teníamos que hacer.

Después, deben reunirse y pasar balance a los trabajos realizados y, a partir de ahí, hacer una auditoría de la campaña, asumiendo que sea en el campo político. Una auditoría bien hecha, realizada por alguien o algunos con experiencia en esa área, debe arrojar qué les faltó, qué no hicieron y debieron hacer, en qué se extralimitaron y exageraron las acciones. Esto último es común verlo en el área de propaganda. 

Algunos entienden que mientras más vallas, afiches y materiales coloquen, mejor será, y eso no siempre es cierto. Saturar es molestar, y nadie que se moleste por, o con, lo que hace un candidato, votará por ese candidato.

Estoy convencido de que los buenos ejemplos siempre ayudan a la clarificación. Voy a poner un ejemplo de mala acción en dos de las actitudes más comunes.

El primer equívoco es decir: “Me ganaron con fraude”, cuando lo correcto sería afirmar: “Los resultados fueron alterados de la siguiente forma”, por lo que no habría ni ganador ni perdedor hasta tanto se clarifique y resuelva con honradez la situación, asumiendo, claro está, que existan pruebas de ello.

Un ejemplo de mala práctica fue la actitud de algunos militares durante el régimen de Joaquín Balaguer, cuando conocieron los resultados de la mayoría de las urnas y supieron que Antonio Guzmán ganaba por un amplio margen. No hubo un robo definitivo de las elecciones debido a las acciones del sector político ganador, que supo movilizar las masas, la clase pensante y organismos internacionales, logrando que al final se reconociera la victoria de la entonces oposición política del país.

Contrario a esa actitud, vimos años después cómo Hipólito Mejía fue declarado ganador sin haber alcanzado el 50 más uno, aunque estuvo tan cerca que el doctor Joaquín Balaguer no quiso apoyar la realización de una segunda vuelta, dado que la diferencia era mínima.

En resumen, y tratando de responder la interrogante de mi amigo, creo que, producida la derrota, lo primero que se debe hacer es felicitar al ganador. Lo segundo, si existe interés en seguir en el campo de batalla, es reunirse y hacer una auditoría de la campaña. 

Hay expertos en esa rama que pueden decirles a los derrotados por qué perdieron y cuáles controles y acciones deben tomar en el futuro. Esto es fundamental, porque no siempre las derrotas llegan por las mismas razones.

Con sinceridad, hay que ver, a través de ojos no interesados ni influenciados por el partidismo, cuáles fueron esos factores mal utilizados y cuáles se dejaron de hacer. Las auditorias de campañas hoy se hacen durante la campaña, pues esta hace que se eviten errores, entre otras cosas positivas.

Una táctica que sirve de ejemplo fue la usada cuando La Estructura llevaba como candidato a Jacobo Majluta, y también lo llevaba el PRD. Fue importante el voto o “tarjeta” de La Estructura, porque había más de cien mil votantes que querían votar por Jacobo, pero no por el PRD. Así, La Estructura obtuvo alrededor de 123 mil votos. Esos votos no provenían de miembros de la estructura, sino de personas pertenecientes al segmento de votantes circunstanciales; es decir, aquellos que votan según las circunstancias y no por compromiso formal.

Así se puede ganar y así también se puede perder.

Un candidato a la Alcaldía del Distrito Nacional perdió en una de sus oportunidades porque su equipo no supo crear un espacio electoral distinto a su tarjeta oficial. Mucha gente quería votar por él, pero jamás lo haría por su partido oficial. Como no existía una vía alternativa para hacerlo, simplemente no votaron, y ese candidato perdió por un margen muy reducido, quizás igual a la diferencia.

Rafael Céspedes Morillo
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Rafael Céspedes

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