El silencio cómplice te convierte en criminal y callar por miedo en cobarde, sin carácter

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Por Federico Pinales

Un reducido grupo de sádicos gánsteres, insaciables de poderes y riquezas materiales, no satisfechos con haber eliminado a más de 45 millones de seres humanos, de manera indirecta, a través de estrangulaciones y sanciones criminales; sin contar los millones de muertos y desplazados, provocados por las incontables guerras, invasiones, derrocamientos de gobiernos extranjeros legalmente elegidos por sus pueblos, están amenazando peligrosamente la existencia de la humanidad y merecen ser enfrentados con determinación y coraje, no necesariamente con armas mortíferas, sino usando todas las herramientas civilizadas a nuestro alcance.

Y no hablo solamente de los asesinatos masivos y violentos de una nación, autoproclamada dueña de medio mundo, con pretensiones de apropiarse por la fuerza bruta de la otra mitad.

Me refiero a todos aquellos que les antecedieron y quienes han sido cómplices directos o indirectos del genocidio de los últimos 80 años.

Ese que se ha agravado con el ascenso al poder de un personaje más peligroso que el monstruo alemán que se llevó de encuentro a “más de 6 millones de judíos”.

Según estudio de The Lancet, citado por Tricontinental y reproducido por diferentes medios y plataformas digitales, en los últimos 80 años las sanciones provocaron un 

promedio de 564,358 muertes de personas por año… Lo cual multiplicado por 80 arroja un balance de 45,148 640. Esa cifra no incluye a los muertos, desaparecidos, desplazados y deshabilitados que han dejado los conflictos a gran escala, como los de Vietnam, Corea, Irak, Afganistán, Siria, Libia, Palestina, Ucrania y ahora Irán.

En todas ellas, Estados Unidos ha tenido un papel protagónico,

con las mismas excusas casi nunca probadas, como fue el caso de Irak, donde supuestamente se perseguía “un arsenal de armas químicas” que todavía hoy nadie ha podido presentar.

Lo mismo ha ocurrido ahora con el supuesto programa nuclear de Irán.

Está demostrado que las guerras no ofrecen solución y que solo dejan muertes, destrucción y desolación.

De ellas solo se benefician los promotores e invasores, soberanos depredadores, gánsteres y explotadores, que saquean sin rubores a los países más débiles, a quienes solo les dejan miserias y dolores, ofreciéndoles migajas como flores, fingiendo ser sus benefactores y “generosos protectores", mientras ocultan sus horrores.

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