El exdirector evitó cuestionar directamente su sustitución, pero dejó frases que inevitablemente conectan la defensa de sus principios con el costo de permanecer en una posición
Por Octavio Santos
El discurso con el que Andrés Modesto Cruz Cruz entregó la Dirección General de la Policía Nacional puede ser leído en dos niveles. En la superficie fue una despedida institucional: agradecimientos, reconocimiento a su familia, respaldo a los policías y deseos de éxito para la institución. Debajo de esa formalidad, sin embargo, aparece un mensaje mucho más interesante: la construcción de la integridad como explicación de su paso por el cargo y como legado después de una gestión inusualmente breve.
Y también es preciso incluir en ese discurso en cómo se presentó: vestido de civil, pues ya fue puesto en retiro; acompañado de su esposa; sus hijos y sus padres. Un contundente mensaje de integridad y valor.
Cruz Cruz no denunció presiones. No acusó al Gobierno. Tampoco dijo que fue sustituido por haber tomado alguna decisión particular.
Pero tampoco pronunció un discurso burocrático de entrega. Escogió palabras que, por el momento en que fueron pronunciadas, adquieren inevitablemente una segunda lectura.
La más poderosa fue esta:
“No dejen de luchar por lo correcto, aunque les cueste el puesto”.
La frase habría tenido un significado general pronunciada por cualquier director policial en cualquier momento. Dicho por un funcionario que acaba de perder precisamente el puesto después de solamente seis meses, su peso es distinto.
No demuestra que Cruz Cruz haya sido removido por defender alguna posición. Pero sí instala deliberadamente esa asociación en el discurso.
Seis meses: Cruz Cruz convierte la debilidad en argumento
La duración de la gestión atraviesa toda la intervención.
Cruz Cruz llegó a la Dirección General el 17 de febrero de 2026, cuando el presidente Luis Abinader lo ascendió a mayor general y lo designó mediante el Decreto 111-26. Antes había sido inspector general y director de Asuntos Internos, dos posiciones particularmente vinculadas con el control y la supervisión interna de la Policía.
Exactamente seis meses después, el 17 de agosto, Abinader derogó su designación, lo colocó en retiro y nombró en su lugar a Ernesto Rafael Rodríguez García mediante el Decreto 558-26. La explicación oficial publicada por la Presidencia no atribuyó la salida a una falta, una crisis o un resultado específico; presentó el cambio dentro de una reorganización más amplia del Gobierno.
Cruz Cruz sabía, por tanto, que la brevedad de su gestión era el dato inevitable de su despedida.
En lugar de eludirlo, lo asumió.
“Seis meses pueden parecen poco tiempo”, dijo.
Más adelante vuelve a mencionar “estos seis meses”. Después habla de “las enseñanzas de estos seis meses”. Y finalmente define su gestión como su “breve paso” por la responsabilidad.
La reiteración cumple una función: intenta impedir que la duración sea interpretada automáticamente como medida de fracaso.
Su argumento es otro: el valor de una administración no está necesariamente en cuánto dura, sino en los principios que defiende mientras dura.
Lo que resulta más revelador: casi no habla de resultados
Esto quizás sea lo más llamativo del discurso.
Un director policial saliente podría utilizar ocho minutos para enumerar decomisos, arrestos, reducción de delitos, vehículos adquiridos, nuevos destacamentos, operaciones realizadas o indicadores de seguridad.
Cruz Cruz prácticamente no lo hace.
No convierte su despedida en una rendición de cuentas cuantitativa. Tenía, desde ese punto de vista, poco qué demostrar.
Su balance es fundamentalmente moral.
Habla de integridad.
De principios.
De honor.
De hacer lo correcto.
De respeto a la ley.
De transparencia.
De reconocer a los buenos policías.
De apartar a quienes lesionan la credibilidad institucional.
Eso permite identificar cuál fue el legado que quiso construir en su último acto como director: no pretende ser recordado por una obra determinada, sino por una manera de ejercer la autoridad.
Y lo dice expresamente:
“Si algo quisiera que quedara como legado de mi breve paso por esta responsabilidad, no sería un hombre, una posición ni una obra material”.
La elección es reveladora porque transforma una posible carencia —seis meses son insuficientes para exhibir grandes transformaciones— en una tesis: su legado no necesita tiempo porque es ético, no material.
“Aunque les cueste el puesto”: la frase central
Todo el discurso puede organizarse alrededor de esa oración.
Cruz Cruz comienza estableciendo la integridad como un “principio irrenunciable”. Luego argumenta que una Policía fuerte no depende exclusivamente de tecnología, vehículos, recursos o estructuras.
Después llega al núcleo:
“Actuar correctamente” no es una debilidad.
Los policías deben preservar sus principios.
Deben luchar por lo correcto.
Y deben hacerlo aunque eso implique perder el puesto.
La construcción retórica es demasiado coherente para considerar esa última expresión como una frase aislada.
El razonamiento es:
integridad → principios → decisiones difíciles → costo personal → pérdida del puesto.
Eso no permite afirmar periodísticamente que Cruz Cruz esté diciendo: me destituyeron porque hice lo correcto.
Sería ir más lejos que sus palabras.
Pero tampoco sería razonable eliminar el contexto y presentar la expresión como una exhortación abstracta. El hombre que advierte que hacer lo correcto puede costar el puesto acababa de ser sustituido del suyo.
Ahí está la tensión principal del discurso.
La extraña expresión sobre Abinader
Hay otra frase que merece atención.
Al agradecer al presidente Luis Abinader, Cruz Cruz no emplea únicamente las fórmulas habituales de “confianza depositada” u “oportunidad de servir”.
Dice:
“Por la oportunidad arriesgada que tomó”.
“Arriesgada” es una palabra peculiar.
No explica por qué considera que designarlo director constituyó un riesgo.
Puede tratarse simplemente de una expresión personal de humildad. También podría reflejar que Cruz Cruz era consciente de las circunstancias particulares de su nombramiento o de las dificultades de la misión que recibió.
No hay elementos suficientes en el discurso para avanzar más.
Pero, desde el análisis político del lenguaje, es significativa, precisamente porque introduce la idea de riesgo en el origen de una gestión que terminó apenas seis meses después.
Reconoce errores y evita declararse víctima
Otro elemento relevante es que Cruz Cruz no se presenta como un funcionario infalible.
“Seguramente también cometimos innumerables errores”, admite.
La frase funciona como contrapeso.
Si todo el discurso hubiese consistido en reivindicaciones sobre integridad, podría interpretarse exclusivamente como una autodefensa. Al introducir sus propios errores, reduce el tono y asimila cuestionamientos.
No habla de injusticia.
No reclama explicaciones.
No cuestiona al presidente.
No reivindica el derecho a permanecer en el cargo.
Incluso, recuerda una verdad constitucional y política de manera indirecta: la institución está por encima de quien la dirige.
“No importa quién ocupe la Dirección General de la Policía mañana”, sostiene.
Es una forma de aceptar la sucesión sin renunciar a fijar su versión de lo que considera esencial.
Un mensaje hacia dentro de la Policía
Aunque el discurso fue público, buena parte de su verdadero destinatario parece ser el cuerpo policial.
Habla a los “buenos policías”.
Pide que tengan posibilidades de crecer.
Reclama reconocimiento para quienes honran el uniforme.
Advierte que quienes se aparten de la ley deben saber que la institución no puede tolerar comportamientos que destruyan su credibilidad.
Esto adquiere particular coherencia con su trayectoria: antes de llegar a la jefatura había sido inspector general entre 2023 y 2026 y anteriormente director de Asuntos Internos, áreas encargadas precisamente de fiscalizar la conducta policial.
Por eso, la integridad no aparece únicamente como recurso retórico de último momento. Es también consistente con las funciones que desempeñó durante años dentro de la institución.
Su despedida parece dirigida en buena medida a dejar una doctrina interna:
Ser policía no consiste solamente en ejercer autoridad, sino en demostrar que se merece ejercerla.
Una definición poco complaciente de autoridad
Cruz Cruz también introduce tres límites al ejercicio policial.
“La autoridad debe ejercerse con respeto”.
“La disciplina debe estar acompañada de justicia”.
“La persecución del delito debe realizarse siempre dentro del marco de la ley”… en una institución muy cuestionada por las ejecuciones extrajudiciales.
Las tres ideas son importantes porque separan firmeza de arbitrariedad.
Su concepto de Policía no es el de una institución cuya eficacia pueda medirse exclusivamente por su capacidad coercitiva.
La autoridad, según el discurso, está condicionada por el modo en que se ejerce.
Lo resume con otra frase especialmente significativa:
“La seguridad ciudadana no es un favor que hacemos, es un deber”.
Aquí cambia incluso la relación entre Policía y ciudadano.
El ciudadano no debe agradecer a la Policía que lo proteja. Tiene derecho a exigirlo.
Su último acto fue intentar controlar su legado
Todo funcionario que abandona una posición importante enfrenta una disputa inevitable sobre cómo será interpretado su paso por ella.
Cruz Cruz tuvo un problema adicional: solo dispuso de seis meses para construir ese legado.
Pide, implícitamente, ser medido por la integridad con la que afirma haber actuado.
Por eso termina desplazando incluso su propia figura:
“Que en la Policía Nacional la integridad no es un discurso, es una forma de servir”.
Ese es el verdadero centro de los ocho minutos.
No es simplemente la despedida de un director.
Es el intento de un jefe policial sustituido después de seis meses de establecer públicamente qué significado debe darse a su breve gestión.
Y lo hace sin enfrentarse directamente al poder que lo sustituyó, pero dejando una frase suficientemente contundente para sobrevivir a todo el ceremonial de la entrega: hacer lo correcto puede costar el puesto.
El discurso no explica por qué Andrés Cruz Cruz dejó la Dirección de la Policía.
Pero sí revela cómo quiere que sea interpretada su salida.
Y esa diferencia —entre explicar y sugerir— es precisamente donde está su mayor valor informativo.
A continuación el discurso íntegro:
Hoy nos corresponde dirigirnos a ustedes en un momento que, sin lugar a dudas, está cargado de emociones y de profundas reflexiones.
Iniciamos nuestras palabras dándole las gracias a nuestro Dios, Padre Todopoderoso, por la voluntad que ha tenido sobre nosotros y nuestra familia.
A mi familia, por su acompañamiento y soporte sin reservas; por sobre todo, por su amor y comprensión. No esperábamos menos. Sin ustedes no habría sido posible.
A la autoridad suprema de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional, Luis Rodolfo Abinader Corona, por la oportunidad arriesgada que tomó.
A todo el equipo de hombres y mujeres que nos acompañó a lo largo de nuestra carrera y, más aún, en estos últimos seis meses, nuestra gratitud y lealtad.
Hace apenas seis meses asumimos la responsabilidad de dirigir nuestra institución, la Policía Nacional, conscientes de que ocupar esta posición no representa un privilegio, sino un enorme compromiso con la nación, con la familia, con nuestros policías y, sobre todo, con la ciudadanía en sentido general.
Seis meses pueden parecer poco tiempo, pero cuando se trabaja con entrega, disciplina y sentido de responsabilidad, cada día representa una oportunidad para servir, corregir, avanzar y dejar una huella positiva.
Durante este período procuramos que cada decisión estuviera guiada por un principio que considero irrenunciable: la integridad.
Porque una institución policial fuerte no se construye únicamente con recursos, con tecnología, con vehículos, con equipos o nuevas estructuras. Se construye fundamentalmente con hombres y mujeres de principios, con servidores públicos que entiendan que el uniforme representa autoridad, pero también representa responsabilidad, honor y confianza.
Nos vamos con la satisfacción de haber defendido siempre la idea de que la Policía Nacional debe ser una institución íntegra, profesional, cercana a la ciudadanía y comprometida con el cumplimiento de la ley.
Sé que durante estos seis meses enfrentamos desafíos, defendimos siempre los intereses de nuestros policías, tomamos decisiones difíciles y seguramente también cometimos innumerables errores, pero podemos afirmar con absoluta tranquilidad que cada paso fue dado pensando en el bienestar de la institución y en la seguridad del pueblo dominicano.
A nuestros policías quiero decirles algo especialmente importante: nunca, nunca permitan que nadie les haga creer que actuar correctamente es una debilidad o un error.
Sean fuertes preservando sus principios éticos y morales. No dejen de luchar por lo correcto, aunque les cueste el puesto.
La integridad requiere carácter. Hacer lo correcto cuando nadie está mirando es precisamente lo que define a un verdadero servidor público.
No importa quién ocupe la Dirección General de la Policía mañana. Lo verdaderamente importante es que la institución continúe avanzando, que los buenos policías tengan oportunidades para crecer, que quienes honran el uniforme sean reconocidos y quienes se aparten de la ley sepan que la institución no puede tolerar conductas que lesionen la credibilidad.
A los directores, comandantes, oficiales y miembros todos, de todos los niveles del mando, les exhortamos a continuar trabajando con firmeza, pero también con humanidad.
La autoridad debe ejercerse con respeto, la disciplina debe estar acompañada de justicia y la persecución del delito debe realizarse siempre dentro del marco de la ley.
A nuestras familias policiales, mi reconocimiento y gratitud.
Detrás de cada policía que sale a las calles existe una familia que espera su regreso.
Ustedes también forman parte de esta institución y merecen nuestro respeto y consideración.
Y al pueblo dominicano, gracias por la confianza.
Sé que la ciudadanía espera mucho de su institución, la Policía Nacional, y tiene todo el derecho de hacerlo.
La seguridad ciudadana no es un favor que hacemos, es un deber.
Hoy entrego esta responsabilidad con la frente en alto y con la satisfacción de haber intentado servir con honestidad, disciplina y transparencia.
Me llevo conmigo el cariño y respeto de muchos compañeros, las enseñanzas de estos seis meses y, sobre todo, la convicción de que la Policía Nacional tiene hombres y mujeres valiosos que pueden seguir construyendo una institución cada vez más profesional e íntegra.
Si algo quisiera que quedara como legado de mi breve paso por esta responsabilidad, no sería un hombre, una posición ni una obra material.
Quisiera que quedara una convicción: que en la Policía Nacional la integridad no es un discurso, es una forma de servir.
Que cada policía pueda mirar a su familia a los ojos y sentirse orgulloso de su uniforme.
Que cada ciudadano pueda encontrarse con un policía y sentirse protegido, respetado y escuchado.
Y que cada miembro de nuestra institución recuerde siempre que el uniforme se lleva sobre el cuerpo, pero el honor se lleva en el corazón.
Nos despedimos de la Dirección General, pero no de mi compromiso con la República Dominicana ni de mi respeto y admiración por los hombres y mujeres que diariamente arriesgan sus vidas para proteger a los demás.
Que Dios bendiga a nuestra Policía Nacional, que proteja a cada uno de sus policías y sus familias y que continúe bendiciendo a nuestra amada República Dominicana.
Nunca olviden que proteger es un deber y que servir es un honor.
Muchas gracias.
¡Que viva nuestra Policía Nacional!
¡Que viva siempre la República Dominicana!
Muchas gracias.
Gracias.
Gracias.





