Provincia Bahoruco: La más expuesta del país ante una catástrofe climática

En la provincia Bahoruco, el peligro baja de la montaña. Tras décadas de reclamo, cualquier catástrofe futura no podrá presentarse como una sorpresa de la naturaleza, sino como la consecuencia dolorosa de no haber actuado a tiempo, tal como recién sucedió en el municipio de Los Ríos. 

POR RAFAEL MÉNDEZ

La provincia Bahoruco no necesita esperar el impacto directo de un huracán para quedar expuesta a una emergencia de grandes proporciones, debido a que sus principales amenazas bajan desde las zonas altas, a través de ríos, arroyos y escorrentías capaces de inundar comunidades enteras, aun cuando en la parte baja no caiga una sola gota de lluvia. Por eso, la temporada ciclónica encuentra a esta demarcación en una condición de vulnerabilidad acumulada, muy a pesar de ser advertida desde hace décadas, y todavía no enfrentada con la seriedad que demanda la protección de vidas y propiedades.

En la tarde del miércoles 23 de septiembre, bastaron unas horas de aguaceros sobre Higo de la Cruz, Los Mosquitos, Pino Fresco y Barrera, en la vertiente de la Sierra de Neiba, para que el río Barrera bajara cargado de troncos, piedras y lodo. El agua sobrepasó el puente que comunica el municipio de Los Ríos, rodeó el local del Juzgado de Paz, anegó predios agrícolas y dejó intransitables caminos vecinales, y aunque no hubo que lamentar pérdidas humanas, no fue fruto de la prevención, sino de la suerte. Y la suerte no es una política pública.

Inmersos en la temporada ciclónica, y colocados nuevamente en el filo de la navaja de un periodo que incrementa las posibilidades de fenómenos hidrometeorológicos extremos, resulta oportuno reiterar una advertencia que desde el siglo pasado he venido planteando: La provincia Bahoruco es, posiblemente, la demarcación más expuesta del país ante una catástrofe climática, y no lo es sólo por su ubicación geográfica y sus condiciones naturales, sino por la falta de intervenciones sostenidas en las cuencas, cauces, arroyos, cañadas y sistemas de drenajes que atraviesan sus comunidades.

El viejo refrán de que "es mejor prevenir que tener que lamentar" no puede seguir siendo una frase decorativa en los discursos oficiales, y en materia de gestión de riesgo, prevenir constituye una obligación institucional que impone trabajar el antes, el durante y el después, porque tal como advierten los expertos, la ausencia de planificación, mantenimiento, estudios técnicos e inversión preventiva convierte cada lluvia intensa, cada vaguada, cada tormenta o cada huracán en una amenaza multiplicada por la negligencia acumulada de los organismos competentes.

Pueblos bajo amenaza

La mitigación de esa amenaza no puede reducirse a operativos improvisados cuando ya las lluvias están encima, ni a palas mecánicas contratadas de noche para despejar un puente después de la crecida, debe asumirse como una acción integrada entre Medio Ambiente, el INDRHI, los organismos de socorro, los gobiernos locales y las instituciones responsables de la planificación territorial. Solo así se podrán identificar los tramos vulnerables, construir muros de gaviones donde corresponda, habilitar pozos de infiltración, limpiar cauces, corregir obstrucciones y ordenar las intervenciones que permitan disminuir el riesgo antes de que la naturaleza cobre la factura.

Algunos entendidos plantean como un punto que debe ser colocado nuevamente sobre la mesa es la habilitación del canal Cristóbal, que antaño funcionó como vaso de captación de agua y sedimentos de esas escorrentías, y conducía parte de esos flujos hacia el lago Enriquillo, su reservorio natural. Rescatar esa función hidráulica podría contribuir a reducir la presión sobre comunidades vulnerables y evitar que las aguas corran sin control hacia zonas habitadas. 

Prevenir antes de lamentar

La propuesta técnica del expresidente del CODIA, ingeniero Teodoro Tejada, sobre la necesidad de un plan nacional de adecuación hidráulica para enfrentar el impacto de las inundaciones, debe ser asumida como una advertencia atinada y oportuna. Esa propuesta toca una llaga que en Bahoruco lleva demasiado tiempo abierta. 

Nadie debe llamarse a engaño por la ausencia de huracanes. Lo de Los Ríos no lo provocó un ciclón, sino una vaguada combinada con humedad y altas temperaturas. A eso se suman los periodos de sequía, que dejan los suelos tan resecos que no absorben el agua y aceleran las escorrentías. Basta una sola tormenta, una sola vaguada estacionaria o un solo evento extremo para producir una tragedia, especialmente en territorios donde los cauces no han sido intervenidos, los arroyos bajan con fuerza desde las montañas y las comunidades están expuestas a inundaciones repentinas, deslizamientos, arrastre de sedimentos y colapso de drenajes. 

El Gobierno no puede esperar a que una desgracia convierta en titulares nacionales lo que hoy todavía puede ser prevenido mediante planificación, inversión y decisión política. Intervenir los cauces de ríos y arroyos en la Provincia Bahoruco no es una obra de embellecimiento, ni una promesa de campaña, ni una concesión graciosa a una región históricamente postergada. Es una obligación de Estado para proteger vidas humanas, propiedades públicas y privadas, medios de subsistencia y la seguridad de pueblos enteros.

Bahoruco necesita una intervención urgente, integral y sostenida, que no se limite a limpiar cañadas cuando se anuncia una tormenta. Hace falta una verdadera política de gestión de riesgo, con estudios técnicos, obras hidráulicas, coordinación institucional, participación comunitaria y seguimiento permanente. 

La crecida de Los Ríos fue un aviso, quizás el último que la naturaleza conceda sin cobrar vidas. Si la amenaza ha sido advertida durante tantos años, cualquier catástrofe futura no podrá presentarse como una sorpresa de la naturaleza, sino como la consecuencia dolorosa de no haber actuado a tiempo.

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