“Yo le voy a demostrar a usted lo que es morir con dignidad”

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 Con esa energía patria se pronuncia el coronel Francisco Alberto Caamaño ante la prepotencia del embajador de EE.UU. en la Guerra de abril de 1965, en la República Dominicana, cuando el diplomático imperial lo emplazaba a que terminen el “desorden. Mi país no puede permitir ese desorden”.

Por Rafael Méndez

Ya en el primer escenario de combate, el coronel Caamaño le dijo al coronel Jorge Gerardo Marte Hernández: “Bollo, ¿yo no te he dicho que somos hombres muertos? Pues date por muerto, coño, y vamos para el puente a pelear”. Esa frase completa el sentido del momento: Caamaño ya no actuaba como un oficial sorprendido por los acontecimientos, sino como un jefe militar y político que había asumido su destino.

El 27 de abril de 1965, Santo Domingo ardía bajo el fuego de los bombardeos, y militares constitucionalistas y civiles armados resistían la ofensiva de las fuerzas que pretendían aplastar la Revolución de Abril de 1965. El coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, fue citado por el embajador de Estados Unidos William Tapley Bennett a la sede de la misión diplomática, donde acudió, y se encontró con la prepotencia imperial. El diplomático no actuó en ese momento como mediador, sino como representante de una potencia acostumbrada a disponer el destino político del Caribe y del mundo.

En aquella escena, el embajador pretendió tratar la insurrección constitucionalista como un simple “desorden” callejero, ordenando que se detuviera lo que en realidad era una rebelión nacional contra el golpe de Estado que había derrocado al profesor Juan Bosch, el 25 de septiembre de 1963, y fue entonces cuando Caamaño, indignado ante la pretendida humillación del diplomático, respondió con una frase que lo colocó para siempre ante la historia: “Yo le voy a demostrar a usted lo que es morir con dignidad”.  

La dignidad frente al despacho imperial

No era una frase de arrebato, sino una definición moral, porque Caamaño no estaba respondiendo solamente a un embajador, sino a una lógica imperial que pretendía reducir la soberanía dominicana mediante una orden impartida desde una sede diplomática extranjera, con lo que aquel “coño” que la memoria testimonial asocia al episodio no era vulgaridad gratuita, sino estallido de dignidad frente al intento de convertir la causa constitucionalista en una rendición vergonzosa.

La grandeza de ese momento está en que Caamaño pudo escoger el refugio, la prudencia personal o el cálculo de supervivencia, pero eligió el camino más arduo, difícil y lleno de desafíos: salir de la embajada, asumir que la suerte estaba echada y marchar hacia donde la muerte no era posibilidad remota, sino presencia inmediata, porque en el puente Duarte se libraba la batalla decisiva entre el pueblo armado y las fuerzas militares que buscaban retomar Santo Domingo.

Entonces aparece otra frase lapidaria, casi brutal, que completa el retrato del hombre que había decidido cruzar la línea entre la vida y la inmortalidad. Caamaño le dijo al coronel Jorge Gerardo Marte Hernández, popularmente conocido como Bollo: “Bollo, ¿yo no te he dicho que somos hombres muertos? Pues date por muerto, coño, y vamos para el puente a pelear”. Esa sentencia revela que Caamaño ya no actuaba como un oficial sorprendido por los acontecimientos, sino como un jefe militar y político que había asumido su destino. 

Del puente Duarte a la inmortalidad

En el puente Duarte las tropas terrestres que avanzaban desde San Isidro, apoyadas por tanques y por una aviación que bombardeaba de manera despiadada, encontraron la resistencia de militares constitucionalistas, comandos civiles, hombres del pueblo y mujeres que, desde el dolor de madres, reclamaban a los pilotos que no masacraran a su propia gente, que depusieran el genocidio, en ese  27 de abril, cuando aviones de la Fuerza Aérea bombardearon el puente Duarte y a Radio Televisión Dominicana para debilitar a los constitucionalistas. 

La llegada de Caamaño y de otros oficiales al puente Duarte cambió el ánimo de los combatientes, porque allí no llegó un jefe a dar órdenes desde lejos, sino un hombre que venía de desafiar al embajador estadounidense, como representante imperial,  y que se colocaba en el frente, en la línea de fuego, con la convicción de que una revolución popular solo se salva cuando sus dirigentes están dispuestos a correr la misma suerte que el pueblo combatiente.

La batalla del puente Duarte terminó convirtiéndose en una victoria militar, política y moral de los constitucionalistas y del pueblo en armas, que frenaron y derrotaron la ofensiva de las fuerzas encabezadas por el general Elías Wessin y Wessin, con lo que la correlación interna cambió de manera sorprendente, y dejó al descubierto que el pueblo armado, junto a militares dignos, podía derrotar al aparato militar que pretendía aplastarlo. 

La intervención yanqui ante la victoria del pueblo en arma

La intervención militar estadounidense del 28 de abril de 1965 se produce ante la derrota de las fuerzas locales que enfrentaban a los constitucionalistas, porque la llegada de los marines cambió súbitamente la correlación de fuerzas después de la victoria del pueblo y de las tropas comandadas por Caamaño, con lo que la llamada “mediación” imperial terminó revelándose como lo que era: una operación para impedir que la Revolución de Abril consolidara su triunfo. 

Aquel día, Caamaño salió de la Embajada de Estados Unidos convertido en el coronel de Abril, y como símbolo de una dignidad nacional que no se negocia en el despacho de ningún embajador, porque cuando Bennett pretendió tratar la guerra patria como simple “desorden”, Caamaño respondió con la única credencial que sostiene a los pueblos cuando la patria les llama: la decisión de morir con dignidad antes que vivir de rodillas.

Esa es la escena que interpela a la República Dominicana y a América Latina, porque el coronel de Abril no marchó  hacia el principal escenario de combate en busca de gloria personal, sino empujado por una ética de patria que no aceptaba humillaciones imperiales, y por eso su figura cruzó aquel día la frontera de los acontecimientos militares para entrar en la memoria histórica como uno de esos hombres que eligió morir de pie y terminó caminando hacia la inmortalidad.

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