Trujillo visto por una rendija: Del radio de Pura a los “malcriados” que desafiaron el imperio

Entre radios grandes, rendijas clandestinas y malcriados respondones, fuimos entendiendo que la historia oficial siempre llega tarde. Y que, cuando el pueblo descubre la verdad, aunque sea por una rendija, ya no hay volumen capaz de taparla.

Por Rafael Méndez

En los pueblos del sur, durante la dictadura, la verdad no entraba de golpe: se colaba bajito, a veces por una rendija, a veces por un radio grande. En la sección “José Trujillo Valdez”, la vida transcurría bajo una calma impuesta, vigilada por el miedo. Hasta el nombre del poblado, el del padre del tirano, recordaba a cada paso quién era el verdadero dueño de la nación.

En aquella comunidad, hoy Villa Jaragua, municipio de la provincia Bahoruco, a inicios de los años sesenta, la información masiva era casi inexistente, y lo que circulaba era un monólogo de supuestas “bondades”, interrumpido solo cuando el murmullo de la calle se atrevía a desafiar el silencio.

El acceso a la realidad nacional, siempre manipulada, era un privilegio reservado a quienes poseían alguno de los pocos aparatos de radio existentes en la demarcación. Para muchos, la credibilidad de la noticia dependía menos de lo que se decía que del tamaño del aparato. Por eso, para los incrédulos, una información alcanzaba rango de verdad absoluta si lograba salir con suficiente potencia desde el legendario radio de Pura, aquel mueble de madera imponente que hablaba fuerte y, por tanto, “no podía estar mintiendo”.

Fue precisamente la magnitud de ese radio lo que convenció a los más desconfiados de que el régimen del “Jefe” había llegado a su fin tras el ajusticiamiento de mayo de 1961. Aquella validación tecnológica abrió la compuerta: el pueblo comenzó a ventilar las historias de terror que hasta entonces solo circulaban como orejitas, susurradas en la clandestinidad de algún ranchito de palma.

—Se está diciendo que el Jefe tiene algunos problemitas —comentaba uno, mirando hacia todos lados.
—Problemita no, se dice que lo mataron… y salió por la radio.
—¿Por la radio? ¿Pero cuál radio? No en esos raditos que hay por ahí, que hablan con mucho miedo.
—No, compadre… fue en el radio de Pura.
—Aaah… siendo así, hay que creer que el hombre es verdad que está muerto.

La revelación tras la rendija

Con la caída de la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo Molina, un grupo de adolescentes curiosos rompimos por fin el cerco del engaño, y lo hicimos pegando el oído a una estrecha rendija en una casa de piso de tierra, techo de palma y paredes de cana. Del otro lado, un ausente recién llegado a La Villa narraba, sin adornos, los crímenes del régimen.

Entre todos, hubo uno que nos estremeció de manera particular: el asesinato de las hermanas Mirabal a manos de la policía secreta del dictador. Aquello nos cambió para siempre. La figura del “Benefactor” se desplomó ante nuestros ojos y fue sustituida por la imagen real de un verdugo. Al alejarnos de la rendija, con la respiración entrecortada por la gravedad de lo escuchado, soltamos la sentencia que nos despertó políticamente:

—¡Oyeee…! pero el tipo era malo…
mató tres hermanas…
¡ah, pero ese hombre era malo!

Desde entonces, ya no bastaba con escuchar voces fuertes saliendo de los transistores, voces que durante años asociamos automáticamente con autoridad, y empezamos a buscar la sustancia detrás del ruido, a desconfiar del volumen y a preguntarnos por el contenido.

Los “malcriados” que salieron respondones

Años después, ese despertar encontró su prueba mayor con el estallido de la Revolución de abril de 1965. Villa Jaragua, como tantos otros pueblos, no fue ajena a aquel sacudión. Se puso a prueba la capacidad de interpretación de un pueblo que ya no se dejaba engañar con facilidad.

En el sur profundo, todavía se asumía que las personas “de más nivel social y político” eran las llamadas a explicar la realidad. Desde esa mirada conservadora, un señor “instruido” del pueblo calificaba de “grupito de malcriados” a los militares constitucionalistas que se sublevaron exigiendo el retorno de la constitucionalidad y de Juan Bosch al poder.

Un hombre del pueblo, sin títulos, pero con la escuela de la vida bien cursada, decidió preguntarle:

—¿Y esos constitucionalistas?
—Eso no es nada —respondió el instruido—, un grupito de malcriados que pronto serán aplastados.

Pasaron los meses, y el hombre del pueblo no salía de su asombro al ver que aquel “grupito de malcriados” seguía resistiendo en combate al poder militar más poderoso de la tierra, atrincherados en Ciudad Nueva. Así que volvió donde el señor instruido y, con ironía tranquila, le soltó:

—Parece que el grupito de malcriados… salieron respondones.

Esa dignidad rebelde conectaba con los relatos de Agustín Cecilia, quien nos contaba las atrocidades de la invasión norteamericana de 1916 bajo el ardiente sol puai, como entonces se marcaba la hora. Él nos enseñó que los llamados gavilleros no eran ladronzuelos de monte, como se decía en algunos pueblos, sino patriotas que defendieron la soberanía nacional con el machete en alto.

Así, entre radios grandes, rendijas clandestinas y malcriados respondones, fuimos entendiendo que la historia oficial siempre llega tarde. Y que, cuando el pueblo descubre la verdad, aunque sea por una rendija, ya no hay volumen capaz de taparla.

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