Sembrar árbol como un acto de destrujillización

Por Alfonso Tejeda

Tal vez es una leyenda urbana aquella que cuenta que, en uno de sus recorridos por El Malecón, el dictador Rafael Trujillo vio a un grupo descansando bajo árboles, y a tono con su abusiva conducta -de seguro-, y en posible apoyo a su proclama de que sus mejores amigos eran “los hombres de trabajo”, ordenó tumbar los árboles que servían de refugio refrescante ante el calor tropical.

Para la época, el calor era más “llevadero” que ahora cuando el mercurio registra aumentos con cifras que son récords para la ciencia y fuente disímil de molestia, de enfermedad cardíaca y aumento del gasto doméstico por el consumo de energía. Ahora la sombra de los árboles no mitiga lo suficiente estas caldeadas temperaturas.

De aquellos años a hoy, la realidad expone un giro de 180 grados: más automóviles que contaminan, sequías más frecuentes y prolongadas, mayor deterioro medioambiental, más agresión a la biodiversidad, fuegos forestales más intensos, desorden territorial y construcciones sin respetar los espacios, y otras tantas agresiones.

Un reciente estudio de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU) describe la realidad urbana de la Capital así:” el aumento de superficies de asfalto y hormigón, la limitada permeabilidad del suelo y la planificación urbana orientada prioritariamente al automóvil contribuyen al fenómeno de isla de calor urbano y reducen la habitabilidad de los espacios destinados a los peatones”.

Hay otros elementos a considerar, además de los anotados, como son el polvo del Sahara y el fenómeno de Él Niño, a la hora de explicar por qué la temperatura en las últimas semanas alcanza los 37 grados en la ciudad y superan los 42 en lugares como Jimaní, con sensación térmica como si el calor se disparara a otros niveles.

Otro estudio sobre el tema, realizado por Intec, revela una vertiente que para muchos es una sorpresa: “El hacinamiento ha devorado patios y jardines, mientras el crecimiento urbano ha ido expulsando a la naturaleza. El resultado es una ciudad más caliente, menos saludable y más desigual”, consecuencia también de una cobertura arbórea de apenas 15 por ciento, cuando lo recomendable es 30%, con especies nativas productoras de sombra.

Que sea leyenda urbana lo de Trujillo acerca del derribo de los árboles en El Malecón, o versión cierta, sí parece ser una herencia que “han cosechado” las autoridades posteriores, que no han sido capaces de sembrar los árboles que reclama una ciudad como Santo Domingo: dos frente a cada casa, y tres por habitantes, según recomienda uno de los estudios de Intec.

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