Miguel J. Escala[i]
(Con la colaboración de José Medina) (#40)
En el artículo anterior distinguíamos entre ser íntegro y alcanzar la integridad del yo. Los comentarios compartidos y los mensajes recibidos demuestran que el tema ha sido comprendido por la mayoría de los lectores.
Como comentario al artículo #38, el lector José Medina nos decía:
“Creo que es excelente integrar la esperanza, Erikson y Frankl alrededor de una idea central: el pasado no determina el resto de nuestra vida, pero sí puede convertirse en su mejor maestro”.
Y en el siguiente artículo (#39) amplió su opinión:
“Me parece muy acertada la distinción entre ser íntegro y alcanzar la integridad del yo. Sin embargo, añadiría una dimensión que para mí es esencial: como seres humanos somos imperfectos y cometemos errores continuamente. Por eso, la integridad no puede consistir en no equivocarnos, sino también en tener la capacidad de reconocer nuestros errores, asumir sus consecuencias y procurar corregirlos”.
Quedan, sin embargo, varias preguntas de importancia, entre ellas: ¿para qué construir la integridad? y, sobre todo, ¿cómo se construye?
Partamos de algo que ya hemos planteado: alcanzar la integridad del yo no es un premio que recibimos al final de la vida, ni una bandera que debemos levantar antes de “irnos”. Es, más bien, una tarea que puede acompañarnos mientras tengamos vida y no tengamos deterioro cognitivo.
Inicio la respuesta, nuevamente, con la participación de José Medina:
“La integridad no consiste únicamente en reconciliarse con el pasado, sino también en mantener la capacidad de seguir creciendo. Mientras una persona conserve la disposición para aprender, corregir, crear y servir, su historia continúa escribiéndose. La última etapa de la vida no debería ser vista como un balance final, sino como una de las oportunidades más valiosas para seguir aportando significado a la sociedad”.
Con estas ideas prestadas —y aprovechadas— les propongo dos caminos para pensar la construcción de la integridad del yo.
El primero tiene que ver con nuestra capacidad de revisar y transformar la manera en que comprendemos nuestra propia historia.
El segundo, tiene que ver con lo que hacemos con esa historia revisada: cómo nos relacionamos, cómo reparamos, cómo servimos y cómo seguimos aportando a los demás.
Ambos caminos parten de una misma premisa: la integridad no es un trabajo que termina. Y si hemos planteado que el sentido de la vida se mantiene en movimiento gracias a la esperanza, es precisamente esa esperanza la que puede impulsarnos a tomar las riendas de nuestra propia construcción de integridad.
El primer camino: aprender a reinterpretar nuestra historia
Podemos entender la construcción de la integridad como una tarea continua de aprendizaje transformacional, en el sentido planteado por Jack Mezirow.
La vida nos coloca, una y otra vez, ante situaciones que pueden desorientarnos: la jubilación, la desvinculación laboral, la pérdida de un ser querido, una enfermedad propia o de alguien cercano, la modificación de un rol familiar, una separación, un fracaso o incluso un acontecimiento que, sin ser negativo en sí mismo, nos obliga a preguntarnos quiénes somos ahora.
Son dilemas desorientadores porque ponen en cuestión la manera habitual con la que veníamos interpretando nuestra vida. Lo importante es que no tienen por qué quedarse en la desorientación.
Pueden convertirse en oportunidades para revisar críticamente los marcos de referencia con los que hemos venido interpretando lo que nos ha sucedido. Mezirow coloca precisamente en esa revisión crítica una de las posibilidades fundamentales del aprendizaje transformacional.
Las experiencias que necesitamos integrar no aparecen necesariamente en un solo episodio. Con frecuencia, se van acumulando.
La integridad se va construyendo también en esa sucesión de revisiones.
Pensemos en la Sra. X.
Los sentimientos de culpa generados por la muerte de un familiar cercano son muy dolorosos. Piensa que no le dio todo lo que hubiera querido darle y, además, siente que no cumplió con las expectativas de sus familiares.
Forma parte de una familia muy unida y esas expectativas, tal como ella las interpreta ahora, adquieren dimensiones enormes. El dolor se convierte entonces en una acusación contra sí misma.
Pero aquí se impone el análisis crítico de esas expectativas. ¿Eran realmente alcanzables? ¿Eran todas legítimas? ¿Tenía la Sra. X las mismas posibilidades de estar presente que los demás familiares? ¿Qué circunstancias de su propia vida explicaban sus decisiones? ¿Está juzgando a la mujer que fue con la información, las necesidades y las expectativas que tiene hoy?
Una reconsideración de las expectativas familiares y de las razones por las que no pudo estar tan presente como otros puede modificar su marco de referencia. No cambia lo ocurrido. Cambia la manera de comprenderlo.
Y quizá allí comienza a producirse una transformación: de la desesperación hacia la esperanza, y de la esperanza hacia una forma más madura de sabiduría.
Pensemos ahora en el Sr. Y.
Al asistir a la graduación universitaria de su nieto siente con fuerza la vergüenza de no haber terminado su propia carrera. Analizado desde las expectativas familiares, se siente todavía peor: de cuatro hermanos, fue el único que no se graduó. Existe, efectivamente, un vacío en su historia. Pero puede mirarlo de otra manera.
Acepta ese vacío, pero también comienza a comprender cuánto significó para su esposa aquella boda temprana y cuánto había recibido de la familia que juntos construyeron. No borra lo que le faltó. Integra lo que le faltó con lo que sí logró construir. Eso es diferente.
Y quizá allí también hay una pista para comprender la integridad: no se trata de negar las partes incompletas de nuestra historia, sino de aprender a colocarlas dentro de una historia más amplia y menos acusadora.
Muchos otros casos podrían mostrarnos el mismo proceso: una reacción inicial ante un dilema desorientador despierta sentimientos que podríamos llamar “anti-integrantes” —culpa, vergüenza, resentimiento, frustración, arrepentimiento— y estos pueden ser posteriormente reconsiderados cuando examinamos las circunstancias desde un marco de referencia más amplio.
No se trata de justificarnos. Tampoco de absolvernos de toda responsabilidad. Se trata de comprender mejor para poder actuar mejor.
La conversación con los otros
Pero esta tarea difícilmente puede hacerse completamente solos. Es necesario interactuar con los amigos. Recuerden el estudio de Harvard: las relaciones significativas tienen un papel fundamental en la construcción de una vida buena. No necesitamos que nuestros amigos nos den la razón; necesitamos que puedan ayudarnos a ver aquello que nosotros solos no vemos.
Una conversación sincera puede mostrarnos otra manera de enfrentar una realidad. Incluso podemos analizar la reacción de un “tercero” inventado para preservar la discreción: contar el problema como si le estuviera ocurriendo a otra persona puede permitirnos mirarlo con una distancia que no conseguimos cuando hablamos de nosotros mismos.
Si logramos crear un ambiente de confianza y sinceridad, probablemente descubriremos algo interesante: todos estamos trabajando, de una manera u otra, en la integridad del yo.
De reinterpretar a actuar
Si seguimos ajustando a nuestra realidad los procesos transformativos planteados por Mezirow, podremos encontrar que la revisión de nuestros marcos de referencia no es un ejercicio puramente intelectual.
A la larga —y también a la corta— esa reinterpretación puede abrirnos a nuevos roles, nuevas maneras de relacionarnos y nuevas oportunidades de aportar. Y aquí aparece el segundo camino de la construcción de la integridad. Porque comprender de otra manera nuestra historia no es suficiente. Hay que hacer algo con esa nueva comprensión.
Puede significar reparar una relación. Pedir perdón. Retomar una conversación pendiente. Acompañar a alguien que atraviesa una situación que nosotros ya hemos vivido. Transmitir una experiencia. Aceptar un nuevo rol familiar. Participar en una causa. Enseñar. Crear. Servir. Incluso convertir un error pasado en una acción reparadora.
Así, la integridad deja de ser solamente una reconciliación interior y comienza a proyectarse hacia los demás. Y esto nos lleva nuevamente a José Medina, quien merece, por su aporte, ser considerado casi coautor de este artículo. Él amplía esa integridad que no termina en la octava etapa de Erikson, ni siquiera en la novena etapa que posteriormente planteó Joan Erikson:
“Me parece especialmente acertado el paso que das de la integridad personal al servicio a los demás. Ahí, en mi opinión, el artículo adquiere su mayor fuerza. La vejez no debería entenderse como una etapa para simplemente aceptar la vida que se vivió, sino para poner al servicio de otros la experiencia, los aciertos y también los errores de toda una vida”.
Caso cumbre
Es interesante observar que los Erikson, después de haber identificado y defendido un ciclo vital de ocho etapas, continuaron preguntándose por el desarrollo humano cuando ellos mismos avanzaban en edad.
Joan Erikson propuso posteriormente una novena etapa, incorporada a The Life Cycle Completed: Extended Version, publicada en 1997 después de la muerte de Joan con 94 años. En ella planteó que las crisis de las etapas anteriores no desaparecen al llegar a la tercera edad avanzada: pueden volver a presentarse bajo nuevas condiciones y con nuevas exigencias.
No queremos —ni podemos— hurgar en los procesos de integridad personal de los Erikson. Pero hay algo que sí podemos observar.
Ellos mismos continuaron pensando, revisando y ampliando su comprensión del ciclo vital mientras ganaban años. Su obra no se detuvo al llegar a la octava etapa. Y tampoco parece haberse detenido su involucramiento con los demás.
Ya en Vital Involvement in Old Age, Erik, Joan y Helen Kivnick estudiaron cómo las personas mayores pueden integrar sus experiencias pasadas mientras mantienen un compromiso activo y significativo con el presente. El estudio incluyó entrevistas con 29 octogenarios y dedicó una parte importante a la “revisitación” y al “reinvolucramiento”. La obra fue publicada en 1986.
Nos ofrecen, así, un ejemplo poderoso. La vida no termina cuando alcanzamos cierta integridad. La cuarta edad puede volver a poner a prueba todo lo construido. Aparecen nuevas pérdidas, nuevas dependencias, nuevas limitaciones y nuevas preguntas.
La integridad, entonces, no sería un punto de llegada. Sería una competencia dinámica que nos permite seguir integrando lo vivido, reinterpretando lo que nos sucede y actuando de manera coherente con lo que vamos aprendiendo.
Caso ñapa
Y hay una última coincidencia que no quisiera dejar pasar. Jack Mezirow, cuya teoría nos ha ayudado a comprender este proceso de transformación, murió en 2014, a los 91 años. Su libro Transformative Learning in Practice, coeditado con Edward W. Taylor, había sido publicado en 2009, cuando Mezirow era profesor emérito de Teachers College, Columbia University.
No pretendo convertir este dato en una prueba de su propia teoría. Pero resulta sugerente. Quien dedicó buena parte de su vida a estudiar cómo los adultos pueden revisar críticamente sus marcos de referencia y transformarlos, permaneció intelectualmente activo hasta una edad avanzada.
Quizá no sea una mala manera de terminar este artículo: la integridad no se construye cuando dejamos de cambiar; se construye cuando aprendemos a cambiar sin dejar de ser nosotros mismos.
Y todavía nos queda una pregunta: ¿qué hacemos con esa integridad construida?
Porque si hemos podido reconciliar partes de nuestra historia, aprender de nuestros errores y ampliar nuestra manera de comprender la vida, quizá el siguiente paso no sea mirar nuevamente hacia nosotros mismos, sino preguntarnos: ¿para quién puede servir ahora todo lo que hemos aprendido?
[i] El autor tiene 77 años y los que faltan





