Por Santiago Torrijos Pulido
Legal Expertise Liaison en Fridman, Fels & Soto (USA)
LL.M. de Georgetown Law
Hay una oportunidad que República Dominicana tiene literalmente sembrada en su territorio: convertir la diversidad de sus regiones en una verdadera ventaja productiva.
Para aprovecharla, es indispensable mantener una conexión estrecha con quienes trabajan el campo. Y esa conexión debe existir tanto en el discurso como en las oportunidades económicas que se generan alrededor de ellos.
Hablar del productor agrícola es importante. Reconocer su aporte también lo es. Pero la mejor manera de fortalecer esa relación es lograr que producir en el campo sea una actividad cada vez más rentable, tecnológica y capaz de generar prosperidad.
El productor debe sentirse parte central del proyecto económico dominicano.
Para conseguirlo, quizás debamos alejarnos de una visión demasiado uniforme de la agricultura. República Dominicana tiene regiones con condiciones, conocimientos, tradiciones y ventajas naturales diferentes. Esa diversidad permite pensar en un modelo en el que cada territorio desarrolle aquello que tiene mejores condiciones para hacer excepcionalmente bien.
Se trata, entonces, de crear focos regionales de productividad.
No es simplemente producir más. La meta es producir mejor, especializarnos y agregar valor.
Una región con una vocación particular para el cacao, por ejemplo, no tiene por qué limitarse a vender cacao como materia prima. A su alrededor pueden surgir productos terminados, marcas, procesos de transformación, conocimiento especializado, turismo, logística y nuevas empresas.
Lo mismo puede hacerse con el café, el tabaco, las frutas tropicales, el coco, la ganadería y muchas otras actividades que ya forman parte de la identidad productiva del país.
La meta fundamental debe ser que la producción primaria sea solamente el primer eslabón.
Cuando alrededor de un producto comienzan a aparecer centros de procesamiento, tecnología, empaques, comercialización, investigación y servicios especializados, se empieza a construir una verdadera agroindustria. Y cuando esa agroindustria está vinculada al territorio, una mayor parte de la riqueza que genera puede permanecer allí.
Eso fortalece las comunidades y también crea razones para que nuevas generaciones encuentren oportunidades económicas fuera de los grandes centros urbanos.
Naturalmente, la especialización no significa apostar toda una región a un solo producto. Significa reconocer sus ventajas, diversificarlas inteligentemente y ayudar a construir alrededor de ellas ecosistemas productivos capaces de competir.
Para ello, el productor necesita algo más que buenas intenciones. Necesita acceso a tecnología, financiamiento, capacitación, infraestructura, transformación y mercados. También necesita que hablemos del campo de otra manera.
El agricultor no debe aparecer únicamente en el discurso público como alguien que necesita ayuda. Debe aparecer también como empresario, innovador, exportador y creador de riqueza.
Ahí puede estar una de las grandes oportunidades de República Dominicana.
Necesitamos regiones que descubran en qué pueden distinguirse, que desarrollen conocimiento alrededor de esas fortalezas y que sean capaces de convertirlas en productos con mayor valor.
Porque conectar con el campo también significa darle futuro. Y pocas conexiones pueden ser más sólidas que aquella que nace cuando una comunidad sabe que aquello que produce no solo alimenta al país, sino que también puede convertirse en una fuente de prosperidad para su gente.




