Por Alfonso Tejeda
Abril insiste en su disposición a hacer del dolor una costumbre, y cuando falta aún la mitad de los días para cerrar ese ciclo temporal que es el cuarto mes del año, lo hasta ahora vivido desborda la capacidad de absorción del martilleante ataque que con cada mazazo apabulla.
Ocurrió para los creyentes con la mística jornada de crucifixión, a la que continuó la imprudente cantidad de muertes y heridos en el mismo periodo de Semana Santa, una derrama de accidentes provocados, en su mayoría, por la incomprensible desesperación que se incrusta en una gran cantidad de viajeros que en ese largo fin de semana se desplazan a “descansar”.
Que cada año la celebración de la Semana Santa sea el más desafiante de los retos a la prevención que formulan los organismos de socorro, que dedican esfuerzos, recursos, desvelos y una disposición extrema para disminuir los accidentes, los ahogamientos y las intoxicaciones, para al final recoger más muertos y heridos, duele doble, por las víctimas y por la insensatez regada.
Pero abril también tiene una cuota de dolor histórico, desde que hace 61 años la segunda intervención armada de fuerzas militares estadounidenses frustrara la restitución del orden constitucional abortado en septiembre de 1963, que provocó la revuelta en la que murieron más de tres mil combatientes, a los que se suman los heridos y desaparecidos.
Herencia de esa intervención fue el régimen gubernamental que durante los siguientes 12 años regaría de muerte, dolor y sufrimiento toda la geografía nacional sin reparar en calendario, pero que abril de 1972 tuvo su mención trágica cuando el 4 de ese mes, tropas policiales asaltaron el campus de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, hiriendo a la estudiante Sagrario Ercira Díaz Santiago, la que tras un conmovedor viacrucis murió el 14 de ese mes.
Ahora, en los últimos cinco días, abril se abalanza sobre el país con una cubierta de lluvia, la que, recibida por la negligente tradición de irresponsabilidad del Estado para hacer cumplir las leyes, la complicidad en el “na’ e’na’”, el descuido en el mantenimiento de obras y la insensata provocación de quienes se creen infalibles han dejado un rastro de destrucción, menos muertes ahora, pero sí muchos lamentos.
Y en su ruta fatídica de dolor, abril nos lo estruja en nuestra cercanía: William Rosa, periodista competente, afable, compañero ejemplar; doña Gisela Jáquez, mi vecina solidaria, maestra que desde su colegio en la calle Mercedes de la zona Colonial formó generaciones provechosas; Enrique Rivera, dirigente emepedeista en los años difíciles y “El más caro” , Carlos Batista Matos, el hombre humilde, sencillo, que se empinaba en esas cualidades para hacer de sí mismo una parodia con el único propósito de alegrar a sus seguidores.
¡Oh abril de llanto, de luto, de dolor!











