Mi longevo favorito

Miguel J. Escala

(#41)

Poco a poco hemos ido comprendiendo esa labor que nos toca asumir como adultos mayores: lograr la integridad del yo. Se trata de una tarea constante y recurrente, un desafío que nos acompaña mientras sigamos “creciendo”.

Decíamos:

“Partamos de algo que ya hemos planteado: alcanzar la integridad del yo no es un premio que recibimos al final de la vida, ni una bandera que debemos levantar antes de “irnos”. Es, más bien, una tarea que puede acompañarnos mientras tengamos vida y no tengamos deterioro cognitivo mayor”.

Y para completar lo clave del concepto, vale compartir la frase de ese artículo que le llamó la atención a un amigo sacerdote:

“Y quizá allí también hay una pista para comprender la integridad: no se trata de negar las partes incompletas de nuestra historia, sino de aprender a colocarlas dentro de una historia más amplia y menos acusadora”.

De esa labor de trabajo en la integridad del yo, también tuvieron que aprender los propios Erikson. Sus planteamientos iniciales no encajaban completamente con lo que ellos mismos estaban viviendo. Vivieron más allá de lo descrito en sus primeros libros, más allá de lo esperado para su tiempo. Fueron longevos y, de alguna manera, su propia longevidad los llevó a ampliar y revisar sus planteamientos sobre el desarrollo humano.

Y es que la longevidad, que tantas veces se nos vende como una promesa entusiasmante, es algo que no siempre nos tomamos en serio y con lo que, paradójicamente, también se juega. Hace poco, un compañero de bachillerato lo resumía perfectamente en un chat:

“Es que hay un afán que me parece insensato por la longevidad a cualquier precio, sin tener en cuenta que los vínculos sociales, son los factores más importantes de la calidad de vida, siempre que se tenga una condición biológica más o menos buena: fuerza, no movilidad, no ser dependiente…y algo de dinero para no depender de limosnas de nadie”. 

Coincidimos con esa opinión y con la del protagonista del video que anda circulando y al cual respondía mi amigo en el chatTermina el video diciendo: “la longevidad solo tiene sentido si no caminamos solos hasta el final. Estar en la vida también es estar en la amistad”.   

Y esto empata con nuestra última pregunta del artículo anterior:

“Porque si hemos podido reconciliar partes de nuestra historia, aprender de nuestros errores y ampliar nuestra manera de comprender la vida, quizá el siguiente paso no sea mirar nuevamente hacia nosotros mismos, sino preguntarnos: ¿para quién puede servir ahora todo lo que hemos aprendido?”

El amigo longevo

Eso es precisamente lo que percibo en otro amigo, que celebraba recientemente sus 93 años, con buena salud y una reserva cognitiva envidiable. A él le dedico este artículo y comparto el mensaje que le envié por su cumpleaños:

“Muuuchas felicidades a mi longevo favorito. Al que enseña que se vive para mantener unida a la familia de aquí y de allá, para preocuparse de los amigos, para contar cuentos significativos, para ver ganar a España y celebrar con una ‘Galicia’. Un abrazo”.

Ese amigo es mi longevo favorito. Un hombre íntegro, que imagino vivió y sigue viviendo su proceso de integridad del yo; un hombre que ha encontrado también su propia manera de servir a los demás.

Las conversaciones con él no son solamente cátedras de sabiduría y recuerdos acumulados. Son, sobre todo, oportunidades para descubrir una manera de estar en la vida y un acicate para darle sentido: mantener unida a la familia, preocuparse por los amigos, contar historias, celebrar, recordar, disfrutar y, en definitiva, seguir involucrado vitalmente.

Involucramiento y vital y generatividad

Y aquí aparece una expresión que me parece particularmente importante: involucramiento vital.

No significa estar permanentemente ocupado, ni hacer grandes cosas, ni demostrar que todavía “somos útiles”. Significa mantener algún vínculo significativo con la vida: con uno mismo, con otras personas, con aquello que nos importa y con aquello que todavía puede despertar interés, sentido o deseo de hacer algo. Mi longevo favorito parece haber encontrado su involucramiento vital.  

Si seguimos a los Erikson, aparece aquí otra tarea que no desaparece simplemente porque sumemos años: la generatividad. Tradicionalmente la asociamos con la etapa adulta y con la responsabilidad de dejar algo a las generaciones que vienen. Pero quizá la longevidad nos obliga a ampliar esa mirada.

La generatividad no tiene por qué terminar con la jubilación, con la salida del trabajo o con la disminución de ciertas responsabilidades familiares. Puede transformarse. A los 30 quizá generatividad significa criar hijos. A los 50, formar y acompañar a otros. A los 70 u 80 puede significar compartir experiencia, cuidar, orientar, contar historias, reconciliar, enseñar, abrir caminos o simplemente estar disponible para alguien que lo necesita. Y a los 90 lo mismo, con más razón.

Por eso, la pregunta “¿para quién puede servir ahora todo lo que hemos aprendido?” no es una pregunta decorativa. Puede convertirse en una pregunta orientadora para esta etapa de la vida.

No sabemos si seremos longevos. Sabemos que hemos superado la esperanza de vida de los dominicanos; hemos aceptado el reto de trabajar sobre la integridad del yo; nos ejercitamos en la esperanza y no en la desesperanza; cultivamos la sabiduría; y nos toca descubrir cuál puede ser nuestra particular vocación de servicio, nuestra pequeña o gran trinchera.

Y si llegamos a los 93 años o más, sin deterioro cognitivo mayor, quizá nuestros amigos puedan identificar nuestros esfuerzos, como yo hago hoy con mi longevo favorito.

Hay personas que no escriben libros, pero escriben con su vida.

¿Y qué pasa cuando seguimos viviendo?  Aquí aparece una aportación que me resulta especialmente provocadora de Erik y Joan Erikson: la novena etapa.

Cuando Erik escribió inicialmente sobre las etapas del desarrollo humano, no había previsto que tantas personas llegarían a edades avanzadas con capacidades suficientes para seguir participando, aprendiendo, decidiendo y aportando.

Joan, particularmente en las últimas revisiones de The Life Cycle Completed, plantea una novena etapa para la edad más avanzada. Allí las tensiones de las etapas anteriores reaparecen, pero bajo nuevas condiciones: la dependencia, las pérdidas, las limitaciones físicas y la reducción del control sobre muchas circunstancias hacen que aquello que antes parecía resuelto pueda volver a plantearse.

Esto me parece importante porque la integridad no queda definitivamente conquistada.  Puede ser puesta nuevamente a prueba.

Y quizá esa sea una de las razones por las que necesitamos hablar de la integridad como construcción continua y no como una meta alcanzada de una vez y para siempre.

Pero la novena etapa también nos invita a mirar de otra manera la longevidad. No se trata simplemente de agregar años a la vida. Se trata de preguntarnos qué hacemos con esos años adicionales. 

Ahí aparece otro concepto que vale la pena dejar abierto: la gerotrascendencia. Desarrollada especialmente por Lars Tornstam, esta perspectiva propone que la suma de años en la adultez mayor puede acompañarse de una transformación en la manera de percibirnos a nosotros mismos, nuestras relaciones, el tiempo y nuestra conexión con el mundo.

Esta transformación no significa necesariamente retirarse del mundo, tampoco volverse indiferente; significa, más bien, ampliar la perspectiva. Lo que antes parecía central puede dejar de serlo: el afán por demostrar, poseer o controlar pierde fuerza, las relaciones adquieren un significado distinto, y el pasado y el presente comienzan a dialogar de otra manera. La propia vida, entonces, se descubre como parte de algo más amplio que el yo.

Es una posibilidad abierta, un camino para servir según lo que le pega a cada uno. Lo importante es entender que, mientras tengamos vida, salud y reserva cognitiva, podemos mantener alguna forma de involucramiento vital. Y una de las maneras más poderosas de hacerlo es el servicio. Como hemos mencionado anteriormente: “servir según lo que le pega a cada uno".

Hay cientos de ejemplos que nos describen vías posibles:

  • Una madre que sigue acompañando a sus nietos.
  • Un antiguo maestro que ayuda gratuitamente a jóvenes.
  • Un médico jubilado que sigue orientando a quien se lo pide.
  • Una persona mayor que cuida a su pareja con paciencia.
  • Alguien que, después de equivocarse durante muchos años, aprende a relacionarse de otra manera con sus hijos.
  • Alguien que convierte una experiencia dolorosa en acompañamiento para otros.
  • Y también alguien que, simplemente, mantiene vivos los vínculos, las conversaciones, los recuerdos y las celebraciones.

No son libros como los de los Erikson, Skinner o Mezirow. No son necesariamente grandes hazañas. Y eso es, precisamente, lo interesante: la construcción continua de la integridad puede expresarse en la escala ordinaria de la vida.

El panorama podría ser entonces:

Integridad del yo → reconocimiento de lo aprendido → capacidades disponibles → involucramiento vital → elección de dónde aportar → acción → nueva experiencia → nueva integración.

Y el proceso vuelve a comenzar. A veces se presentan oportunidades que nos permiten elegir algo que no teníamos en carpeta; otras veces, aparecen situaciones que nos crean un dilema desorientador al cual tenemos que dar respuesta. La dinámica de decisiones, acción y retroalimentación continúa.

Todo esto ocurre sin olvidar que los otros que nos rodean participan en ese proceso, pero que, mientras podamos, no negociamos el ser timón de nuestras propias decisiones y construcciones. No se trata de ser 'necios', pero tampoco de convertirnos, antes de tiempo, en seres que renuncian a decidir.

Y quizá aquí volvemos al punto de partida. La integridad no es el final del camino; la longevidad tampoco. Mientras haya vida, sin deterioro cognitivo mayor, puede haber involucramiento. Y mientras haya involucramiento, puede haber algo que aportar.

Por eso la pregunta permanece: 

¿Para quién puede servir ahora todo lo que hemos aprendido?

Quizá mi longevo favorito ya encontró su respuesta. Nos toca ahora a nosotros, y si tenemos “vocación genética” de longevidad, con más razón.  Esperanza sí, ansiedades no.  

Miguel J. Escala
Miguel J. Escala
Miguel J. Escala Es educador desde 1969. Estudió Psicología y Educación Superior.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

spot_img
spot_img
spot_img

Las más leídas

La oportuna publicación de las memorias de los periodistas

Por Alfonso Tejeda La circunstancia en que apareció en 1974, póstuma a la muerte del autor rodeada del manto trágico del derrocamiento militar del gobierno...

De alcanzar el 5% de crecimiento en 2026, RD recuperaría el umbral que ocupó liderando el crecimiento regional

Por Héctor Linares La economía dominicana proyecta un cierre del año “punta a punta” muy cercano con su crecimiento potencial, con lo cual recuperaría el...

La evaluación del desempeño docente: evaluar para mejorar

(A partir de una conversación de Miguel J. Escala con Gemini, GPT y una lectora anónima) MJE:  En el artículo anterior, dedicado al Desempeño Superior...
spot_img

La oportuna publicación de las memorias de los periodistas

Por Alfonso Tejeda La circunstancia en que apareció en 1974, póstuma a la muerte del autor rodeada del manto trágico del derrocamiento militar del gobierno...

De alcanzar el 5% de crecimiento en 2026, RD recuperaría el umbral que ocupó liderando el crecimiento regional

Por Héctor Linares La economía dominicana proyecta un cierre del año “punta a punta” muy cercano con su crecimiento potencial, con lo cual recuperaría el...

La evaluación del desempeño docente: evaluar para mejorar

(A partir de una conversación de Miguel J. Escala con Gemini, GPT y una lectora anónima) MJE:  En el artículo anterior, dedicado al Desempeño Superior...

Articulos relacionados