Por Santo Salvador Cuevas
La sociedad, desde tiempos inmemorables y siempre ubicada en el contexto histórico, se ha plantado sobre dos pilares básicos: Los valores y el derecho.
Aunque ambos son eternos o prolongados en el tiempo, los valores son los que sí se hacen eternos e invariables.
En cambio, el derecho, aunque su proceso de construcción es legendario en el tiempo, lo cierto es que el mismo está sujeto, en su devenir histórico, a ser moldeado, enriquecido, superado.
Valores como la lealtad, la gratitud, el amor, el respeto, el civismo, la fe, la esperanza, la tolerancia, la solidaridad, la paz, el no mentir, el respeto, la fidelidad, la honestidad, entre otros, son eternos, invariables y determinantes para una convivencia decente, digna y admirable.
Con esos valores (cosechados en el tiempo), nos criaron nuestros abuelos y con ellos se fue labrando (paso a paso) la sociedad que nos legaron.
Sin embargo, aunque el derecho es un soporte histórico para la vida en sociedad y que en el tiempo se ha construido a sangre y fuego, en medio de acalorados debates, este pilar de la vida en sociedad está sometido a una permanente actualización y cambio.
Por ejemplo, el derecho al sufragio universal, en República Dominicana, le fue negado a las mujeres hasta finales de la década del 40, eso fue ayer, y lograr ese derecho fue el resultado de la resistencia femenina y el apoyo social.
El derecho a la organización sindical y a un horario laboral humano y digno, se alcanzó en el mundo como resultado de la resistencia, la lucha organizada y sobre millares de presos, de apaleados y de muertes, como las mujeres calcinadas en una fábrica de Chicago, o la muerte por mandato de un tribunal a los líderes obreros Sacco y Vanzetti, en 1927 en los Estados Unidos de América.
Pero la libertad es un derecho que, a lo largo de la humanidad, se ha construido a fuerza de golpes y sangre de hombres y mujeres que fueron atrevidos y valientes.
Superar la dictadura en 1961 y transitar hacia "la democracia" ha sido un resultado que costó la vida a muchos dominicanos.
Hoy resulta inaceptable que los avances en las instituciones públicas, quienes la encabezan, estén sentados sobre un código de conducta contrario a la lucha social del pueblo dominicano.
Comportarse de esa manera no solo es una afrenta al derecho de los pueblos, es también un acto de ignorancia y provocación.
Esto así porque en su historia los pueblos aprendieron también a defender con sangre, si fuera necesario, sus derechos sociales conquistados por la resistencia histórica de los hombres y mujeres que fueron atrevidos y valientes.





