Por Federico Pinales
Desde el ajusticiamiento, por venganza, no por patriotismo, del dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina, en la República Dominicana, cada cierto tiempo surge un fenómeno político que logra capitalizar las frustraciones y esperanzas de los sectores más desprotegidos de nuestra nación.
La patria más rica del Caribe, pero la peor administrada por los sucesivos gobiernos, cuyos representantes se les vendieron al pueblo humilde como los “angelitos inmaculados”, poseedores de milagrosas varitas mágicas para resolver todos los problemas de esta pequeña pero compleja nación, en la que, al parecer, solo tienen derecho a la buena vida un grupo de privilegiados que cada cuatro años deciden alternarse en el reparto del dulce pastel del Estado.
El primero de esos fenómenos fue el profesor Juan Bosch, autor de decenas de obras literarias, fundador de los dos partidos que más han gobernado el país, luego de la desaparición física del dictador Rafael Trujillo.
A este le siguieron los doctores en derecho Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez. Estos dos, junto al primero, constituyeron la trilogía de líderes políticos más populares e influyentes del país.
Bosch, aunque llegó a la presidencia a través del voto popular, los poderes fácticos que actuaban y aún actúan tras bambalinas, lo derrocaron a los 7 meses de haberse juramentado como presidente constitucional, provocaron la guerra de Abril de 1965, pidieron la invasión Norteamericana y luego impusieron a Joaquín Balaguer, quien gobernó para ellos, permitiéndoles que se hicieran millonarios al vapor, sin ninguna consecuencia, sembrando así las bases para el desarrollo de un cáncer, al parecer incurable, como es el fenómeno de la corrupción, el robo y la impunidad.
Los demás fenómenos “moralistas” encantadores de serpientes que engañaron la gente, con discursos anestesiantes y elocuentes, cuando aspiraban a ser presidentes, fueron los doctores Salvador Jorge Blanco, con su famoso slogan de “manos limpias”, cuando estaba en la oposición y luego salió de la presidencia para la cárcel por corrupción.
Tremenda ironía y contradicción.
Luego Leonel Fernández, Danilo Medina e Hipólito Mejía, en cuyos gobiernos la corrupción se volvió práctica generalizada.
El último fenómeno, Luis Abinader, le puso el cascabel al gato, porque desde la oposición, al pueblo le creó la ilusión de que acabaría con la corrupción, sin embargo, ha provocado la mayor frustración, porque sus colaboradores superaron a los de Danilo Medina, robándose hasta el dinero de las medicinas, para construir grandes villas con piscinas.
Esa es la causa del surgimiento de una formidable y sorprendente fuerza de choque, representada por un nuevo fenómeno llamado Santiago Matía (Alofoke), otro encantador de serpientes, con una magia contagiosa, que para unos resulta peligrosa y para otros graciosa.
Todo empezó como una chercha y un relajo, pero ha tomado fuerza en los de abajo, preocupando a los de arriba, a quienes les apestan los de abajo, de esos que se ganan la vida con sufrimiento y trabajo.
De esos que carecen de todo, hasta del derecho a la vida, a la salud, la educación y la alimentación. Mientras los encopetados que viven pegados de las “tetas” del Estado, lo tienen todo asegurado y solo se acuerdan de las marinados, cuando andan apurados en épocas de elecciones, para asegurar y legitimar sus posiciones.
Desde las cuales se enriquecen recibiendo miles de millones, de los impuestos que pagan esos “hediondos, a quienes ellos desprecian olímpicae y descaradamente, como la señora diva que llamó al “representante del Circo”.





