La rubia del amargue: – “Fue el maldito amigo tuyo que me golpeó” (y II)

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Por Emiliano Reyes Espejo

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Había perdido el contacto con Pericles. Deseaba verle para decirle que tenía razón, que tal y como me anticipó, había ocurrido algo inesperado con Rosalía. Ella apareció un día en el trabajo con un lado de cara magullado -el rostro “abollao”, como dirían en el barrio-. Explicó que recibió un golpe con una puerta en su apartamento, aunque tenía una clara señal de que había sido golpeada. No valió el maquillaje para ocultar el golpe en sus cachetes rojos. 

Ante mi insistencia, ésta estalló: – “Eso fue tu maldito amigo que me golpeó, ese azaroso”. En principio no entendí, luego ella me explicó: –“Ese tipo, ese carajo, es un desgraciado. Creí que era un caballero y me confundí con él, me golpeó”. Rosalía se refería a Juancho, un dealer que yo había contactado para comprar un vehículo. Un excelente vendedor, él llevaba y parqueaba varios vehículos de diferentes modelos y colores en el parqueo de la institución, a fin de que yo escogiera. Los modelos y precios no me cuadraron y prometió llevarme un vehículo a mi gusto, entre varios que importaría en esos días. Rosalía se interesó por los autos y me pidió el teléfono de Juancho para adquirir un automóvil. Pasó un tiempo sin comunicarme con él, pensé que se había desinteresado en venderme el auto.

Pero ocurría que Juancho y Rosalía se comunicaban y habían entablado una bella amistad, de la cual yo era ajeno. Cuando me dijo que había sido Juancho que la golpeó, enfurecí y le llamé. Le dije que era un abusador de las mujeres, que se olvidara de venderme un vehículo. Él me extendió su excusa y me pidió escuchar su explicación de lo sucedido:

– “Me enamoré de Rosalía desde que la vi en tu oficina”, dijo. Me atrae locamente esta mujer, su color rubio, su perfume y tamaño imponente”. Y agregó: “Le propuse que sea mi novia y la cortejé, con todo el respeto, durante todo este tiempo”.  Detalló que había realizado enormes gastos en ella y sus dos hijos. La llevó a exclusivos restaurantes, viajaron a zonas turísticas, asistieron a conciertos y sus hijos disfrutaron excepcionales espectáculos infantiles.

– “Todo marchó bien, estaba ilusionado con ella, pero esa noche fuimos a un restaurante de lujo, cenamos y tomamos finos y costosos vinos. Luego, la invité a  mi apartamento y ella asintió, pero al entrar aproveché para darle un beso en sus labios…Creí que ya éramos novios, pero ella me dijo que no, que no la besara, respondiéndome con una bofetada. Reaccioné torpemente, tal vez por los efectos del alcohol, dándole una trompada en la mejilla”, narró con cierto pesarJuancho expresó que lamentaba mucho ese momento.

No obstante esa explicación decidí romper el vínculo comercial con Juancho. A partir de entonces las cosas transcurrieron normal en la oficina, aunque las circunstancias de la vida tomaron sus propios rumbos.

Pasado el tiempo me enteré de que Rosalía comenzó a salir con el doctor Norberto Rosa, un técnico altamente especializado de la institución, con el cual tenía unos discretos amoríos que eran la “comidilla” en los pasillos. El doctor Rosa, reputado médico veterinario, casado, de nacionalidad domínico-española, era un académico y propietario de su propia finca experimental. Producía carnes vacunas, caprina, de conejos, patos y otras especies. Los fines de semana éste llevaba a Rosalía, en su camioneta, víveres, carne, leche y otros alimentos.

Un día en la tarde, Rosa estacionó su camioneta en el parqueo de la institución y comenzó a repartir víveres y carnes a los empleados, especialmente a policías de seguridad. El extraño comportamiento del doctor Rosa llamó poderosamente la atención y los más curiosos comenzaron a indagar lo que había pasado. Se rumoreó entonces que éste había llegado al apartamento de Rosalía como era su costumbre y cuando entró, encontró a su amada en denuedos amorosos con un estudiante de medicina hindú. 

La rubia Rosalía, extremadamente dadivosa, había alquilado un área de su apartamento a este extranjero. Los amoríos del médico veterinario y Rosalía llegaron a su fin. Afectada por la situación ésta pidió su traslado para otra entidad. Era del tipo de mujer a la que nada la detiene, sigue hacia adelante pese a los tropezones y saltos emocionales.

La relación que vivió con el hindú fue efímera, algo temporal. El extranjero se mudó del apartamento y la dejó sola, y aunque se veían a veces, éste se marchó del país una vez terminó su carrera de medicina. 

Luego, conoció a través de las redes sociales a un italiano, Francesco. El ciudadano europeo viajó al país para conocerla, hicieron empatía y se enamoraron. Cuando él venía aprovechaban para visitar hoteles en las zonas turísticas. Francesco compró un carro para Rosalía, que usaban para transportarse y así economizar gastos en taxis.

En el ínterin, la atractiva rubia se acercó a un mecánico que había sido años atrás su pretendiente para que éste le diera mantenimiento al carro.  Ambos, La Rubia y El Mecánico, se confabularon para simular reparaciones y mantenimientos del vehículo, como una forma de justificar que Francesco enviara dinero para reparaciones. La práctica se convirtió en una rutina y el vehículo era usado tanto por ella como por el mecánico.

A Francesco no le preocupaban esos gastos, ya que estaba, como se dice, “loco por el amor” de Rosalía. Ella le correspondía expresando su amor hacia el italiano, al cual decía que adoraba por su jovialidad y desprendimiento. Francesco y Rosalía mantenían una asidua comunicación por la vía telefónica, las redes y cartas, ella aquí y él en Roma. Un inesperado día Francesco informó que vendría al país para casarse. Rosalía, astuta, no perdió tiempo, y a la vez que rebosaba alegría, comenzó a tramar cómo sacar dinero a su comprometido.

– “Si Francesco viene a casarse, eso significa que tiene suficiente dinero”, razonó. De inmediato ideó una forma sobre cómo sacar recursos al extranjero. Se reunió con el mecánico, con el cual acordó inventar que se fundió el motor del carro.

– “Mi amor, mi Francesco hermoso, tú vienes para que nos casemos, ansío esa fecha de nuestra boda”, escribió Rosalía en un texto, y explicó: “Pero tenemos un problema, al carro se le fundió el motor y el mecánico, tu amigo Joselito, me dijo que hay que comprar uno nuevo. Envíame el dinero para realizar ese arreglo”. A esta carta le anexó las facturas del costo del motor y demás piezas que serían reemplazadas, como una forma de dar veracidad a la petición.

Francesco envió el dinero, pero no se compró ningún motor, apenas se gastó algo para renovar el carro. Rosalía, hábilmente, se quedó con el resto, pero no contó con la malicia de Joselito. Éste reclamó, bajo amenaza, que se le diera 50% del dinero que envió el italiano.

– “Quiero la mitad del dinero”, expresó de manera enfática. “De lo contrario, diré a Francesco cuando venga que tú lo estás engañando, le diré todas tus mañas y maniobras”, tú crees que yo no sé todo lo tuyo”, insistió Joselito en tono amenazante. 

Aunque sentía atracción por éste, la rubia nunca le hizo caso, le enrostra que ella se relacionaba con personas importantes y él era un simple mecánico. -“Sé qué tú sales con un vendedor de carros que una vez te dio una trompada, también con Vitico, que tú misma me ha dicho bebiendo cervezas entre nosotros, que no lo olvidas, porque fue el hombre de tu vida desde que vivía en Villa Francisca”.

Ante esas amenazas, Rosalía tuvo que ceder a la demanda de Joselito. Decidió tranzarse, aunque al final éste no recibió un solo centavo de ella. Muy astutamente, Rosalía se transó cediendo a estar con él en una amistad íntima. Entonces, Joselito, además de salidas furtivas con La Rubia, terminó siendo chofer y mecánico de la futura pareja.

Francesco vino al país y se casó con Rosalía en una suntuosa boda que reunió a “viejos amigos”, amistades y a sus compañeros de trabajo. Francesco, en tanto, era el hombre más feliz, logró amarrar para siempre su anhelado amor tropical. Después de vivir un tiempo en el país, Francesco y Rosalía partieron a Italia, donde residen y llevan una vida que hace honor a la diáspora dominicana en la nación  europea.

*El autor es periodista.

Emiliano Reyes
Emiliano Reyes
Periodista y Gestor de relaciones públicas

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