Por César Aybar
La resurrección de los muertos fue revelada progresivamente por Dios a su pueblo. La esperanza en la resurrección corporal se impuso como una consecuencia natural de la fe en un Dios creador del hombre entero: alma y cuerpo. El Creador del cielo y de la tierra es también quien mantiene fielmente su alianza con Abraham y su descendencia. En esta doble perspectiva comienza a expresarse la fe en la resurrección.
En medio de sus pruebas, los mártires macabeos confiesan: “El Rey del mundo, a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna” (2 Mac 7,9).
Y también: “Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados por Él” (2 Mac 7,14.29; Dn 12,1-13).
Los fariseos (cf. Hch 23,6) y muchos contemporáneos del Señor (Jn 11,24) esperaban la resurrección. Jesús la enseña firmemente. A los saduceos, que la negaban, responde: “Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios; estáis en el error” (Mc 12,24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios, que “no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12,27).
Pero hay algo más profundo todavía: Jesús vincula la fe en la resurrección con la fe en su propia persona: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25).
Él mismo resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él (Jn 5,24-25; 6,40) y hayan participado de su vida. Durante su ministerio público ofreció ya signos de este poder devolviendo la vida a algunos muertos (Mc 5,21-42; Lc 7,11-17; Jn 11), anticipando así su propia Resurrección, que sería de un orden totalmente nuevo.
Ser testigo de Cristo es ser testigo de su Resurrección (Hch 1,22; 4,33). La esperanza cristiana está marcada por el encuentro con Cristo resucitado. Todo creyente resucitará como Él, con Él y por Él.
San Pablo lo afirma con claridad: “Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación y vacía también vuestra fe” (1 Co 15,13-14).
La fuerza de la esperanza de quien creyente es precisamente la resurrección de Cristo. Ella confirma la existencia de la vida eterna y da sentido a la vida presente. Por eso el cristiano es llamado al arrepentimiento y a la conversión: vivir con Cristo es caminar hacia la santidad.
Desde el principio, la fe cristiana en la resurrección ha encontrado incomprensiones y oposiciones (Hch 17,32; 1 Co 15,12-13). Como afirmaba san Agustín: “En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne”.
Muchos aceptan que después de la muerte la vida continúa de forma espiritual, pero surge la pregunta: ¿cómo puede resucitar este cuerpo mortal? La Escritura responde: “Los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5,29; Dn 12,2).
La muerte, tan temida por el ser humano, es solo el final de una etapa de la existencia. Con la muerte física, el cuerpo se separa del alma: el cuerpo se corrompe y el alma va al encuentro con Dios, a la espera de reunirse con su cuerpo glorificado.
Ese cuerpo glorificado será material, pero libre de las limitaciones del tiempo y del espacio; no será corruptible ni dependerá del alimento material. Será, en cierto modo, materia transfigurada.
Jesucristo mismo, después de su resurrección, se apareció a sus discípulos con un cuerpo glorificado: comió con ellos y permitió a Tomás tocar sus heridas (Jn 20,27), mostrando que su cuerpo era real, aunque ya no sometido a las leyes ordinarias del mundo material.
Ese mismo cuerpo glorioso será el que resucitará en el último día, cuando llegue la parusía del Señor:
“Llega la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y saldrán los que hicieron el bien para una resurrección de vida, y los que hicieron el mal para una resurrección de juicio” (Jn 5,28-29).
Para el ser humano todo esto supera la imaginación y la capacidad de comprensión plena. Solo puede asumirse desde la fe. Sin embargo, precisamente esa fe en Cristo resucitado es la que sostiene la esperanza del creyente: que la muerte no tiene la última palabra y que la vida está llamada a plenitud eterna junto a Dios.
Porque la resurrección de Cristo no es solo un acontecimiento del pasado: es también la promesa viva, cumplida primero en el mismo Cristo, para que creas y se cumpla, en su momento, también en ti.











