Por Nelson Cuevas Medina
Albert Einstein dejó una reflexión que parece escrita para la realidad actual del Partido de la Liberación Dominicana. _"No podemos resolver nuestros problemas con el mismo razonamiento que usamos cuando los creamos".
Pocas organizaciones políticas encarnan hoy esa frase con tanta precisión como el PLD. Lejos de aprender de la crisis que provocó su división, la pérdida del poder y su posterior desplazamiento como principal fuerza de oposición, una parte importante de su dirigencia insiste en recorrer el mismo camino que condujo al partido a esos resultados. Actúan como si los errores del pasado pudieran convertirse ahora en la solución de sus problemas.
En una actividad partidaria celebrada en uno de los momentos de mayor fortaleza electoral del PLD, Leonel Fernández afirmó que esa organización gobernaría sin dificultades hasta el año 2044 y que era una verdadera fábrica de presidentes. Los acontecimientos posteriores demostraron que ninguna organización política está por encima de sus propios errores. La arrogancia, las imposiciones, los conflictos internos y la incapacidad de rectificar terminaron provocando la división del partido, su salida del poder y el deterioro que hoy intenta superar sin mucho éxito.
Lo más preocupante es que muchos dirigentes peledeístas intentan proyectar una imagen de unidad y normalidad. Pero bajo la superficie existe un descontento silencioso, una inconformidad contenida de dirigentes que no comparten decisiones recientes, aunque tampoco se atreven a desafiar públicamente a quienes continúan controlando las principales estructuras partidarias.
En 2019 ya había ocurrido algo similar. El PLD introdujo el mecanismo de las encuestas para seleccionar a quien enfrentaría a Leonel Fernández en la competencia interna por la candidatura presidencial de 2020. Cuando muchos entendían que figuras como Francisco Domínguez Brito o Reynaldo Pared Pérez tenían mayores posibilidades dentro de esas mediciones, apareció inesperadamente Gonzalo Castillo, impulsado por el poder político de Danilo Medina y su entorno.
Aquella decisión provocó fuertes cuestionamientos internos. Reynaldo Pared Pérez retiró sus aspiraciones y Carlos Amarante Baret denunció irregularidades en el proceso. Gonzalo Castillo terminó siendo declarado ganador de unas controvertidas mediciones internas realizadas mediante encuestas, lo que le permitió convertirse en el aspirante promovido por la cúpula para enfrentar a Leonel Fernández. Más adelante resultó vencedor en las primarias del PLD, en un proceso cuyos resultados fueron desconocidos por Fernández, quien denunció la existencia de un fraude electoral.
El desenlace es ampliamente conocido. Tras denunciar fraude en las primarias, Leonel Fernández anunció en una alocución al país su salida del PLD junto a miles de dirigentes y simpatizantes. Nacía así la Fuerza del Pueblo, mientras quedaba al descubierto una crisis interna que durante años había permanecido oculta bajo la fortaleza electoral del partido morado.
La respuesta de Danilo Medina no tardó en llegar. En medio de la confrontación política, atribuyó parte del conflicto a supuestas faltas de apoyo recibidas durante sus campañas presidenciales de 2012 y 2016, argumentos que contrastaban con declaraciones ofrecidas por él mismo en el pasado, cuando llegó a reconocer públicamente que Leonel Fernández había trabajado en la campaña de 2012 incluso más que en algunas de sus propias campañas presidenciales.
A partir de ese momento, el PLD perdió su principal activo. Nos referimos a la unidad que le había permitido ganar cuatro elecciones consecutivas en primera vuelta. Llegó la derrota electoral de 2020, surgió una nueva fuerza política con capacidad competitiva y comenzó un proceso de deterioro interno que, lejos de superarse, continúa manifestándose hasta el día de hoy.
Por eso resulta imposible analizar la crisis actual del PLD sin reconocer que la imposición política de Gonzalo Castillo como candidato presidencial se convirtió en uno de los errores estratégicos más costosos de su historia reciente. Lo que inicialmente se presentó como una fórmula para preservar el control interno terminó provocando una fractura que modificó para siempre el mapa político dominicano. El PLD perdió la cohesión que había sido una de sus principales fortalezas y comenzó un proceso de deterioro electoral y orgánico cuyas consecuencias todavía siguen presentes.
Precisamente cuando muchos pensaban que aquella experiencia serviría de lección, la organización vuelve a colocar el mismo nombre sobre la mesa. La inesperada inscripción de Gonzalo Castillo para ser nuevamente medido mediante encuestas internas no solo revive episodios que marcaron profundamente la vida del partido, sino que reabre interrogantes sobre la capacidad de su dirigencia para corregir el rumbo adoptado desde 2019.
Nadie discute que Gonzalo Castillo obtuvo cerca de un 38 % de los votos en las elecciones de 2020. Ese resultado explica que algunos consideren que todavía conserva capacidad para dinamizar una parte del electorado peledeísta.
Pero también es cierto que la política dominicana ha cambiado profundamente. Hoy no basta con recursos económicos, estructuras o lealtades internas. Se requiere liderazgo, capacidad discursiva, visión estratégica y conexión con una ciudadanía cada vez más exigente. Y precisamente ahí radican las principales debilidades que acompañaron a Gonzalo Castillo durante su paso por la candidatura presidencial.
Después de la derrota electoral mantuvo un bajo perfil político, redujo significativamente su participación en la vida partidaria y enfrentó procesos judiciales que afectaron aún más su imagen pública. En las elecciones de 2024 ni siquiera participó como precandidato presidencial.
Por eso resulta legítimo y oportuno preguntarse qué ha cambiado hoy para justificar su regreso.
La respuesta parece estar menos en el desempeño de Gonzalo Castillo que en quienes vuelven a impulsarlo. Más que el surgimiento de nuevas condiciones políticas o electorales, lo que se percibe es la insistencia de una parte de la dirigencia en recurrir a los mismos actores y métodos que ya demostraron sus limitaciones en el pasado.
La crisis del PLD no terminó con la derrota electoral. Por el contrario, se profundizó cuando la Fuerza del Pueblo desplazó al partido morado al tercer lugar electoral y asumió el liderazgo de la oposición. Los intentos de renovación interna quedaron a medio camino, mientras los principales espacios de dirección continuaron bajo la influencia de los mismos sectores que dirigieron al partido durante los acontecimientos de 2019.
Las renuncias de importantes dirigentes, entre ellos Carlos Amarante Baret y José Castillo Saviñón, fueron apenas algunas de las consecuencias visibles de ese proceso.
La reaparición de Gonzalo Castillo amenaza con abrir nuevas heridas, no solo dentro del PLD, donde muchos observan con preocupación la repetición de un esquema que ya produjo una fractura histórica, sino también dentro de la propia oposición, donde cada vez parece más distante la posibilidad de construir una estrategia común para enfrentar al PRM en 2028.
Porque detrás de esta nueva operación política parece existir un objetivo que trasciende al propio Gonzalo Castillo. Impedir que Leonel Fernández consolide su liderazgo opositor y llegue fortalecido a la próxima contienda presidencial.
Si esa es la apuesta, el riesgo para el PLD es evidente. La historia demuestra que los partidos no se debilitan únicamente por las derrotas electorales, sino también por su incapacidad para reconocer los errores que las provocaron. Y justamente ahí parece encontrarse el principal problema de la organización: insistir en soluciones que guardan demasiada semejanza con las decisiones que contribuyeron a su crisis.
La reflexión de Albert Einstein mantiene así plena vigencia. Los problemas no se resuelven repitiendo las causas que los originaron. Y cuando una organización política insiste en recorrer el mismo camino que la condujo a la derrota, no está construyendo su futuro ni impulsando su renovación; está administrando su propia decadencia.







