Lito Santana
Usualmente no asisto a las misas que celebra la Iglesia Católica cada domingo en la mayoría de sus templos.
Pero, los últimos dos domingos del mes de abril tuve la oportunidad de acudir a dos importantes ceremonias en lugares distintos, aunque por circunstancias similares.
La primera actividad fue el domingo 19 de abril, al bautismo de mi nieto Ean Alejandro, en la Catedral Santa Ana, en San Francisco de Macorís y la segunda fue el domingo 26 de este mismo mes, a propósito de la “presentación ante el Todopoderoso”, de otro nieto, Ezra José, en la Iglesia Don Bosco, en la ciudad Capital.
Se trató de dos interesantes actividades que me recordaron aquellos años de trabajo en la parroquia San Antonio de Padua, en el municipio de Tamayo y en la emisora Radio Enriquillo, acompañado por los sacerdotes de la Congregación del Inmaculado Corazón de María (CICM).
Las prédicas de los sacerdotes de ambas misas me inspiraron a escribir esta columna.
La violencia y el tigueraje no pueden vencernos.
No sé si por una línea bajada por quienes coordinan estas celebraciones o por coincidencias, sus prédicas se refirieron al momento que vive el país. Ambos sacerdotes expresaban su preocupación por la ola de violencia, vandalismo, pleberías e insultos que dominan el ambiente en nuestras comunidades. Los hechos más recientes, la muerte de un chofer en Santiago a manos del tigueraje o el asesinato del Coronel de apellido Madé en la Capital.
Llamaba la atención sus énfasis en la necesidad de no dejarnos amedrentar por esa conducta dañina de una parte de la población, que se dedica al mal vivir, atrapada por falsos valores, donde se imponen las malas costumbres y los hechos bochornosos.
En sentido general, las reflexiones de los sacerdotes y los parroquianos que tomaron la palabra iban orientadas a la necesidad de que la sociedad dominicana no siga indiferente a esta realidad, en la que poco a poco se pierde la seguridad y aumenta el temor a salir a las calles.
Escuchar estas palabras y sentir la buena vibra de los presentes, me llevó a la conclusión de que no todo está perdido. Que hay una parte de la población que tampoco está dispuesta a que le roben su paz existencial. El país no puede sucumbir por estos momentos de violencia.











