“No se hagan en la primera vuelta heridas que no sean capaces de cicatrizar en la segunda vuelta, o la segunda vuelta se vuelve una tragedia”. Cita del expresidente de Colombia Ernesto Samper, un consejo que le hizo el ex –presidente Rodrigo Borja, de Ecuador.
POR RAFAEL MÉNDEZ
La población lo que espera es respuestas ante problemas concretos, y difícilmente se sentirá convocada por una oposición que consuma sus energías en disputas intestinas mientras el país demanda soluciones.
La relación entre el Partido de la Liberación Dominicana y la Fuerza del Pueblo parece haber entrado en una fase de guerra fría política, unas veces abierta y otras veces solapada, en la que dos organizaciones nacidas de una misma matriz histórica se observan, se miden, se disputan espacios y se lanzan mensajes cruzados, mientras el país avanza hacia un proceso electoral que exigirá más inteligencia estratégica que resentimiento acumulado.
La expresión guerra fría no supone aquí una confrontación total, sino un estado de tensión permanente, donde las partes evitan declararse una guerra definitiva, pero actúan como si cada movimiento del otro representara una amenaza existencial. En ese terreno se mezclan heridas no cerradas, memorias de poder, liderazgos enfrentados, bases electorales compartidas y una lucha simbólica por decidir quién representa con mayor legitimidad la continuidad, la renovación o la superación del universo, que algunos definen como el morado y el verde.
La Trampa de Tucídides, formulada a partir de la rivalidad entre Atenas y Esparta en la antigua Grecia, describe el riesgo que surge cuando una fuerza emergente altera el equilibrio existente y provoca temor, reacción o resistencia en la fuerza establecida. Trasladada a la política dominicana, no se trata de identificar mecánicamente quién hace de Atenas ni quién actúa como Esparta, porque esa lectura colocaría al autor en una posición de parte, sino de observar cómo el crecimiento, la recomposición o la supervivencia de una fuerza puede activar reflejos defensivos en la otra.
Una misma matriz, dos proyectos en disputa
La Fuerza del Pueblo no nació como una organización ajena al PLD, sino como resultado de una división profunda de ese partido, encabezada por quien fue presidente de la República, líder histórico del peledeísmo y figura central de su etapa de mayor acumulación de poder. Esa circunstancia hace que la competencia entre ambas organizaciones no sea una rivalidad cualquiera, porque en ella pesan el pasado compartido, las lealtades rotas, las migraciones de dirigentes, la disputa por la memoria de gobierno y la búsqueda de hegemonía dentro de la franja la opositora que capitalizan.
El problema no está en que compitan, porque la competencia forma parte natural de la democracia, sino en el peligro que esa competencia se transforme en una guerra de desgaste permanente. Cuando cada adhesión, cada encuesta, cada declaración y cada movimiento territorial se interpreta como una provocación o una amenaza, la política deja de ser cálculo estratégico y se convierte en ajuste de cuentas, con lo que el adversario principal podría terminar beneficiándose de una oposición entretenida en administrar sus propias heridas.
En esa lógica aparece la versión dominicana de la Trampa de Tucídides: no necesariamente como una guerra inevitable, sino como una tendencia peligrosa a convertir la rivalidad en destino. FP y PLD compiten por un electorado con raíces comunes, por una narrativa de futuro y por el lugar de principal fuerza opositora, pero si esa disputa se maneja bajo la lógica de suma cero, donde todo lo que gana uno debe ser asumido como pérdida absoluta del otro, ambos podrían terminar debilitando el campo opositor.
Entre suma cero y suma necesaria
La política no siempre se decide por la intensidad del golpe que se lanza, sino por la claridad con que se identifica el momento. En una coyuntura marcada por deterioro de servicios públicos, inseguridad, crisis educativa, endeudamiento creciente, promesas incumplidas y desgaste del gobierno, la oposición (FP-PLD) tendría que preguntarse si su tarea principal es derrotarse entre sí o construir una alternativa capaz de interpretar el malestar social que se acumula en amplios sectores de la población.
Ahí cobra sentido el concepto de coopetencia, tomado del mundo empresarial, pero útil para explicar una dinámica política donde dos actores pueden competir sin destruir todos los puentes que mañana podrían necesitar. La coopetencia no exige borrar diferencias, decretar una unidad artificial ni renunciar a identidades propias, sino reconocer que en ciertas coyunturas la colaboración mínima puede ser más rentable que la hostilidad permanente, sobre todo cuando el adversario común administra el poder, los recursos públicos y la narrativa institucional.
La guerra fría entre FP y PLD podría convertirse en una trampa si ambas organizaciones olvidan que el electorado no necesariamente premia a quien más golpea al potencial aliado, sino a quien demuestra mayor madurez, sentido de oportunidad y capacidad para ofrecer horizonte. La población lo que espera es respuestas ante problemas concretos, y difícilmente se sentirá convocada por una oposición que consuma sus energías en disputas intestinas mientras el país demanda soluciones.
En definitiva, la Trampa de Tucídides a la dominicana no tendría que desembocar en una guerra política sin retorno, porque todavía puede ser leída como advertencia. FP y PLD pueden competir, diferenciarse y defender sus espacios, pero si convierten al otro en blanco permanente, podrían regalarle al oficialismo una ventaja que no siempre obtiene por méritos propios. La gran prueba será saber si ambas fuerzas logran salir de la lógica de suma cero para entrar, aunque sea por cálculo estratégico, en una suma necesaria.
“No se hagan en la primera vuelta heridas que no sean capaces de cicatrizar en la segunda vuelta, o la segunda vuelta se vuelve una tragedia”. Cita del expresidente de Colombia Ernesto Samper, un consejo que le hizo el ex –presidente Rodrigo Borja, de Ecuador.







