Lauterio Vargas
Las elecciones de 1996 marcaron el inicio del fin de la era de los eternos caudillos Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez.
Con el ineludible peso de los años en la espalda, aunque en forma parcial, casi obligados por la muerte, excluyendo a Juan Bosch, esos comicios dieron paso a una nueva camada de dirigentes políticos que, aunque eran más jóvenes, poco a poco asumirían la misma conducta y posición de creerse que solo ellos podían gobernar el país.
Con las elecciones de 1996 también finalizó el antagonismo entre Joaquín Balaguer y Juan Bosch, y consecuentemente la lucha a muerte entre el PRSC y el PLD.
En las negociaciones y los amarres con los reformistas para la segunda vuelta electoral del 30 de junio 1996, en el PLD se destacó la figura de Danilo Medina Sánchez, quien a inicios del proceso electoral era el presidente de la Cámara de Diputados, pero renunció a su curul para asumir la jefatura de la campaña presidencial que llevó a Leonel Fernández al poder.
Ya para esa época, a espalda de Juan Bosch, Danilo Medina se había apoderado del control de los organismos del PLD, porque él sabía que era el primer paso para gobernar el partido y asumir la candidatura presidencial o incidir para su escogencia.
Con esa actitud bien se podría cambiar el eslogan de “servir al partido para servir al pueblo”, por “controlar al partido para gobernar al pueblo”.
En el PLD aconteció algo parecido a lo que ocurrió en Rusia con Stalin, quien se apoderó del control absoluto de los organismos del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), para lo cual aprovechó la enfermedad de Lenin, quien era el líder auténtico de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Danilo Medina, junto a Temístocles Montás, fueron señalados como los principales artífices de la victoria peledeísta de 1996 para que Leonel Fernández y el PLD asumieran el poder el 16 de agosto de ese año.
Al tomar el control del gobierno, como era de esperarse, las designaciones en las secretarías de Estado y las Direcciones Generales recayeron sobre los principales dirigentes peledeístas, miembros de los poderosos Comité Político y Comité Central.
Hasta ese momento todos los peledeístas “habían servido al partido” y había llegado la hora de “servir al pueblo”, aunque para muchos fue el momento para servirse del pueblo. Pero es un asunto de apreciación e interpretación de ese slogan.
Danilo Medina fue designado secretario de la Presidencia, que es el cargo más influyente en el Palacio Nacional, luego del presidente de la República. En términos reales, en ese momento, el secretario de Estado tenía más poder que el vicepresidente de la República.
El secretario de Estado de la Presidencia, cuyo nombre en la reforma constitucional del 2010 fue cambiado por ministro de la Presidencia, es el jefe del gabinete del presidente de la República.
Con ese cargo Danilo Medina asumió el control absoluto de todas las designaciones y remociones de cargos públicos en el tren gubernamental. Como tenía mayor control del partido, era quien hacía los decretos y los pasaba al presidente para que los firmara.
Esa posición le permitió aumentar el control sobre los organismos de dirección del PLD, pues Danilo Medina, según se escuchaba en los corrillos palaciegos y en la Casa Nacional del PLD, se ocupó de llamar personalmente a cada dirigente peledeísta que era nombrado por decreto y le hacía saber que ese nombramiento fue obra de él y que por lo tanto era a él a quien le debía lealtad y no al presidente Leonel Fernández.
Danilo Medina también se ocupó de hablar con otros dirigentes que formaban parte de su grupo interno en el PLD y que fueron nombrados en cargos inferiores del tren gubernamental. Todos pasaron a formar parte de lo que sería la corriente danilista.
Leonel Fernández no podía ser candidato porque en ese momento la reelección estaba prohibida en forma tajante por la Constitución de la República y Danilo Medina empezó a acariciar la candidatura presidencial por el PLD.





