Rememorar aquel proceso no procura abrir viejas heridas ni regatear méritos a quienes entregaron años de esfuerzo por la profesionalización del periodismo dominicano, pero la lectura correcta no era la de quienes confundían fidelidad al ideal con desconocimiento de la realidad, sino la de quienes entendimos que había que preservar el cuerpo para mantener viva el alma.
“…porque las cosas no se aclaran nunca, ni con el olvido ni con el silencio”, Pablo Neruda. Canto a Santo Domingo-1966.
POR RAFAEL MÉNDEZ
Cuando casi nadie creía que el Colegio Dominicano de Periodistas (CDP) podía sobrevivir al desgaste, la desilusión y la precariedad jurídica que amenazaban su existencia, una consigna resumió la orientación de la plancha que nos correspondió encabezar: “Aceptamos el reto: salvar al CDP”. Aquel llamado no era una frase de campaña, sino la decisión de asumir el CDP posible como tránsito necesario hacia el CDP ideal.
Rememorar ese episodio y reseñar la coyuntura en que se produjo resulta necesario y edificante, sobre todo para las nuevas generaciones que egresan de las universidades y ejercen la profesión. Hoy cuentan con un gremio vigente que las representa, con fortalezas, debilidades y desafíos, pero quizás sin conocer plenamente las circunstancias en que nació el actual CDP, creado por la Ley 10-91, promulgada el 7 de mayo de 1991, como fruto de una negociación entre el entonces Comité Ejecutivo del gremio, encabezado por el suscrito, y la Sociedad Dominicana de Diarios.
Hay coyunturas en la vida de las instituciones que no se resuelven con consignas inamovibles, sino con la capacidad de interpretar correctamente la realidad concreta que se tiene delante. En la historia del Colegio Dominicano de Periodistas, una de esas coyunturas se produjo cuando, después de más de una década de lucha, desgaste y confrontación, el gremio quedó jurídicamente colocado al borde de su desaparición.
A más de tres décadas de aquella coyuntura, el Colegio Dominicano de Periodistas sigue existiendo, con imperfecciones, limitaciones y desafíos pendientes, pero también como una de las entidades profesionales de mayor representación y vigencia en la región. Esa permanencia no puede separarse de la decisión que permitió pasar del CDP jurídicamente inviable al CDP posible, y desde ahí sostener la aspiración de un gremio más fuerte, más democrático, más protector y más cercano al ideal que inspiró las luchas originales.
Recordar aquel proceso no procura abrir viejas heridas ni regatear méritos a quienes, desde distintas trincheras, entregaron años de esfuerzo por la profesionalización del periodismo dominicano. Se trata, más bien, de dejar constancia de una enseñanza: hay momentos en que la fidelidad a una causa exige flexibilidad táctica, sentido de realidad y coraje para asumir decisiones incomprendidas. Aquella vez aceptamos el reto, salvamos al CDP, y la historia, con sus luces y sombras, terminó confirmando la justeza de esa decisión.
Aceptar la realidad para salvar el instrumento
La Ley 148 había representado una conquista largamente acariciada por varias generaciones de periodistas dominicanos, porque condensaba el ideal de un colegio fuerte, protector, representativo y sustentado en la colegiación obligatoria. Sin embargo, la ofensiva de los dueños de los principales medios de comunicación, agrupados en la Sociedad Dominicana de Diarios y respaldados por la Sociedad Interamericana de Prensa, terminó colocando aquella conquista en un terreno jurídicamente insostenible.
Durante años muchos nos resistimos a admitirlo, porque aceptar una derrota nunca es fácil cuando se ha luchado con convicción por una causa justa. Pero la verdad era inocultable: el CDP creado bajo los parámetros de la Ley 148 había sido golpeado por una decisión judicial que lo dejaba sin la fortaleza legal necesaria, mientras el enfrentamiento prolongado con los magnates de la prensa local y regional había agotado al gremio, reducido su capacidad de convocatoria y sembrado desaliento entre sus miembros y potenciales miembros.
Ese desgaste se expresó con crudeza en las elecciones que ganó la directiva que luego negoció con la Sociedad Dominicana de Diarios: de una membresía cercana a los mil seiscientos periodistas, apenas sufragaron alrededor de trescientos. Más que una simple baja participación, aquel dato revelaba la pérdida de fe en un instrumento que muchos sentían jurídicamente derrotado, institucionalmente debilitado y sin capacidad real para representar con eficacia al periodismo dominicano.
En esa situación extrema, la consigna “Aceptamos el reto: salvar al CDP” no fue un recurso electoral, sino una orientación política y gremial. Junto a ella asumimos otra definición de fondo: trabajar por un CDP posible, en tránsito hacia el CDP ideal. No significaba renunciar al sueño histórico ni negar la justeza de las banderas levantadas durante tantos años, sino comprender que ningún ideal podía preservarse si antes se perdía el instrumento llamado a encarnarlo.
La negociación que dio lugar a la Ley 10-91 fue, por tanto, una decisión difícil, pero necesaria. En ella se depusieron aspectos esenciales de la bandera original, particularmente la obligatoriedad de la colegiación para ejercer el periodismo, pero se restableció la existencia del Colegio Dominicano de Periodistas, se mantuvo la condición profesional de sus miembros y se abrió una etapa de funcionamiento institucional que, con sus debilidades, ha permitido que el CDP permanezca vigente hasta hoy.
Del paso posible a la vigencia histórica
Quienes adversaron aquella salida la calificaron como una transacción inaceptable, y algunos organismos internacionales llegaron a sancionar al CDP por haber aceptado ese tránsito. Sin embargo, ante la comisión de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELPA) que vino al país, emplazamos a nuestros críticos a demostrar que existían condiciones reales para sostener un colegio bajo los parámetros de la Ley 148, con el compromiso de retirar el proyecto si lograban convencer a la dirección del gremio y a los mediadores. No pudieron hacerlo.
El tiempo terminó colocando cada cosa en su lugar. La Asociación de Periodistas Profesionales (APP), surgida como expresión de rechazo al acuerdo, tuvo una vigencia limitada, mientras el CDP creado por la Ley 10-91 sobrevivió, se consolidó institucionalmente y continuó siendo el espacio de representación profesional de los periodistas dominicanos. Más temprano que tarde quedó demostrado que la lectura correcta no era la de quienes confundían fidelidad al ideal con desconocimiento de la realidad, sino la de quienes entendimos que había que preservar el cuerpo para mantener viva el alma.







