Por Federico Pinales
Boricuas y dominicanos, dos gentilicios que merecen ser colocados en el mismo plano, porque son tan sanos, que se tratan como verdaderos hermanos.
Amigables, alegres, serviciales, divertidos, solidarios e increíblemente sanos, aunque aparezcan algunos peores que los gusanos.
En su gran mayoría, boricuas y dominicanos, son extremadamente sanos, de sentimientos nobles y humanos, dispuestos siempre a darse la mano, como verdaderos hermanos.
En los tiempos del auge de la industria azucarera en la República Dominicana, los quisqueyanos recibieron a los boricuas (puertorriqueños), con los brazos abiertos, gesto que luego los borinqueños devolvieron espontáneamente a los quisqueyanos, cuando a estos se les “viró la tortilla” y tuvieron que empezar a abandonar la “cancha” en yolas y en lanchas forzados por las circunstancias.
Los que tuvieron la suerte de sobrevivir a las embestidas de las aguas del Canal de La Mona y lograron desembarcar en Puerto Rico, hoy muchos están bien o son ricos, gracias al apoyo recibido de los borinqueños, tanto en su país como en Nueva York.
En ambos lugares, los boricuas ofrecieron un extraordinario apoyo solidario a los dominicanos, ayudándolos, incluso, en sus procesos de regulación de sus estatus migratorios. Mediante matrimonios y de todas las formas legales posibles, cosa que todos valoramos y agradecemos, aunque nunca sacáramos provechos personales de esa situación.
Donde quiera que aparece una concentración de dominicanos y boricuas juntos, se respira un ambiente de alegría, hermandad y festividad, porque para colmo, compartimos los mismos gustos musicales, deportivos, gastronómicos y hasta en el parecido físico.
Solamente nos diferenciamos en la forma de hablar, porque algunos puertorriqueños cambian las “rr” por la “J”. Por ejemplo, por decir carro dicen “cajo”; mientras que gran parte de los dominicanos del Cibao, dicen “caibón”, en lugar de carbón o llaman “caine” a la carne.
El alto volumen de matrimonios entre boricuas y dominicanos no se debe solamente al problema migratorio, sino a una química muy especial que les proporcionó la naturaleza, muy parecida a un imán y a un pegamento llamado “Coquí”.
Viva la unidad domínico-boricua, digna de una exitosa película.







