Por Santiago Torrijos Pulido
Legal Expertise Liaison en Fridman, Fels & Soto (USA)
LL.M. de Georgetown Law
Las elecciones presidenciales de Colombia dejaron mucho más que un cambio de gobierno. Dejaron un mensaje para toda América Latina, Centroamérica y el Caribe: la región atraviesa una nueva etapa política en la que ningún proyecto puede dar por sentado el respaldo ciudadano.
La victoria de Abelardo de la Espriella representa un giro respecto al gobierno saliente, pero sería un error interpretarla únicamente como un triunfo de la derecha o una derrota de la izquierda. Más bien, refleja el deseo de una parte importante del electorado de buscar un rumbo distinto en temas como seguridad, crecimiento económico, inversión y gobernabilidad.
La paciencia con los discursos se reduce mientras aumenta la expectativa por gobiernos capaces de ofrecer estabilidad, empleo y seguridad.
¿Por qué debería importar esto en la República Dominicana?
Porque Colombia es la cuarta economía más grande de América Latina y uno de los principales referentes políticos del continente. Lo que ocurre allí suele influir en el clima de inversión, la confianza empresarial y las relaciones diplomáticas de toda la región. Además, Colombia mantiene un papel estratégico en la lucha contra el narcotráfico, el comercio internacional y la cooperación en seguridad, asuntos que también impactan al Caribe.
Estados Unidos también seguirá muy de cerca esta nueva etapa. Colombia ha sido durante décadas uno de sus principales aliados hemisféricos, y el nuevo gobierno probablemente buscará fortalecer la cooperación en seguridad, inversión y desarrollo económico. Para Washington, la estabilidad colombiana continúa siendo una pieza fundamental de su estrategia hacia América Latina.
Pero quizá la mayor enseñanza no está en quién ganó, sino en lo que viene después.
Colombia termina una de las campañas más polarizadas de su historia reciente. Gobernar un país dividido requerirá mucho más que haber obtenido la mayoría de los votos. Exigirá construir confianza con quienes votaron diferente, fortalecer las instituciones y demostrar que la democracia puede producir acuerdos incluso después de una competencia tan intensa.
Esa es una lección que trasciende las fronteras. En tiempos donde las democracias enfrentan desinformación, polarización y desconfianza ciudadana, el verdadero liderazgo comienza cuando terminan las elecciones. Ganar las urnas es apenas el primer paso; gobernar para todos es el verdadero desafío.
Y ese desafío no pertenece únicamente a Colombia. Es, cada vez más, el reto compartido de toda América Latina, del Caribe y de un continente que sigue buscando el delicado equilibrio entre cambio, estabilidad y unidad.







