Algo que nos inspire para lo que falta

Miguel J. Escala

(#45)

Varios lectores me han enviado listas, más o menos detalladas, de las actividades en las que están involucrados. En algunos casos, quieren asegurarse de que se trata de verdaderos proyectos vitales; en otros, desean enriquecer los ejemplos que he compartido de esos involucramientos que nos siguen animando a vivir y nos ofrecen oportunidades para compartir con los demás. Otros preguntan por sugerencias.

Son hermosos ejemplos que bien merecen un lugar en esa lista de acciones vitales capaces de engalanar los años que tenemos por delante.

Recordemos que el involucramiento vital (vital involvement) es un concepto de la psicología del desarrollo asociado a Erik Erikson y ampliado por Joan Erikson y Helen Kivnick. Se refiere a nuestra participación activa y significativa en el entorno, las relaciones y las actividades que dan sentido a nuestra existencia, especialmente durante la tercera edad.

Estos involucramientos nos ayudan a encontrar propósitos y, por qué no, buenas razones para seguir viviendo. También nos permiten sentir que nuestras contribuciones siguen teniendo valor, incluso cuando, en determinados momentos, podamos necesitar atenciones y cuidados de los demás. Son oportunidades para continuar expresando la integridad que hemos construido, en lugar de ceder ante la desesperanza, y para seguir desarrollándonos como personas.

Todo ello contribuye a colorear los años que nos quedan, años que aspiramos a disfrutar desde otras dimensiones de la camaradería, la participación y el compromiso con los demás.

Entre las muchas posibilidades de involucramiento vital, recordemos tres que ayudan a comprender la amplitud del concepto:

  • Mentoría y transmisión de saberes: compartir experiencias, conocimientos y aprendizajes con quienes puedan aprovecharlos.
  • Voluntariado y activismo: contribuir, personalmente o de manera organizada, a causas y proyectos que procuren el bienestar de otras personas o de la comunidad.
  • Aprendizaje continuo y expresión artística: descubrir, crear y desarrollar nuevas competencias, intereses y formas de expresarnos.

Las posibilidades son múltiples y, a veces, podemos identificarlas tanto en nuestro propio quehacer cotidiano como en el de quienes nos rodean.

Una visita inspiradora

Una visita a Asís nos inspira. Nos invita a descubrir o redescubrir a un joven que murió a los 44 años, hace unos ocho siglos, y cuya vida sigue inspirando a personas muy diversas.

Francisco de Asís fue precursor de una relación respetuosa con la naturaleza, hasta el punto de ser proclamado patrono de la ecología. Su nombre inspiró al papa Francisco, quien quiso expresar con él su compromiso con la sencillez evangélica y la atención a los pobres. También fue admirado por sectores del movimiento hippie de los años sesenta, que encontraron afinidad entre su estilo de vida, su preocupación por los más vulnerables y su cercanía con los animales, a quienes llamaba hermanos. Su figura sigue evocando, además, el diálogo y la búsqueda de la paz.

Con Francisco de Asís me unen varios lazos formativos. Mi esposa estudió con monjas franciscanas, y yo viví mis primeros doce años en una parroquia servida por frailes franciscanos. Cuando todavía no se sabía qué nombre elegiría Bergoglio al convertirse en papa, me adelanté y le dije a un amigo que escogería Juan, por su vocación renovadora, o Francisco, por la sencillez y la pobreza que este último nombre representaba. Finalmente, eligió Francisco, nombre que llevó hasta su muerte.

Pero hay un vínculo que me resulta todavía más significativo: desde hace 53 años, una versión pirograbada de la oración que comienza con el deseo de ser “un instrumento de tu paz” preside nuestro dormitorio. Hemos cambiado de casa y ese detalle ha cambiado de ubicación, pero nunca ha perdido su lugar especial. Definitivamente, Francisco de Asís me ha acompañado a lo largo de la vida.

Confieso que no me sé de memoria esa oración, a pesar de verla todos los días. Sin embargo, fue precisamente a ella a la que acudí cuando Asís apareció en nuestro itinerario de viaje. Volví a leerla y no pude resistir el deseo de examinarla con otros ojos: ¿podría ofrecernos un reto adicional para completar nuestra búsqueda de oportunidades de involucramiento vital o, sencillamente, ayudarnos a reconocer como tal algo que ya hacemos? ¿Serviría de marco de referencia inspirador?

Creo que sí. Sus propuestas no solo pueden inspirarnos a emprender nuevas acciones; también pueden ayudarnos a reconocer como valiosos y vitales muchos compromisos que ya forman parte de nuestras vidas.

Los invito a leerla y a trabajarla como fuente de inspiración. Quizá esta invitación parezca demasiado espiritual o demasiado próxima al catolicismo. No es esa mi intención: está abierta a creyentes y no creyentes, católicos y no católicos. Si Francisco de Asís fue capaz de inspirar, por su sencillez y su preocupación por los vulnerables, incluso a personas alejadas de la religión, tal vez su legado pueda seguir hablándonos a todos ocho siglos después de su muerte.

Me he estado refiriendo a la oración atribuida a san Francisco de Asís. Aunque no se considere una obra escrita directamente por él, sus palabras recogen un espíritu que asociamos con su vida y su mensaje. En ellas encontramos una serie de acciones orientadas a construir la paz y a superar actitudes que dificultan la convivencia y restan valor a nuestra presencia en el mundo.

La oración inspiradora

Oh, Señor, hazme un instrumento de tu paz.

Donde haya odio, que lleve yo el amor.
Donde haya ofensa, que lleve yo el perdón.
Donde haya discordia, que lleve yo la unión.
Donde haya duda, que lleve yo la fe.
Donde haya error, que lleve yo la verdad.
Donde haya desesperación, que lleve yo la esperanza.
Donde haya tinieblas, que lleve yo la luz.
Donde haya tristeza, que lleve yo la alegría.

Oh, Maestro, haz que yo no busque tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido como comprender;
ser amado como amar.

Porque dando es como se recibe;
olvidando es como se encuentra;
perdonando es como se es perdonado;
y muriendo es como se resucita a la vida eterna.

Sea o no de san Francisco la autoría de esta oración, su espíritu nos invita a superar obstáculos que nosotros mismos podemos generar y que atentan no solo contra nuestra paz interior, sino también contra la paz colectiva de las personas con quienes interactuamos: esos “quienes” que forman parte de nuestra vida, que nos aportan, y a quienes también podemos aportar algo.

Podemos leer esta oración, creyentes y no creyentes, estos últimos con las adaptaciones que su conciencia les sugiera. No se trata de asumir literalmente cada una de sus palabras, sino de descubrir las acciones que nos interpela a realizar.

Señor, hazme un instrumento de tu paz…

La oración nos invita a llevar amor donde hay odio, perdón donde hay ofensa, unión donde hay discordia, esperanza donde hay desesperación y luz donde hay oscuridad. Contiene una propuesta de actuación humana que puede examinarse y asumirse desde distintas convicciones.

No hace falta ser religioso para reconocer el valor de procurar:

  • Que nuestras relaciones tengan menos confrontación y más comprensión.
  • Que nuestras diferencias no nos impidan construir juntos.
  • Que nuestra presencia ayude a otros a recuperar la esperanza.
  • Que, ante los problemas, no nos limitemos a lamentarnos, sino que busquemos cómo contribuir a resolverlos.

Es una invitación a reflexionar sobre lo que hacemos con nuestra presencia en la vida de los demás y a encontrar un marco de referencia para orientar nuestra actuación. No se trata simplemente de ser una buena persona, sino de desarrollar competencias que permitan convertir las buenas intenciones en contribuciones reales.

¿Qué sucedería si convirtiéramos esas acciones en otra manera de identificar, enriquecer y orientar nuestros involucramientos vitales?

El objetivo no es convertirnos en personas necias que insisten siempre en lo mismo, ni en arrogantes que buscan destacarse frente a quienes consideran más vulnerables. Tampoco es un ejercicio proselitista para ganar adeptos. Se trata, más bien, de encontrar maneras de contribuir a la paz, ofrecer esperanza, tender puentes y compartir con otros lo que somos y lo que hemos desarrollado a lo largo de la vida. Recordemos que el involucramiento vital se relaciona con la integridad del yo propuesta por Erikson, pero también nos permite seguir expresándola y desarrollándola.

Quizá nuestro próximo proyecto vital no requiera emprender algo extraordinario. Tal vez comience por una acción sencilla, por una relación que decidamos cuidar o por una actitud que estemos dispuestos a transformar. La invitación es a seguir desarrollándonos, no solo para vivir más años, sino para que los años que nos faltan también sean una oportunidad de contribuir a la vida de los demás.

Una invitación

Los años que nos quedan siguen siendo años de desarrollo y de contribución. El reto consiste en identificar una acción posible y llevarla a la práctica.

Hemos tenido un primer o reiterado encuentro con una oración que ha trascendido generaciones. ¿Qué nos dice hoy, cuando pensamos en cómo queremos vivir los años que tenemos por delante? ¿Cómo podemos llevar esperanza, facilitar encuentros, ayudar a reconciliar diferencias o acompañar proyectos? No necesariamente mediante grandes obras, sino desde las posibilidades y competencias de cada persona.

Traduzcamos la reflexión en un compromiso concreto: ¿dónde hace falta nuestra contribución?, ¿con quiénes podemos realizarla?, ¿qué competencias necesitamos desarrollar?

La oración de san Francisco puede ser el punto de partida, pero el tema de fondo podría interesar tanto a creyentes como a no creyentes: ¿qué significa dedicar una parte de la vida a contribuir a que el mundo sea un poco mejor para los demás?

Hay una diferencia importante entre mantenernos ocupados y contribuir significativamente a la vida de alguien. Convertirnos en instrumentos de paz —si entendemos la expresión en un sentido humano amplio— supone orientar nuestras capacidades, relaciones y decisiones hacia algo que trasciende el interés personal.

Es hora de conectar la integridad competente, el involucramiento vital y la posibilidad de seguir contribuyendo al bienestar de los demás durante la tercera edad.

¿Qué podemos hacer, desde nuestras circunstancias y posibilidades, para convertirnos en instrumentos de paz en los años que tenemos por delante.

Miguel J. Escala
Miguel J. Escala
Miguel J. Escala Es educador desde 1969. Estudió Psicología y Educación Superior.

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