Su defensa de la autonomía de las mujeres, la diversidad y los derechos sociales merece reconocimiento, sean cuales sean sus razones: bienvenido, Jaime, a la agenda progresista.
POR RAFAEL MÉNDEZ
El destacado periodista y escritor Jaime Bayly pasó por República Dominicana y llenó la sala Aída Bonnelly de Díaz del Teatro Nacional durante la pasada Feria Internacional del Libro de Santo Domingo 2026, donde un público de edad madura, venido de distintos puntos del país, lo esperó como a un artista de gran convocatoria; sin embargo, ante ese auditorio dejó sin responder una pregunta sobre su primera estancia en el país, en 1985.
Su intervención desplegó una riqueza verbal que mantuvo a todos atentos, mientras enlazaba vivencias personales, humor y referencias dominicanas con la elegancia de quien conoce su oficio. Sin embargo, el encanto de la ejecución no vuelve inédito el repertorio, y ahí sitúo lo manido: la sorpresa ante una sala llena, las anécdotas personales y el reconocimiento afectuoso al país anfitrión, estructura que quien haya seguido otras comparecencias suyas reconoce de inmediato.
En mi caso, escuchaba un relato fiambre, con anécdotas repetidas y una descripción de la experiencia ferial semejante a la ofrecida en otras ciudades. Mi expectativa era que sus recuerdos abrieran una reflexión sobre el contexto geopolítico regional y la situación política dominicana que enmarcaron su llegada en 1985, contrastándolos con este regreso, con la alforja llena de literatura y, hasta donde se sabe, vacía de encomienda imperial.
Por eso se la formulé en público, a viva voz. Sonriente, Bayly respondió que había leído mi artículo y que le había parecido muy bueno, pero dejó sin responder la cuestión planteada. Al terminar, me acerqué: «Jaime, ¿por qué no me respondiste lo que te pregunté?», y contestó: «Porque tú tenías razón», frase que admite dos lecturas, concesión o cierre elegante, y que no explicó el contraste pedido, ni en público ni en privado.
El fantasma soviético, cubano y sandinista
Para comprender esa expectativa hay que regresar a 1985, cuando el joven Bayly llegó a una República Dominicana todavía estremecida por la poblada de abril de 1984, provocada por el encarecimiento de la vida y las medidas vinculadas al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, y reprimida violentamente. Al mismo tiempo, el sandinismo gobernaba Nicaragua, las guerrillas disputaban el poder en El Salvador y Guatemala, y Reagan, tras invadir Granada, combatía el avance revolucionario.
Santo Domingo ofrecía entonces una plataforma regional desde la cual disputar interpretaciones, y allí Bayly condujo un programa de política internacional que, según sus propios relatos, era financiado por Estados Unidos y retransmitido hacia Centroamérica, Colombia y Ecuador. Como expuse en mi artículo anterior, promovía la visión occidental y el libre mercado frente a la influencia soviética y cubana, función que sustenta mi interpretación de aquella experiencia como parte de una encomienda imperial.
Bienvenido a la agenda progresista
El Bayly de hoy se define como un hombre de “izquierda democrática, capitalista, liberal y progresista”, y reivindica, en banderas ratificadas en su intervención en Santo Domingo, el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo, la defensa de la diversidad y el respeto a las libertades individuales. Son posiciones que encuentran resistencias persistentes en nuestras sociedades, y su expresión pública, desde una voz de tal alcance, contribuye a darles visibilidad y legitimidad.
A ellas se suman la defensa de una educación pública de calidad y de servicios de salud accesibles, y sus cuestionamientos a la persecución de inmigrantes y al ejercicio autoritario del poder, planteamientos que sectores progresistas y de izquierda sostienen desde hace décadas. Asimismo, sus críticas a Trump y Milei y sus diferencias con otras figuras de la derecha introducen matices, sobre todo cuando reclama tolerancia frente a la prensa.
Por tanto, aunque su repertorio me resultara manido y su primera estancia dominicana conserve una dimensión política que merece explicación, la ironía de “pose de progre sin encomienda imperial” no resta valor a lo que hoy defiende. Sinceras o no, sus palabras en favor de la autonomía de las mujeres, la diversidad y los derechos sociales tienen un valor público que corresponde reconocer: bienvenido, Jaime, a la agenda progresista.




