Por Osvaldo D. Santana
Cada año, grandes acumulaciones de sargazo llegan a nuestras costas. Las vemos, las esquivamos, buscamos un espacio entre ellas y, aun así, entramos al mar. Nos adaptamos.
Porque el mar sigue ahí, ejerciendo esa atracción que siempre ha tenido sobre quienes disfrutamos del agua, aunque la experiencia ya no sea la misma.
Pero adaptarnos no debería significar acostumbrarnos.
El cambio climático y las transformaciones que provocamos en los ecosistemas nos recuerdan que no basta con aprender a vivir entre las consecuencias. La verdadera adaptación implica mirar hacia atrás, entender qué estamos haciendo y trabajar para corregirlo.
Porque el reto no es aprender a caminar entre el sargazo, sino lograr que no tengamos que hacerlo.
Playa La Caobita, Azua





