De la autopista del Ámbar, Puerto Plata, al trillo de Acetillar, en Pedernales

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Por Alfonso Tejeda

Puerto Plata en el Norte y Pedernales en el suroeste configuran dos extremos de la República, entre los que caben todas las características de la vida dominicana, más ostensibles las desigualdades naturales y las sociales, estás últimas marcando con más énfasis las diferencias, las que favorecen a una y condicionan la otra.

De esas similitudes, el turismo puede ser el eje a partir del cual se pongan en la balanza las acciones que definen el contraste de la atención gubernamental hacia ambos polos, descontando en su favor la larga práctica y los recursos que en ese campo ya tiene y exhibe la denominada “Novia del Atlántico”, como también se denomina a la provincia norteña.

Pionera en ese renglón, Puerto Plata hoy se recupera como realidad y atracción turística que acoge voluminoso porcentaje de visitantes que llegan al país por su aeropuerto local, Gregorio Luperón y el cercano de Licey al Medio, Santiago, así como los puertos marinos a los que arriban la mayoría de los transatlánticos que visitan el país.

Tiene también conexiones viales múltiples para entrada y salida hacia y desde la región del Cibao, que a su vez comunican con el país completo, muy, extremadamente diferente a Pedernales (la provincia más “insular” del país, como la define, acariciándola el periodista pedernalense Tony Pérez), a la que sólo se accede por la carretera que va desde Barahona.

Esa única vía tiene en construcción más de 12 años, y aunque el presidente Luis Abinader ha confesado y reiterado su compromiso con el desarrollo de la subregión Enriquillo, integrada por las provincias de Barahona, Pedernales, Independencia y Bahoruco, llamada del Sur profundo, y que él denomina del “Sur fecundo”, la verdad es que esa “fecundidad” es sólo en la desigualdad, en la desatención.

Estas se contrastan en las vías de acceso a ambos lugares, pues mientras Puerto Plata tiene dos carreteras, la Navarrete – Puerto Plata, vía principal y más eficiente para el transporte de carga y viajeros, cuatro carriles, tránsito constante y seguro, señalización y menos curvas peligrosas, y la General Gregorio Luperón (La turística), una vía escénica y directa a través de la Cordillera Septentrional. El tiempo de viaje puede ser de entre 45 minutos y 1 hora, (dice la IA), partiendo desde Santiago.

De Barahona a Pedernales son 133 kilómetros que la singular belleza de la costa y la diversidad del parque Jaragua amortiguan los tumbos y sobresaltos que acompañan a los viajeros durante las más de cuatro horas que padecen para llegar a Cabo Rojo, dónde el gobierno ha desarrollado un complejo turístico del que apenas pueden salir los visitantes, dada las condiciones de las carreteras y caminos. Una obra en construcción que nunca termina, con el agravante del “derrumbao”, un punto donde el tránsito se obstruye cada vez que llueve de manera torrencial.

Mientras, el gobierno se dispone a construir una nueva autopista, la del Ámbar, en la que va a invertir 32 mil millones de pesos en 35 kilómetros, desde Navarrete a Puerto Plata, megaobra que muchos consideran innecesaria, además de los daños que pudiera provocar en la cordillera Septentrional, en un trayecto que los ecologistas consideran un área de recursos hídricos vulnerables.

En tanto, Pedernales, arrinconada allá en los límites fronterizos, lucha para que el gobierno de Abinader disponga la reparación de una vieja carretera usada hace más de 50 años, por la que se conectaba con Puerto Escondido, Independencia, a unos 40 kilómetros, que sería una vía para desconectar del aislamiento de un sólo camino a la subregión que el mandatario aspira sea fecunda. Una actitud verdaderamente pro Pedernales, también debía incluir el tránsito a través de Polo, una vía de una belleza exuberante, que ya está trazada, de relativo bajo costo, y que también facilitaría el acceso a Pedernales.

Ocurre eso con la “atención” que el presidente Luis Abinader ha dedicado a Pedernales,  que me recuerda al eterno Joan Manuel Serrat, en una introducción que hace al musicalizar el poema "El Sur también existe" (de Mario Benedetti), enseñándonos "yo diría que el Norte es el Poder y el Sur es todo aquello que pelea por lo justo, que el Sur es la esperanza".

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