Un amigo llamado esperanza

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Miguel J. Escala

(#35)

Definitivamente, la muerte de los amigos es algo que vamos a enfrentar cada vez con más frecuencia. Tenemos que hacer el esfuerzo de trabajarla y aprender de ella.

En el artículo anterior (#34), dedicado al aprendizaje ante la muerte de los amigos, y a la memoria del Dr. Enerio Rodríguez Arias, escribía:

"La muerte de un amigo, de un maestro y de un mentor no deja solamente tristeza. También deja tareas interiores. La experiencia del duelo puede convertirse en una oportunidad de aprendizaje transformador. No porque el dolor sea deseable, sino porque la ruptura de sentido obliga a reconstruirnos".

No sabía entonces que, mientras escribía aquellas líneas, otro gran amigo, mentor y el hermano mayor que nunca tuve, Max Fernández, se encontraba gravemente enfermo.

Dos de mis principales mentores idos. Pienso, incluso, que ya no me quedan mentores vivos. ¿Mentores?   “Quienes me ayudaron a convertirme en quien soy”.  Me toca ahora, cosechar lo que sembraron.

Aunque mantengo el ánimo de seguir viviendo y aprendiendo de la partida de quienes queremos y agradecemos, debo admitir que con la muerte de los amigos uno también muere un poco. Joan Manuel Serrat lo expresa con la sensibilidad que le caracteriza:

 ¿Quién será ese buen amigo que morirá conmigo, aunque sea un tanto así?

¿Quién fue Max Fernández?

Max era Jorge Maximiliano Fernández de Cueto Hernández. Nació en Cuba el 4 de julio de 1944 y falleció en Sebring, Florida, el 27 de mayo de 2026, a los 81 años de edad.

Fue hijo de José Fernández de Cueto Gabín y Rosa María Hernández Yanes. Tuvo dos hermanos por parte de madre, Julio y Alfredo Urquiza, cuyo padre falleció tempranamente, dejando viuda a doña Rosa María.

Después de realizar estudios preliminares como novicio de los Hermanos de La Salle en Panamá, llegó a la República Dominicana para cursar estudios universitarios. En 1964 ingresó al Instituto de Formación Integral (IFI), institución universitaria fundada por sectores vinculados al Arzobispado de Santo Domingo y en cuya creación participaron varios Hermanos de La Salle.

En 1965 se trasladó a Estados Unidos para continuar su formación en una comunidad lasallista y realizar estudios en The Catholic University of America, en Washington, D.C. Más adelante regresó a la República Dominicana, se incorporó al cuerpo docente del Colegio Dominicano de La Salle e inició estudios de Sociología, carrera en la que obtuvo el grado de Licenciado.

En octubre de 1969 contrajo matrimonio en Santo Domingo con Alexandra Paredes Vallejo. Formaron una familia con dos hijos, Alexander y Julio, y posteriormente tres nietas.

Luego de desempeñar diversas funciones docentes y directivas en el Colegio Loyola y en el Colegio Dominicano de La Salle, en 1974 pasó a formar parte del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC), institución a la que dedicaría buena parte de su vida profesional. En 1981 partió hacia la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), donde obtuvo el grado de Doctor (Ph.D.) en Educación Superior. Regresó al país en 1984 y se reintegró a INTEC.

En 1988, desde el entonces Consejo Nacional de Hombres de Empresa (hoy CONEP), dirigió un programa de formación de recursos humanos de alto nivel en universidades estadounidenses. Posteriormente, en 1990, emigró junto a su familia a Estados Unidos, donde desarrolló una intensa labor como asesor y consultor internacional. Entre otros proyectos, colaboró con los ministerios de educación de Panamá y Guyana.

De regreso a Estados Unidos, se incorporó al profesorado de Nova Southeastern University, participando en programas doctorales desarrollados en la sede y en distintos países, incluida la República Dominicana.

Dejo ahora que sea INTEC quien complete esta semblanza y exprese la valoración institucional de quien fue uno de sus constructores más importantes.

INTEC lamenta el fallecimiento del académico Jorge Max Fernández  

El Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC) lamenta profundamente el fallecimiento de Jorge Max Fernández, inteciano de primera generación institucional, cuya trayectoria estuvo estrechamente vinculada a los años fundacionales, la consolidación académica y el fortalecimiento organizativo de esta casa de altos estudios. Su deceso se produjo en Estados Unidos, donde residía.

Su compromiso con el proyecto inteciano continuó durante la rectoría de Eduardo Latorre, período en el que se afianzaron el crecimiento físico, la estructura institucional y la proyección académica del INTEC. La vida institucional de Fernández inició formalmente en 1974 y en su trayectoria asumió la Dirección de Admisiones y Registro, responsabilidad desde la cual contribuyó al desarrollo de los procesos académicos iniciales de la institución; la Vicerrectoría Académica, desde donde acompañó decisiones estratégicas orientadas a la construcción de una universidad rigurosa, pertinente y de alta calidad y, además, la Junta de Regentes, confirmando su presencia en los espacios de dirección.  

En el ámbito académico e intelectual, figura como autor de Sistema Educativo Dominicano, obra publicada bajo el sello del INTEC, y de INTEC, un caso de innovación en la educación superior dominicana.

INTEC honra su memoria como la de un servidor universitario que contribuyó de manera decisiva a la institucionalización temprana, al pensamiento educativo, a la identidad simbólica y a la consolidación estratégica de una universidad concebida para servir a la sociedad dominicana desde la excelencia, el rigor y el compromiso público.

Un hombre de esperanza

Por nuestra parte, lamento y construyo a partir de una crítica expresada por un colega sobre Max, y que me ha seguido por muchos años. Comentaba el colega que como gestor educativo soñaba mucho y no aterrizaba en la realidad.   En el aprendizaje como parte de mi duelo y trabajo interior, me sale de nuevo la crítica, y la defensa necesaria de mi amigo, mentor y hermano mayor que no tuve. Me he explicado esa crítica, y me ha hecho valorar sus sueños y definirlo como un hombre de esperanza, y estoy casi seguro que siguió soñando hasta el final. 

Su muerte me lleva a reflexionar sobre esa tensión humana profunda que algunos la caracterizan como la distancia entre quienes viven instalados en lo posible y quienes exigen habitar exclusivamente lo realizable.

Y cuidado, no hablo de esperanza como sinónimo de optimista.  

Estoy leyendo a Byung-Chul Han y uno de sus aportes es precisamente que rescata la esperanza como algo mucho más profundo que el simple optimismo. 

El optimismo suele apoyarse en la expectativa de que las cosas saldrán bien. Tiene una relación estrecha con la previsión y el cálculo. El optimista mira los datos y concluye: “probablemente todo mejorará”.

Como señala Han, el optimismo suele apoyarse en cálculos y probabilidades favorables. Por eso puede evitar el riesgo. La esperanza, en cambio, actúa aun cuando no existen garantías.

“A diferencia del optimismo, que no carece de nada ni está camino de ningún sitio. La esperanza supone un movimiento de búsqueda”.

La esperanza para Han, no depende de garantías.  Se puede esperar incluso cuando no existen razones objetivas para ser optimista. La esperanza permanece abierta a lo inesperado, a aquello que todavía no vemos ni podemos calcular.

Mientras el optimismo suele decir: “Todo saldrá bien”, la esperanza diría algo más cercano a: “Todavía es posible algo nuevo”.

Por eso Han considera la esperanza una fuerza transformadora. No es una emoción pasiva ni una ilusión ingenua. Es una disposición que permite actuar cuando el futuro no está asegurado. Max, con sus habituales carcajadas no reflejaba un hombre optimista, era un hombre de esperanzas, de cosas que veía venir y que había que construir.  “La esperanza en el salto, el afán que nos libra de la depresión del futuro agotado”.  

"Un amigo llamado esperanza" es un título que no sugiere que Max creyera que todo iba a salir bien; sugiere algo más profundo: que su manera de vivir ayudaba a otros a seguir adelante. Esa es una forma de esperanza que suele sobrevivir incluso a la muerte de quien la encarnó.

¿Soñaba Max? Sí, soñaba. Sí, a veces parecía vivir varios pasos por delante de la realidad. Sí, desesperaba a quienes buscaban respuestas inmediatas.

Pero precisamente ahí residía una de sus mayores fortalezas: se negaba a aceptar que la realidad presente agotara las posibilidades del futuro. No era un simple soñador que puede refugiarse en la fantasía. Creía que la realidad podía transformarse.  

Porque los hombres y mujeres de esperanza dejan una herencia peculiar. No necesariamente edificios, cargos o reconocimientos. Dejan posibilidades.

¿Cómo medir la vida de un hombre o mujer de esperanza?

No solamente por lo que alcanzó a construir, sino por la cantidad de futuros que ayudó a imaginar a quienes caminaron junto a él o ella.  

Volviendo a la poesía, encuentro en Dulce María Loynaz una imagen que habría complacido a Max:

¡”Barco de mi esperanza, que floreces

caminos en el fango…”!

Quizás eso fue, en esencia, la vida de Max Fernández. Un hombre empeñado en descubrir caminos allí donde otros solo veían obstáculos. Un hombre que a veces parecía caminar varios pasos delante de la realidad porque se negaba a aceptar que el presente agotara las posibilidades del futuro.

Hoy, cuando ya no está entre nosotros, comprendo mejor que la esperanza no consiste en creer que todo saldrá bien. Consiste en seguir viendo caminos donde otros dejan de buscarlos.

Y esa forma de esperanza, la que ayuda a imaginar futuros y a construir posibilidades, es una de las pocas cosas que la muerte no consigue llevarse.

Miguel J. Escala
Miguel J. Escala
Miguel J. Escala Es educador desde 1969. Estudió Psicología y Educación Superior.

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