La integridad competente

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Por Miguel J. Escala

(#38)

Con mayor o menor entusiasmo, muchos de nuestros lectores habrán seguido la Copa Mundial de Fútbol 2026. España volvió a levantar la copa y convirtió en realidad la esperanza de repetir la hazaña de 2010. Cuarenta y siete selecciones, representando a un número similar de países, no pudieron "ver a Linda". Para algunas, el simple hecho de clasificar al Mundial ya constituía el cumplimiento de una esperanza. Para otras —y podemos personificarlo en Lionel Messi y la selección argentina— el resultado quedó muy lejos de lo esperado

El artículo nuestro anterior (# 37) provocó un comentario de una lectora que merece ser compartido. Me escribió:

"Muchas gracias por el artículo sobre la esperanza. Te cito: «Es una esperanza que mira hacia adelante, pero que se alimenta del recuerdo de algo que ya vivimos». Así es: mantener la esperanza cura”. 

Su observación me llevó a seguir pensando. Sin embargo, esos recuerdos que alimentan la esperanza no siempre son agradables. Messi y Argentina podían recordar el campeonato de 2022 con alegría, pero también la escasa capacidad de penetración que mostró su juego frente a España como tristeza o como reto. Ambos recuerdos forman parte de la misma historia.

Y entonces apareció la pregunta que dio origen a este artículo.

¿Qué hacemos cuando llegamos a la tercera edad con nuestros errores, con las experiencias dolorosas, con decisiones equivocadas o con comportamientos de los cuales no nos sentimos orgullosos? ¿Nos resignamos? ¿Nos culpamos? ¿Intentamos olvidarlos? ¿O todavía pueden enseñarnos algo?

Mientras buscaba una respuesta encontré una formulación extraordinariamente hermosa en la primera lectura del domingo pasado:

"…diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento".
(Sabiduría 12,10).

Más allá de la fe de cada persona, la idea posee una enorme profundidad humana: nadie debería quedar prisionero de sus errores. Siempre existe la posibilidad de darles un nuevo significado.

Y, para ampliar esa reflexión más allá del lenguaje religioso, encontré unas palabras de Rainer María Rilke:

"Quizá todos los dragones de nuestra vida sean princesas que solo esperan vernos actuar con valentía".

Tal vez nuestros errores no sean únicamente obstáculos. Quizá puedan convertirse en el combustible de una esperanza más madura, una esperanza que nace precisamente del reconocimiento humilde de nuestra propia fragilidad y de nuestra tozudez.

Erikson pone nombre al desafío

Quien abordó con mayor profundidad este tema fue Erik Erikson. Formado inicialmente en el psicoanálisis freudiano, fue uno de los primeros en describir el desarrollo humano como un proceso que continúa durante toda la vida, organizado en ocho etapas. Cada una presenta un conflicto que debe resolverse para favorecer el crecimiento personal.

En la octava y última etapa —la que se extiende aproximadamente desde los 65 años hasta la muerte— el conflicto central enfrenta la integridad del yo con la desesperación.  Al final de la vida, sostenía Erikson, todos terminamos haciéndonos esencialmente la misma pregunta: ¿Puedo aceptar la vida que he vivido?

Esa pregunta parece íntima. Sin embargo, de su respuesta depende la forma en que una persona habitará los años que todavía le quedan.

Responderla supone realizar un balance existencial. Miramos hacia atrás para revisar no solo lo que hicimos, sino también quiénes llegamos a ser. Hace algunos años escribí unas líneas que hoy cobran para mí un significado especial. Al preparar ese libro comprendí que expresaban precisamente esa búsqueda de integración:

"Con el libro intento una de las integraciones del yo que me hará disfrutar más el próximo ciclo de 22 años que me espera (más o menos). Soy uno mismo. Estoy satisfecho de lo vivido, agradecido a Dios, a la vida, a quienes me han acompañado y me siguen acompañando con su afecto, y a quienes me han permitido acompañarlos con el mío. Soy uno solo. Reconozco mi dolor. A pesar de los dolores, de los sentimientos de destierro y de la necesidad de manifestarle al Sol lo que siento, soy un afortunado. No pienso desesperarme. Eso no significa que no me entristezca, ni que haya logrado todo cuanto soñé. Por eso me duele, pero, lleno de alegría, sigo alimentando y viviendo la esperanza: la esperanza de ser mejor, de ver las flores y los frutos de lo que siembro, de contribuir a transformaciones orientadas al buen vivir de todos, de saciar la sed, de publicar nuevas obras, de seguir inventando, de ayudar al desarrollo de otros, de alcanzar nuevas certificaciones, de continuar escribiendo y de acercarme con alegría al Punto Omega, donde está Dios”.

(Dolor original. Antología personal, 2015, p. 22).

La desesperación no siempre hace ruido. Muchas veces se esconde detrás de una aparente normalidad. Dulce María Loynaz escribió: "Estoy triste y no quiero que nadie lo sepa". Mientras releía esas palabras recordé un verso mío escrito hace años: "Duele adentro, adentro donde nadie lo detecta, ni yo”.  Es posible otorgarles un significado nuevo a esos dolores. 

Cuando este conflicto se resuelve favorablemente surge la virtud que Erikson llamó sabiduría: un interés sereno, informado y desapegado por la vida, aun frente a la realidad de la propia muerte. Esa sabiduría permite mantener una perspectiva amplia y transmitir sentido a las generaciones que vienen.

Sin embargo, a mi juicio, Erikson deja una tarea pendiente. Aunque identifica con gran precisión el conflicto entre desesperación e integridad y reconoce el valor de la esperanza, termina concentrando el desafío casi exclusivamente en el mundo interior del adulto mayor. Es como si la última etapa consistiera solamente en reconciliarse consigo mismo, cuando quizá todavía queda mucho por construir junto a los demás.

Frankl abre una puerta

Erikson nos ayuda a reconciliarnos con el pasado. Pero todavía queda una pregunta abierta: ¿para qué sirve esa reconciliación? Si les propusiera a mis lectores dedicar todos los días que les restan únicamente a "buscar la integridad" o a "evitar la desesperación", probablemente muchos pensarían que eso no basta como proyecto de vida. La búsqueda de la sabiduría amplía el horizonte, pero todavía deja abierta una pregunta más profunda: ¿para qué? Conviene recordar que Frankl elaboró su reflexión después de sobrevivir al Holocausto y de presenciar la muerte de muchos de sus compañeros.

Es posible que el libro El Hombre en busca de sentido sea el libro que más he regalado en mi vida.  Nos plantea este autor en ese libro (pequeño y fácil de leer) y el resto de su obra que 

“el verdadero sentido se encuentra siempre fuera de uno mismo. Una persona halla su propósito cuando se orienta hacia algo o alguien que no es ella misma: ya sea una causa que servir, un trabajo que terminar o una persona a la que amar. La felicidad y la autorrealización nunca deben ser la meta directa, sino la consecuencia secundaria de haber vivido con propósito. 

Insiste en tres acciones claves:  aprender del pasado, reparar lo que aún puede repararse y servir a los demás con la sabiduría adquirida.

No es posible cambiar el pasado y revertir muchas decisiones, sin embargo, si es posible construir un sentido de la vida a partir del mismo.

La integridad no consiste en haber vivido una vida sin errores, sino en haber hecho de la propia historia un espacio permanente de aprendizaje, reparación y servicio. Parte clave del sentido de la vida.

La integridad no es solamente el resultado de una vida bien vivida. Es también una competencia que puede cultivarse durante toda la vida.

El aporte educativo

Como maestro, luego de la propuesta inconclusa de Erikson, y de la insistencia en el Sentido de la Vida de Frankl, nos preguntamos:

¿Podemos aprender a vivir de manera que lleguemos con mayor integridad a esa etapa?

Como educador, esa pregunta me resulta inevitable. Si la integridad es una conquista de toda la vida, entonces también puede cultivarse. Y si puede cultivarse, puede aprenderse, enseñarse y acompañarse.  

En eso estamos trabajando, y los que nos han seguido en estas 38 entregas de seguro han contribuido, o por lo menos dado seguimiento a la evolución de nuestras propuestas.

Si Frankl nos invita a un reto, Erikson nos sitúa en resolver tamaño dilema entre la integridad y la desesperación. Ya vimos que con la esperanza somos capaces de reconocer nuestros errores y reconstruir sobre sus zapatas.

Sin duda, la búsqueda de la integridad no concluye en uno mismo. Las competencias que se desarrollan a partir del sentido de vida que cada persona elige —siempre único— alcanzan su verdadera plenitud cuando se ponen al servicio de los demás.

De los estudios sobre Erikson ha surgido la tendencia de extender también a la tercera edad (después de 65) lo que él identificó como “generatividad”. Una competencia que demuestra que el adulto mayor no es un receptor pasivo de cuidados, sino un activo social indispensable. Es el mecanismo exacto que resuelve tu preocupación inicial: el "puente" que hace que la octava etapa no termine en un vacío, sino en una continuidad vital.

La integridad no es solamente el resultado de una vida bien vivida. Es también una competencia que puede cultivarse durante toda la vida.

Por esa razón nuestro modelo dejó de llamarse "modelo para una tercera edad exitosa". El éxito puede entenderse como un logro individual. Nosotros buscamos algo distinto: una tercera edad integrada y competente, integrada consigo misma, con los demás y con un propósito que la trascienda; capaz de reconciliarse con su propia historia, encontrar sentido en ella y poner esa experiencia al servicio de los demás.

En el próximo artículo profundizaremos precisamente en esa idea: por qué el adulto mayor no es un receptor pasivo de cuidados, sino uno de los activos sociales más valiosos de cualquier comunidad.  Tal vez el verdadero problema no sea que haya más adultos mayores, sino que todavía no hemos aprendido a descubrir todo lo que pueden (podemos) seguir construyendo.

Miguel J. Escala
Miguel J. Escala
Miguel J. Escala Es educador desde 1969. Estudió Psicología y Educación Superior.
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