Dos compadres, el amor de una mujer y un juez

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Por Emiliano Reyes Espejo

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El hecho de que dos amigos se fijasen en la misma mujer, y que en el tráfago de estas codicias amorosas ninguno quisiera ceder ante sus afanes de conquistas, podría verse como el trozo de “una vida irreal”, remota, increíble y novelesca. Pero resultó ser tan real como la vida misma.

La situación se tornó tirante. Había llegado a un punto de quiebre de años de una amistad que pareció eterna. El emblemático compadrazgo que había nacido en las aulas de la Facultad de Humanidades de la universidad estatal se fue pique. “Todo se derrumbó…”, diría una vieja canción del mexicano Emmanuel. Y es que éstos enamorados empedernidos no pensaron en los tiempos de alegría, amarguras y ditirambos políticos. Parecen desvanecerse las penurias compartidas en los pasillos universitarios donde rumiaban sus estudios de periodismo. El acercamiento, si se quiere idílico, resultó tan profundo que juraron ante Dios mantener un firme su compadrazgo por encima de todas las circunstancias.

Lamentablemente no fue así, entre ellos se impuso “una locura de amor”.

Los dos viejos amigos y camaradas del partido, tomaron la radical y tétrica decisión de “batirse a tiros” por el amor de una mujer. Concluyeron que la mejor manera de dirimir el sentimiento que sentían por esa mujer era por vía de las armas, al estilo del viejo Oeste de Estados Unidos.

– “Compadre, vamos a resolver esto de una vez, vamos a batirnos a tiros”, dijo Leocadio Rojas (El Intelectual) a su amigo Pericles Marte (El Filósofo) en un patético arranque de celos surgido a raíz de los efectos del alcohol. – “El que quede vivo, compadre, que se quede con Mireya”.

Leocadio, era conocido en los corrillos de la facultad de humanidades como “El Intelectual” por sus profundas y desafiantes reflexiones académicas. Éste llegó incluso a desafiar a profesores en las aulas, mientras a Marte se le consideró un “filósofo” por sus conocimientos de esta disciplina humanista. Entraron a los campos profesionales como reputados y respetados comunicadores.

Hasta que una circunstancia los juntó años después en Radiotelevisión Dominicana, con el cambio de gobierno de 1978.

Designan periodistas

En el giro de las cosas, llegaron al departamento de Prensa de la emisora nuevos periodistas, entre ellos Leocadio “El Intelectual”. En el transcurso de los días, éste comenzó a “tirarle la vista” a la recepcionista de la televisora, la cual, al parecer, lo envileció de tal manera que causó que, de vez en cuando, se le aparecía a ésta con ramos de flores, aperitivos y en ocasiones le recitaba poemas de amor.

No puede decirse que era una diva. Pero definitivamente esta una mujer gordita y con una gracia encantadora encandilaba a Leocadio, y a visitantes a la estación radiotelevisiva. Ella, con pose ingenua, mostraba una sonrisa divina y miradas sugerentes que atraían con sus salvajes ojos color avellana, su “piel canela” y desbordante empatía.

Leocadio invitó a su compadre y casi hermano Pericles El Filósofo a que le visitara en el trabajo. Allí presentó a la que sería su “sueño de amor”, a su pareja perfecta, el amor de su vida, la madre de las decenas de hijos que pensaba procrear con esta dama.

Y ese fue el error de Leocadio, El Filósofo quedó gratamente impresionado con la belleza de aquella mujer y no esperó para confesar a su compadre que a él también le interesaba la recepcionista.

Locura de amor

A partir de ese momento las cosas cambiaron. Los compadres que decían que su amistad seguía sólida como una piedra sacada del río Yaque el Sur, comenzaron a surgir diferencias entre ambos. Y lo que eran discusiones sobre periodismo, filosofía y otros temas académicos, las conversaciones se centraron en resaltar la hermosura de Mireya y a cuál de los dos ella prefería para que fuera su pareja.

Leocadio alegó que él llegó primero a la vida de Mireya. Pericles, en cambio, decía que sus efluvios filosóficos nacidos desde el mismo corazón de Pitágoras, era suficiente para cultivarla y lograr que ella se inclinara por él. Entre discusiones, una tarde, Leocadio emplazó a El Filósofo a resolver el problema como dos hombres, acudiendo a la vía de las armas. Pero éste ripostó diciéndole que no era hombre de armas a tomar, que su arte, su pasión era la filosofía. No obstante, advirtió que estaría dispuesto a batirse con su amigo por el amor de Mireya, “a toda honra”. Me buscaron para que sirviera de “juez” ante su noble causa por el amor de esta mujer, la cual, aunque galanteaba con los dos, desconocía sus desgarradores arrebatos amorosos.

La balanza del juez

“La decisión está en tus manos”, expresó El Filósofo cuando me planteó la posibilidad de intervenir como consejero para dirimir en un duelo entre estos dos viejos amigos. Previamente, nos trasladamos a un centro de bebidas cercano y allí comenzamos a tomar mientras yo intervenía en discusiones que, gracias a mi paciencia estoica, no derivaban en agresiones físicas.

-“Pónganse de acuerdo, decidan cuál de los dos se quedará con Mireya”, expresé. Leocadio repetía con insistencia, ya con avanzados efectos del alcohol, que él la conoció primero y que en justicia tenía que ser quien se case con ella. El Filósofo, en cambio, afirmaba que Mireya lo prefería y que se dio cuenta de ello desde el primer día que la vio.

Tragos y más tragos y nada de lograr que El Filósofo y El Intelectual se pusieran de acuerdo. El alcohol, en tanto, me iba trastornando el sentido y eso no era adecuado para mi papel de magistrado.

–“Ya está bueno”, grité algo contrariado. Resuelvan eso ya, pónganse de acuerdo, ustedes parecen dos niños apegados a una paleta”, dije mientras balbuceaba algunas palabras que apenas se entendían. Decidí marcharme, abandonar mi rol de juez por visible incapacidad. El ron me había noqueado y despojado de la balanza de la justicia.

Dejé la discusión en pleno apogeo. Me fui, pero preocupado por lo que pudiera ocurrir, temí que  estos terminaran agrediéndose y dañándose. Pero gracias a Dios Leocadio y Pericles El Filósofo se pusieron de acuerdo en mi ausencia y sin mi intervención.

-“Decidimos convencer a Mireya. Saldrá un día con uno y después con el otro”, me informaron días después. “Ella, –añadieron- nos consentirá a los dos, nos ha manifestado que lo pensará y nos avisará”.

Me enteré con el tiempo que ataviada de dulces bondades, la hermosa Mireya, a fin de evitar la ocurrencia de lo que según ella iba a ser una tragedia, decidió compartir su vida con estos dos buenos amigos. Y fueron felices los tres.

*El autor es periodista.

Emiliano Reyes
Emiliano Reyes
Periodista y Gestor de relaciones públicas

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