Por Yancen Pujols
Cuando Karl-Anthony Towns vino al mundo, los Knicks de Nueva York tenían 22 años de haber celebrado por última ocasión una corona en la NBA.
El hoy centro de la escuadra del Madison Square Garden nació un 30 de noviembre de 1995 en Nueva Jersey. En la República Dominicana gobernaba Joaquín Balaguer, ya fallecido, y en los Estados Unidos, firmaba los decretos William Jefferson (Bill) Clinton.
Para la ocasión del mencionado título de la tropa de la Gran Manzana, en 1973, los inquilinos del poder ejecutivo eran el propio Balaguer y Richard Milhous Nixon, el mismo que renunció en agosto del año siguiente por el escándalo “Watergate”.
Ha llovido bastante desde aquella memorable jornada en la que la champaña aromatizó el camerino de uno de los clubes más emblemáticos del baloncesto norteamericano.
Después de ahí fueron a las finales en 1994 y 1999, ambas con resultados negativos, y en lugar de música, llovieron los lamentos y los cuestionamientos tras ver al rival bailar por la conquista del trofeo.
Se les ha hecho muy difícil arribar a la tierra prometida.
En la pasada contienda, los Knicks fueron eliminados en la final de Conferencia del Este por los Pacers de Indiana, que sucumbieron ante los actuales monarcas de Oklahoma City Thunder.
Aún así, el núcleo prometía y en lo que va de temporada lo ha demostrado. Es importante señalar que la principal figura del conjunto es Jalen Brunson, un armador que mete pelotas en cantidades industriales.
Señalado ese aspecto, Towns es una pieza clave en el engranaje, que hasta el momento ha probado que no es solo Brunson, es decir, que no depende de que salga cada noche a ser el salvador y ahí radica la principal fortaleza de los Knicks: esta vez lucen como una unidad decidida a triunfar, han jugado armoniosamente y eso abre el abanico de posibilidades y esperanzas para borrar una sequía tan extensa como “pela de lengua de un cristiano”.
Brunson promedia 27.4 puntos y 6.11 asistencias en los 10 juegos de su equipo en estos playoffs. Números de caballo. Sin dudas.
Pero se trata de una labor en conjunto y al final así es que se gana.
Towns promedia 16 puntos, 10 rebotes y ocho asistencias por fecha en la actual cadena de siete victorias de los Knicks en la postemporada.
Tener a un hombre alto, de siete pies de estatura, que es un tirador eficiente, se faja debajo del aro a rebotar y por igual es una computadora en la cancha creando chances de encestar para sus compañeros, es un lujo que no se ve a diario.
Vale destacar a otros que aportan en los detalles que hacen la diferencia: Mikal Bridges, por ejemplo, promedia 13 puntos y 2.4 asistencias por partido y además se ha fajado a defender.
Hablando de defensa, sería injusto no darle crédito a OG Anunoby, quien en estos playoffs encesta 21.4 puntos, 7.5 rebotes y 1.9 balones robados por encuentro.
El dirigente Mike Brown, veterano de mil batallas, ha dejado saber en cada encuentro con la prensa que los Knicks son una maquinaria empujando hacia una misma dirección.
Brunson es la figura, Towns es vital en las aspiraciones, así como cada grano de arena que sumen sus compañeros, como hasta ahora lo han ejecutado.
Falta mucho camino, comenzando por conocer a su rival de la final de conferencia, que saldrá de la serie entre Cleveland y Detroit.
Karl Towns es sinónimo de optimismo para borrar una racha funesta que le dobla en edad y que muchos que en los años 70 eran nietos, añoran con ansias que desaparezca para que sus hijos no sufran como ellos.







