Por Federico Pinales
Muchos dominicanos ausentes, de esos que no tuvieron la suerte de salir del país con una residencia o una fortuna debajo del brazo, que dejaron atrás a sus familiares y muchas deudas, a veces impagables, son víctimas de una serie de factores e intereses que los esclavizan y les impiden ser plenamente felices. Aunque en ocasiones, muchos de ellos se empeñen en fingir lo contrario, para no proyectar la imagen de fracasados.
En realidad, no es que sean fracasados, porque no lo son. El problema radica en las locas aventuras de deshacerse de lo poco o mucho que poseían o endeudarse para emigrar indocumentados, sin preparación y sin sustentos confiables.
Al llegar al país anfitrión, durante el primer mes todo resulta color de rosa, especialmente si ha sido recibido por un familiar o amigo.
A partir de ahí, es cuando a la “puerca empieza a torcerle el rabo”, porque al no tener documentos ni saber el idioma, entre otras cosas, se hace más difícil conseguir trabajo, para producir y empezar a cubrir los gastos mínimos de alojamiento, transporte, comida, lavandería, peluquería y aseo personal.
Concomitantemente con esas obligaciones económicas básicas, empiezan las exigencias y demandas de los familiares y los prestamistas que financiaron la salida y esperan que las remesas empiecen a llover de manera automática, como si los dólares se recogieran debajo de los palos en época de otoño.
Después de tres meses sin conseguir trabajo y las presiones se multiplican, el estrés se adueña de esos ciudadanos y para no explotar, recurren a lo primero que encuentran, sin pensar en las futuras consecuencias de sus acciones.
Casi siempre todas las opciones disponibles pueden tener consecuencias morales y legales peligrosas. Pero como dicen “que el fin justifica los medios”, muchos se arriesgan “a lo aparezca“.
Hay otros con mucha suerte, que no se ven precisados a pasar por esos procesos, pero trabajan de sol a sol 24/7, sacrificándolo todo, cogiendo frío y calor, pagando sus impuestos religiosamente, para no tener problemas con la Ley y conseguir unos ahorritos que les permitan hacerse de una casita propia, la cual después de construirla, si es que lo logran, no la pueden disfrutar en su retiro, porque algún familiar o amigo se lo impidió, ya que al llegar a la tercera edad, los bajos ingresos de la jubilación, la situación de salud y el alto costo de la medicinas les impidieron regresar a su país, viéndose obligado a dejar su inversión abandonada o a cargo de inescrupulosos, indolentes y oportunistas amigos de lo ajeno.
Otros se retiran y se van a vivir a su país, pero la realidad los golpea y se ven obligados a regresar “sin pito y sin flauta”, peor que como se fueron. En fin, el dominicano ausente no tiene felicidad completa y es víctima de todos. De los mismos que se benefician de ellos, de una u otra forma, especialmente los gobiernos de ambos países y sus seres más cercanos, mientras dura su capacidad de producción y de remesar.







