Solo el amor y la verdad te hacen libre

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Por César Aybar

Uno de los problemas fundamentales del ser humano contemporáneo es la pérdida de sentido trascendente. Cuando una persona deja de creer en algo que dé fundamento profundo a su existencia, sus motivaciones tienden a volverse pasajeras, superficiales y centradas únicamente en la satisfacción inmediata de necesidades. En consecuencia, sus acciones también terminan siendo frágiles y limitadas en su alcance.

Las necesidades humanas son múltiples. Existen aquellas que garantizan la vida misma; otras que permiten vivir con dignidad; y otras que contribuyen a una vida plenamente humana. Pero también existen necesidades superfluas que, aunque ocupan mucho espacio en la vida cotidiana, no aportan sentido duradero. Cuando el ser humano organiza su existencia en torno a estas últimas, termina orientando su vida hacia metas que no responden a las aspiraciones más profundas de su alma.

De ahí que resulte tan importante recuperar la capacidad de discernir entre lo pasajero y lo verdaderamente esencial. El cardenal Joseph Ratzinger, luego papa Benedicto XVI, explicaba con claridad que lo verdaderamente decisivo para la vida humana pertenece al ámbito de lo trascendente, es decir, a aquello que no desaparece con el paso del tiempo.

Sin embargo, la cultura contemporánea ha reforzado la idea de que solo es real lo visible e inmediato. Esta visión reduce la existencia humana a una dimensión material y termina empobreciendo la esperanza. Cuando la vida se entiende únicamente desde lo inmediato, el horizonte del ser humano se estrecha y su proyecto vital pierde profundidad.

Frente a esta realidad, la fe cristiana propone una afirmación central: la vida no termina con la muerte. La resurrección de Jesucristo constituye el fundamento de esa esperanza. Como escribió san Pablo en su primera carta a los Corintios: si Cristo no hubiera resucitado, la fe sería vana. Pero precisamente porque resucitó, la esperanza cristiana tiene un fundamento real.

Desde esta perspectiva, la vida adquiere un valor nuevo. No es solo un tiempo biológico, sino también un tiempo de respuesta a la gracia. El Nuevo Testamento presenta la existencia humana como una oportunidad de encuentro con Dios y de construcción de un destino eterno, en el que las obras realizadas por amor tienen un significado decisivo.

En este sentido, el Evangelio insiste en que la fe auténtica no es solo una afirmación intelectual, sino una forma concreta de vivir. Amar al prójimo, atender al necesitado, acompañar al que sufre y actuar con misericordia no son gestos secundarios, sino expresiones visibles de una fe viva.

Por eso el mensaje cristiano es, ante todo, una buena noticia: Dios no es distante ni indiferente, sino cercano, justo y misericordioso. Envió a su Hijo para abrir al ser humano un camino de salvación y de esperanza. La vida eterna no es una idea abstracta, sino una promesa fundada en la resurrección de Cristo.

Desde esta mirada, creer no significa evadirse del mundo, sino vivir en él con mayor libertad interior. Quien abre su vida al amor de Dios descubre una esperanza que no depende de las circunstancias y una alegría que ninguna dificultad puede destruir.

Porque, en definitiva, solo el amor y la verdad hacen verdaderamente libre al ser humano.

 

César Aybar
César Aybar
Es investigador y empresario agroindustrial
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