Por Osvaldo Santana
El presidente Luis Abinader llamó inicialmente a los dominicanos a la comprensión y al sacrificio ante la circunstancia que la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán ha llevado al escalamiento de los precios del petróleo, y con ello, a un estrés global por su impacto en las economías de las naciones.
La comprensión de que la extensión del conflicto ha conllevado a mayores imponderables que no podían ser encarados simplemente con alzas en los combustibles y compensaciones para atenuar los efectos que ya eran algo más que momentáneos en el transporte general, la agricultura y los procesos industriales, dio lugar a la sesión del Consejo de Seguridad y Defensa Nacional el pasado domingo 5 de abril.
Una iniciativa precautoria y previsora de lo que se pueda desencadenar en una crisis que afecta los bolsillos y la capacidad de consumo de la gente, y en general, la calidad de vida, que estimula desalientos en la población.
La sesión el Consejo de Seguridad resultó de doble propósito, no solo por la situación de la economía global en tiempos de guerra, sino por la inseguridad en el vecino Haití, respecto a la cual las autoridades esbozaron algunas medidas no detalladas.
El presidente Abinader ha entendido que más allá de medidas efectistas o atenuadoras de la crisis, requiere de algún involucramiento de los actores sociales y las organizaciones políticas, y por eso dispuso que los ministros de la Presidencia, Hacienda y Economía, Industria y Comercio y Mipymes, organicen consultas con “los diversos sectores productivos, políticos y sociales del país, con el objetivo de alcanzar un consenso que conduzca a un gran acuerdo nacional para enfrentar la crisis global actual”.
Pero obviamente, se entiende que tal “acuerdo nacional” estará precedido de un diálogo con esos sectores citados por el jefe del Estado, en el cual el gobierno debe estar dispuesto a oír, y si es así, también discutir, para buscar fórmulas que puedan ser acogidas por las partes.
El propio presidente dijo que “en las conversaciones se socializarán planes y medidas diseñadas por el Gobierno, con miras a mantener las estimaciones de crecimiento económico y mitigar el impacto negativo sobre las familias dominicanas de una crisis global, cuyo final aún se desconoce”.
Se asume que esos planes a ser “socializados” no se quedarán en el rol de “dar a conocer o informar”. Tendría que hablarse acerca de cómo encontrar las mejores maneras para solventar la situación, de modo que no impliquen sacrificios que los dominicanos no podrían soportar.
Inteligente
El anuncio, que se traducirá en convocatoria, deviene en una iniciativa proactiva y por demás inteligente, porque se adelanta a cualquier gestación social que luego resulte muy difícil de controlar.
Igual, se adelanta a la adopción de nuevas medidas económicas que pudieran provocar molestias y desencantos sociales.
Desde ese punto de vista, la convocatoria debe ser lo más amplia posible, que vaya más allá de las reuniones previas con los comerciantes y los empresarios que ya encabezó a materializar el presidente Abinader.
Hay quienes entienden que la delegación en tres ministros que hizo el presidente le resta nivel al diálogo y que él mismo debía encabezarla, sobre todo si se pretende interactuar con el liderazgo político.
De todas formas, la sociedad debe ser escuchada a través de sus más diversos actores, con la comprensión de que el diálogo no puede ser una tomadura de pelo o un mecanismo de aprobación de lo decidido en las alturas.
El diálogo, para que sea edificante, debe ser real y para eso las voces deben ser escuchadas. No debe ser tampoco un recurso de “manejo del tiempo” ante la sociedad. Tal proceder podría provocar frustraciones y resentimientos.
Al gobierno le favorece, y es quizás el factor de más valor, el estado de ánimo actual de la ciudadanía. La población se percibe serena. Ha vivido experiencias y probablemente no estará en actitud levantisca ante el dato cierto de que el país está ante una crisis importada. Además, el crecimiento de la clase media contribuye a la racionalización de los problemas en un plano más tranquilo.
La historia
La convocatoria ocurre en medio del escalamiento de la crisis global, y en la comprensión de que aparentemente no habrá una desescalada inmediata, y aunque la guerra termine mañana, dejará daños en la economía, desde la cadena de suministro hasta los procesos productivos.
Abril, después de la Semana Santa, dejó una marca terrible en la vida de los dominicanos, cuando, en 1984, después de un paquete de ajuste económico dispuesta durante la administración de Salvador Jorge Blanco, tras un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), provocó una oleada de protestas que terminó con saldos trágicos.
En la memoria colectiva persiste ese recuerdo desgarrador, y la crisis del petróleo ahora coincide también con un post Semana Santa.
Más allá
Pero más allá de esa mirada al pasado, lo que se abre es una oportunidad para un diálogo constructivo, en que se escuchen y aprecien las opiniones de los gobernados.
La comprensión de la coyuntura que ha llevado a la convocatoria a dialogar, si bien busca involucrar, hacer parte de un tema de incumbencia nacional, debe establecerse sobre bases auténticas, sin teatralidad ni pretensión manipuladora,
Esa búsqueda, que sugiere el ánimo inclusivo, debe ser auténtica, una verdadera oportunidad que resulte útil para los gobernantes, toda vez que puede servir para bajar tensiones sociales que se han venido incubando.
Esta crisis económica global también llega cuando se acerca el cumplimiento de su segundo año de la actual gestión, momento en que se aprecia un deterioro de su principal bandera, la lucha contra la corrupción, y asimismo, pierde capacidad para mayores iniciativas de inversión e impulso de grandes obras, por el peso de la deuda y los déficits del presupuesto, más la ralentización del crecimiento económico arrastrada desde el año pasado, que ahora se podría agravar con el petróleo y sus derivados caros para todos.
De modo que la inteligente iniciativa de diálogo no debe ser una encerrona ni un intento malicioso sólo para vadear la crisis. Debe servir para el mejor desempeño de la Administración, la buena gobernanza y para provecho de la población.











