Por Benjamín Darío E. Cordero
Este artículo lo escribí en mi columna de El Nacional el 3 de febrero de 1993, el cual he actualizado.
La expresión “amarás a tu prójimo como a ti mismo” se repite con facilidad, casi como frase de cajón. Pero pocas veces se reflexiona sobre su verdadero sentido. ¿Quién es ese “prójimo” al que estamos llamados a amar? ¿Es cualquiera? ¿El que vive cerca? ¿Todos los humanos por igual?
Desde tiempos antiguos se han ofrecido respuestas diversas. Algunos entendían “prójimo” como el más cercano; otros, como la humanidad entera. Sin embargo, el propio comportamiento humano parece contradecir el mandato. El emperador Adriano lo resumía así: ¨el pobre solo tiene amor para sí mismo; el rico nunca amaría al pobre como a sí mismo; y el filósofo, que solo ama la sabiduría, tampoco se ama a sí mismo¨. Si ni ellos podían, ¿qué queda para los demás?
La pregunta que cambió la conversación
Un levita —integrante de la clase religiosa consagrada al templo— le preguntó a Jesús: «¿Quién es mi prójimo?»
No buscaba una poesía. Buscaba un límite. Una definición práctica.
La respuesta no fue un discurso, sino una historia que desmontó todas las fronteras:
Un hombre fue asaltado y abandonado casi muerto en el camino de Jerusalén a Jericó. Pasó un sacerdote y siguió de largo. Pasó un levita y también continuó su camino. Pero un samaritano —un extranjero marginado, despreciado por la élite religiosa— se detuvo. Lo atendió, curó sus heridas, lo llevó a un mesón y pagó por su cuidado.
Entonces Jesús preguntó: «¿Quién fue el prójimo del hombre herido?»
La respuesta fue evidente: «El que tuvo misericordia».
La definición que no solemos escuchar
La enseñanza es clara y disruptiva:
El prójimo no es quien necesita ayuda. El prójimo es quien ayuda.
No es la víctima, es el solidario. No es el que está cerca, es el que se acerca. No es el que me conviene, es el que actúa movido únicamente por humanidad y compasión.
El hombre herido no eligió a su prójimo. El prójimo lo eligió a él.
Un concepto profundamente humano
La idea de Jesús no exige amar indiscriminadamente a todo el mundo, algo imposible e incluso irreal. Lo que propone es algo más humano y más exigente:
reconocer y corresponder a quien, sin interés ni recompensa, se convierte en refugio en un momento crítico.
Ese es el verdadero sentido de “amarás a tu prójimo como a ti mismo”: un llamado a valorar, honrar y replicar la compasión activa que otros ofrecen cuando más la necesitamos.
En una sociedad donde la indiferencia suele ser la norma, esta definición sigue siendo un desafío. Y también una esperanza.






