Por Osvaldo Santana
La violencia extendida es la característica más perceptible de la sociedad dominicana de hoy. Un hombre con una pistola le requiere algo a otro que trata de apaciguarlo, y sin más, le dispara y lo hiere mortalmente. La imagen se hace viral, como se dice ahora, y le llega a todo público. Lo anterior puede estar referido a Villa Progreso, La Herradura, o a la Otra Banda, en Santiago, o en cualquier otro sitio del país. Como esas, pueden verificarse otras escenas, donde los asesinatos ya forman parte de la cotidianidad. Es lo que los especialistas están llamando como la “normalización de la violencia”, o de las muertes violentas.
Esos hechos cotidianos no tienen ninguna relación con el discurso oficial sobre los crímenes callejeros u homicidios en general. Le satisface a la autoridad con declarar que la seguridad ciudadana está garantizada. Basta con el dato siguiente: La tasa de homicidios en los primeros cuatro meses de 2026 ronda 7.9 por cada 100 mil habitantes. E incluso, con relación a 2025, espectacularmente ha descendido. Entonces, en igual período esa tasa fría de muertes rondaba 8.4 por cada 100 mil dominicanos.
Pero esos datos no retratan el cuadro nacional, a no ser para fortalecer la apreciación de los especialistas de que se normaliza la violencia en el país. (“Cuando una sociedad comienza a construir sistemas de creencias distorsionados, donde el ciudadano entiende que un conflicto se resuelve con violencia, entonces estamos frente a un problema social serio… Eso significa que tenemos una ciudadanía cada día más estresada, con menos capacidad para manejar conflictos y con menos temor a las consecuencias”, psiquiatra José Miguel Gómez, interrogado por el periódico El Día sobre la creciente violencia en el país. 26 de mayo, 2026).
Pero aún, esa “baja” tasa de homicidios en lo que va de año, que tranquiliza a las autoridades, comoquiera equivale a 394 muertes violentas hasta abril. Y si desagregamos el dato, de que ya han sido asesinadas entre 30 y 32 mujeres a mano de sus parejas, lo que equivale a un aumento interanual superior al 36.4%, sí se disipara una “alarma” que hace a la ministra de Interior y Policía, reconocer que la prevención de ese tipo de criminalidad ha sido fallida.
La violencia extendida
La violencia se viene estableciendo como una regla y el miedo es inevitable. La percepción de inseguridad se expande y afecta a todas las personas.
Las agresiones que circulan sobre dos ruedas por las calles de las ciudades más pobladas son frecuentes, y solo llaman la atención cuando hay golpes, heridas graves o muertes. El asesinato del chofer de un camión recolector de basura en Santiago, el ataque a otro chofer, esta vez contra la inocencia transportada en un autobús escolar en Santo Domingo Oeste, los cobros de pequeñas deudas que terminan en asesinatos, los ajustes de cuenta, los crímenes por encargo, los conflictos vecinales con finales trágicos socializados en las redes sociales, las trifulcas incomprensibles, revelan una sociedad tomada por las vías violentas. Y si a todo eso se les suman los atracos y robos callejeros, que son un deporte nacional, hablamos de un clima de inseguridad. Y no se cuentan las agresiones menores de que suelen ser víctimas los automovilistas por los desmanes de los transportistas motorizados, delíverys, y desalmados que conducen sin el menor sentido de humanidad.
El país marcha bajo ese manto violento, que al menos debía ser atenuado por los responsables de la seguridad pública. Sin embargo, muchos de los agentes suelen devenir en multiplicadores de la violencia, con el agravante de que nadie sabe si obedecen mandatos cifrados bajo órdenes superiores.
Inevitable
En un panorama marcado por tantas formas de violencia, es inevitable que se expanda la percepción de inseguridad y sobrecogimiento social, que nadie se sienta seguro cuando saca un pie a la calle.
¿Qué hacer para contener todo esto? Las autoridades tienen la palabra.







