La esperanza toma dirección

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Miguel J. Escala

(#37)

(En memoria de las víctimas del terremoto de Venezuela. En solidaridad con heridos, damnificados, familias afectadas, rescatistas, socorristas, voluntarios y todos los que colaboraron y colaboran) 

Trabajamos este artículo en un día particularmente caluroso. Casi de manera espontánea surge entonces la mirada hacia atrás, recordando aquellos agradables días de principios de este año 2026. En esa sencilla experiencia cotidiana descubrimos algo interesante: esperamos que regresen días más frescos. Es una esperanza que mira hacia adelante, pero que se alimenta del recuerdo de algo que ya vivimos.

Sabemos que esos días volverán; incluso deseamos que lleguen antes de lo habitual. Aunque parezca una vivencia estrictamente personal, en realidad refleja una experiencia profundamente humana y colectiva. No se relaciona únicamente con el confort, sino con el bienestar integral de las personas.

Aprendamos una primera lección: el tiempo está fuera de nuestro control. Frente al calor podemos intervenir utilizando acondicionadores de aire, abanicos o ropa más ligera. Siguiendo el lenguaje de Skinner, podríamos decir que recurrimos a un entorno protésico que modifica las condiciones en las que vivimos. El simple anhelo, por sí solo, no cambia la realidad.

Aprendamos una segunda lección: las esperanzas —no las ansiedades— constituyen una plataforma para la intención y, cuando es posible, para la intervención. La distancia entre lo que vivimos y lo que esperamos puede ampliarse o reducirse en cada intento. Comprender esos ciclos nos ayuda a aprovechar mejor las oportunidades para alcanzar nuestros propósitos.

Así como las estaciones se suceden con la regularidad de los equinoccios y los solsticios, también muchas de nuestras esperanzas siguen ciclos. Pensemos, por ejemplo, en la salud. Aunque mantengamos una esperanza de largo plazo, cada diagnóstico abre una nueva esperanza, preferiblemente alcanzable en un horizonte cercano. Comienzan entonces ciclos de tratamiento, seguimiento, alivio o recuperación. En este caso, el entorno protésico está constituido por los tratamientos médicos. Igual que ocurre con el calor, anhelamos épocas con menos diagnósticos y menos tratamientos; tiempos más serenos.

Nos anima toda una taxonomía de nuestras esperanzas y de las características de los logros que buscamos. Aspiro a que esas reflexiones enriquezcan la sabiduría colectiva que poco a poco hemos venido expresando en nuestro modelo. Reflexionemos, entonces, sobre los principios que deberían orientar ese modelo educativo que nos inspira y, quizás, también sobre un nuevo nombre para expresar aquello que deseamos alcanzar como horizonte de esperanza.

A manera de Modelo Educativo

En el artículo #30 me expresé y dije:

Pero no he aprendido solo: hemos aprendido juntos, en diálogo, incluso en los silencios. Y no lo oculto: aprendo, escribo, leo comentarios, vuelvo a aprender; me siento útil, sigo escribiendo y sigo aprendiendo.  Esa es mi secuencia, compartida con ustedes, para construir días mejores en esta tercera edad —exitosa y vivida— que también me corresponde forjar. 

Hoy quisiera destacar de ese texto algo más que la alegría de descubrir mientras escribo y leo junto a ustedes. En realidad, allí aparecen resumidos, al menos, tres principios que ayudan a definir el modelo educativo que poco a poco hemos ido construyendo; un modelo que pretende animarnos a trabajar por el Reino o, si se prefiere, a reencontrar la Arcadia perdida.

  • Aprendemos todos

Aprendemos tanto en el diálogo como en los silencios. El silencio, dentro de un entorno educativo, no es vacío. Es una intensa actividad mental. Mientras callamos, anticipamos, organizamos ideas, formulamos preguntas y ensayamos posibles respuestas. 

En el aprendizaje dialógico, el silencio representa también el respeto por el turno del otro. Es el espacio donde el simple oír se transforma en escuchar para comprender y responder con sentido. Allí aparecen los retos, los dilemas que nos desorientan y la búsqueda compartida de respuestas.

Cuando diálogo y silencio se integran, asumimos que todos los participantes tienen algo valioso que aportar. Confirmamos así que aprendemos todos, y no únicamente quien posee el monopolio de la palabra.

Mientras una larga homilía supone que el conocimiento viaja en una sola dirección, el diálogo concede al interlocutor el tiempo necesario para procesar, reconstruir y apropiarse del mensaje. 

  1. Aprendemos en ciclos

Aprender también significa recorrer un proceso iterativo. La iteración no consiste simplemente en repetir; representa una forma de pensar que impulsa la innovación mediante un movimiento continuo de aprendizaje y mejora.

El Design Thinking describe muy bien este proceso mediante cinco momentos:

  • Empatizar: comprender las necesidades de quienes serán los beneficiarios. Eso es precisamente lo que hacemos cuando les consulto estas ideas.
  • Definir: sintetizar los hallazgos para precisar mejor la esperanza que queremos alcanzar.
  • Idear: generar soluciones creativas sin censurarlas prematuramente.
  • Prototipar: construir versiones iniciales de las ideas. De alguna manera, eso ya lo hemos hecho con la infografía de nuestro modelo.
  • Probar: validar el prototipo con personas reales. En esta etapa, ustedes tienen la palabra.

La riqueza del proceso aparece precisamente en este último paso. Cuando descubrimos limitaciones o nuevas necesidades, no comenzamos otra vez desde cero. Regresamos a etapas anteriores, redefinimos, ajustamos y seguimos aprendiendo.

Así como el año no concluye definitivamente con el otoño, sino que vuelve al invierno para iniciar un nuevo ciclo, nuestro modelo tampoco pretende quedar terminado. Cada nueva iteración debería hacerlo más sólido, más pertinente y mejor adaptado a quienes deseamos servir.

  1. También aprendemos a redefinir nuestras esperanzas

Hasta ahora habíamos hablado de construir una "tercera edad exitosa". Sin embargo, ese nombre nunca terminó de convencerme del todo.

Es cierto que nosotros tomamos el calificativo exitoso inspirados en la Inteligencia Exitosa de Sternberg y en su fuerte componente estratégico. También es cierto que Rowe y Kahn popularizaron la expresión y que Havighurst es considerado uno de sus primeros formuladores.

Sin embargo, cada vez que pronunciaba la expresión "tercera edad exitosa", algo seguía haciendo ruido en mi interior.

Tal vez porque, casi sin querer, regresaba a mi memoria la vieja canción Éxito, interpretada por Luisito Rey. Tiene versos como estos:

Éxito por el que sufre, por el que luchan hasta morir.
Éxito hay que encontrarlo a cualquier precio para vivir.
Éxito, noches amargas, días de hambre, pero feliz…

Y fue entonces cuando comprendí con mayor claridad por qué ese nombre nunca terminaba de ajustarse a lo que buscamos. Sobre todo, me incomodaba esa expresión: "a cualquier precio". Una esperanza auténtica nunca puede construirse a cualquier precio. Esa lógica pertenece a otra manera de entender la vida, muy distante del horizonte que hemos venido intentando construir juntos.

Los aportes de otros, lectores y autores

En este proceso de construcción quisiera, antes que ofrecer nuevas respuestas, escuchar algunas voces. Si el modelo pretende ser colectivo, también debe nutrirse de las experiencias de quienes lo van construyendo conmigo. En medio de un mundo pendiente del Campeonato Mundial de Fútbol, muchos ya han marcado sus propios goles en este partido contra el edadismo, la desesperanza y la desintegración. Comparto algunos de esos aportes, recibidos por WhatsApp o publicados en pronosticamedia.com.

Sandra escribe una frase que conecta de inmediato con el tema:

"Esta lectura tardía de tu artículo en un amanecer temprano me llena de esperanza. Como la plenitud total es inalcanzable porque el mundo no es perfecto, la esperanza, con Dios o sin Dios, es lo único que nos salva”. 

Otro amigo resume la esperanza en una pregunta sencilla:

"Mientras tengas una respuesta a la pregunta: ¿para qué soy útil?, tienes esperanza”.

Sin proponérselo, ambos apuntan hacia una idea que desarrollaré con más calma en un próximo artículo: la esperanza florece cuando encontramos un sentido para seguir construyendo la vida.

En esa misma dirección, Eduardo Reynoso —a quien ya había citado en el artículo #31— nos recordaba:

"Una vejez exitosa no depende solo de la biología, sino de la capacidad aprendida de un organismo para regularse a sí mismo”.

Esa capacidad de elegir y orientar nuestros propios pasos constituye, en buena medida, el GPS del modelo que estamos intentando construir.

Desde un plano más familiar, mi hija mayor me compartía una reflexión que también me hizo pensar:

"Creo que, al pasar los años, uno toma mayor conciencia de su propia mortalidad y comienza a abrir más los brazos, a llamar y a estar más pendiente de esos seres queridos y amigos que, cuando éramos jóvenes, pensábamos que siempre estarían ahí”.

Quizás esa sea otra forma de decir que los años llaman a nuestra puerta y nos invitan a responder con elegancia y con astucia: cultivando relaciones, construyendo esperanza y eligiendo conscientemente aquello que realmente vale la pena.

Otro lector me hizo llegar una formulación que bien podría convertirse en una hipótesis de trabajo:

"La esperanza no consiste en esperar que ocurra algo bueno, sino en elegir aquello por lo que vale la pena seguir caminando”.

Y añadía que esa definición sirve para creyentes y no creyentes; para personas sanas y enfermas; para quienes sienten que tienen muchos años por delante y para quienes sospechan que no tantos. También armoniza con la idea de un modelo que no impone un único camino, sino que ayuda a cada persona a descubrir los retos que darán dirección a su propia travesía.

Por eso insisto en que no estamos construyendo el modelo educativo de una academia militar, donde todos marchan al mismo paso y hacia el mismo destino. Buscamos un modelo abierto, capaz de ofrecer alternativas de compromisos y acciones para que cada persona encuentre el camino que le permita vivir con mayor sentido, aportar según sus posibilidades y seguir creciendo. Lo importante no es cuánto hacemos, sino si aquello que hacemos mejora la calidad de nuestros días y también la de quienes nos rodean.

El mismo amigo concluía:

"Si alguien encuentra sentido en escribir, enseñar o investigar, magnífico. Si otro lo encuentra en el cuidado de los nietos, también. Si otro decide preservar su autonomía física para seguir viajando o disfrutando de la naturaleza, también. La pregunta no es si todos hacen lo mismo”.

Por eso quisiera terminar, más que con respuestas, con algunas preguntas para todos nosotros:

  • ¿Qué te sigue entusiasmando?
  • ¿Qué proyecto te gustaría ver crecer?
  • ¿Qué te hace levantarte con ganas cada mañana?
  • ¿Qué vale la pena seguir construyendo?
  • ¿Qué lecciones sobre la esperanza aprendimos con el terremoto de Venezuela?

Tal vez la esperanza no sustituya nuestros pasos. Tal vez su verdadera función sea darles dirección. Y quizá baste elegir dos o tres grandes retos que orienten nuestra marcha para descubrir que, aun cuando cambien los años, siempre es posible seguir construyendo una vida con sentido.

Miguel J. Escala
Miguel J. Escala
Miguel J. Escala Es educador desde 1969. Estudió Psicología y Educación Superior.

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