¡Muerto gallo! Y a seguida sonó estruendoso tabanón…

Por Emiliano Reyes Espejo

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¡Muerto gallo! ¡muerto gallo!, gritó repetidas veces el juez de valla. A seguida sonó una “tabanada” en la cara que puso a rodar a Don Segundo, quien cayó a los pies del grupo de galleros.

Nadie en la gallera esperaba esta insólita reacción del coronel Miguelón Morató Cuevas, reputado gallero y jefe de la guardia en todo el litoral de Bahoruco.

Los rayos del sol caían sobre El Hatico, esta vez no como látigos cortantes y sofocantes, ni como llamaradas abrazantes y tormentosas como solía ocurrir previo a las lluvias borrascosas que presagiaban destructivas, pero también fructíferas crecidas del entonces indomable río Yaque del Sur.

Pero en esta ocasión, en el ambiente prevalecía la calidez. Los escasos habitantes de El Hatico disfrutaban de un sol cálido, plácido y acogedor. No existían lugares de recreación, apenas se vivía para ir a los conucos a realizar faenas agrícolas, o también acudir al mercado y a la rústica gallera donde cada domingo se realizaban peleas de gallos.  Unos acudían a hacer compras al mercado local, mientras otros iban a la gallera o de manera furtiva al “guaso” o “negocio de la carne” que ya había instalado en Monserrate. De este modo transcurría la plácida vida en aquellas mañanas de cálidos y acogedores días domingueros, en el antiguo paraje conocido como El Hatico, un “asentamiento originario que dio paso a la fundación del municipio de Tamayo, situado en la provincia Bahoruco”.

Los relatos de la época definen a El Hatico como una pequeña sección rural de vocación agrícola y ganadera que se levantó en las proximidades del río Yaque del Sur. En este lugar de naturaleza mágica, se creó una apacible y tranquila comunidad de agricultores, negociantes, allí se vivía en un ambiente de hermandad, familiaridad y solidaridad entre sus gentes.

 “En el año 1908, una crecida del río Yaque del Sur destruyó gran parte del poblado, lo que motivó su posterior reubicación y evolución hasta convertirse en el actual municipio de Tamayo”, reseñan los textos.

En medio de este proceso la sección de El Hatico cambió a la común de Tamayo y fue a partir de marzo de 1943 cuando también se marca los inicios de la creación de la provincia Bahoruco.

La industria azucarera, operada entonces por una compañía norteamericana, había insuflado movimientos a la economía del pequeño poblado y El Hatico comenzó a poblarse con familias que inmigraron desde distintas comunidades, incluso de procedencia extranjera que se asentaron en el lugar e instalaron distintos tipos de negocios, especialmente tiendas y “pulperías” para la venta de alimentos básicos (arroz, habichuela, azúcar, arenques, bacalao, jabón de cuaba, gas kerosene, etc.).

El auge económico creado por el ingenio Barahona atrajo a sanjuaneros, azuanos, barahoneros, de La Descubierta, Elías Piña, puertorriqueños, árabes y hasta libaneses que se instalaron allí con tiendas para la venta de ropas e indumentarias agrícolas.

No faltó un “guaso” (especie de burdel de la época) en la pequeña comunidad de Monserrate. 

La pelea y el bofetón 

En esos días escaseaban las lluvias y aquel domingo soleado el coronel Morató Cuevas, como de costumbre, acudió con sus gallos a la pequeña gallera de El Hatico a entablar peleas. Se ufanaba de que sus gallos eran los mejores y más guapos de la zona.

Tenía un “gallo fino de pelea”, cubierto de extrañas plumas blancas y colores pintos, el cual había ganado decenas de peleas consecutivas. Sus espuelas constituían un arma mortal para los otros “gallos de lidia” que se enfrentaban a muerte en el redondel de la gallera.

Entre los parroquianos circulaba el rumor de que los gallos del coronel eran “arreglados” por brujos haitianos. Por eso, los galleros no querían apostar con el coronel Morató Cuevas cuando éste presentaba sus gallos para las peleas. Nadie quería perder su dinero. Ese día, sin embargo, Melanio Mesa se atrevió, aceptó enfrentar su “gallo giro”, -poco conocido entre los asiduos a la gallera-, contra el temido gallo del militar.

Pero Mesa tenía guardada una sorpresa. Se dijo que éste había acudido también a “un luá” más poderoso que los brujos del coronel.

Cuando se llamó para las apuestas de los galleros, la mayoría, como era de esperarse, apostó su dinero al gallo pinto del oficial. Solo Mesa, junto a dos o tres parroquianos, jugaron a favor del gallo pinto, considerado por su dueño un “gallo de lidia” que él había preparado para este tipo de combate.

Como era su costumbre, Don Segundo hizo de juez de valla de esta histórica pelea y de todas las demás que se jugaron en esa gallera. Aunque sin instrucción escolar, éste gozó de mucho respeto entre los pobladores y fue considerada una persona equilibrada y justa, a la cual acudía la gente para zanjar todo tipo de diferencias. Su reputación fue conocida hasta en localidades cercanas. A Don Segundo se le conocía también como un consagrado ebanista que fabricaba “cajas para muertos”, agricultor y pescador en el río Yaque del Sur. 

El alcalde y el discurso 

Después de su labor como juez de valla, Don Segundo gozaba de tanta estima y confianza que los comuneros les escogieron como el primer alcalde de El Hatico. En el desempeño del puesto le tocó pronunciar un discurso para celebrar el 27 de febrero, Día de la Patria, y allí enunció una pieza de oratoria memorable, tan grandilocuente que ha remontado a la posteridad.

“En aquella lejana montaña hay tres pajaritos, los tres padres de la Patria: Juan Pablo Duarte, Juan Pablo Sánchez y Juan Pablo Mella…”. Un aleccionador silencio primó en el lugar, pero Don Segundo prosiguió su perorata sin el menor rubor, siendo aplaudido por los presentes.

Años antes éste había encabezado como juez de valla en la pelea entre el “gallo pinto” del coronel y el “gallo giro” del señor Mesa. Y siguiendo las reglas de estos pleitos, éste se acercó a Morató Cuevas y a Mesa, a los cuales preguntó si aceptaban las condiciones de la pelea que parecía dispareja a favor del coronel. Ambos se pusieron de acuerdo.

Los gallos fueron rociados con aguas lanzadas desde las bocas de los entrenadores-dicen que eso se hace para que despierten y se mantengan activos.

Los gallos salieron al ruedo y se dio inicio una épica pelea que duró poco porque de manera increíble, en el segundo round, el gallo de Mesa dio un golpe mortal, “un golpe de bolsón” a la temible ave del coronel, la cual saltó por los aires con la espuela del gallo giro clavada en el cogote, cayendo “muerto seco”.

Don Segundo, atento juez de valla, voló por encima del redondel y tomó el gallo del coronel y cantó el fin de la pelea: ¡gallo muerto! En seguida, el militar cruzó también la valla y gritó fuerte: ¡gallo gana!. Acto seguido se abalanzó raudo sobre Don Segundo, a quien propinó una soberana “tabaná” que lo puso a rodar entre los galleros.

Un expectante silencio se apoderó del lugar.

Un momentito después, Don Segundo, todavía aturdido por el golpe, se puso de pie, sacudió la tierra de su desteñido saco de tela de pimienta, y con la firmeza de un juez de valla abrazado a su honorabilidad, gritó nuevamente: ¡gallo muerto! Éste señaló con su dedo índice al coronel Morató Cuevas, sacudió el polvo de su ropa y le dijo:

-“¿Sabes por qué hizo eso? Porque yo no tengo un arma para que nos matemos a tiros aquí mismo”.

A seguidas, con gesto colérico, Don Segundo acotó: “Su gallo perdió. ¡gallo muerto!”.

Agradezco a mi hermano Bernardo, fiel testigo de esta historia y quien me hizo el relato. 

*El autor es periodista.

Emiliano Reyes
Emiliano Reyes
Periodista y Gestor de relaciones públicas

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