Por Federico pinales
El hecho de la República Dominicana tener cerca de tres millones de sus habitantes residiendo en Los Estados Unidos de Norteamérica y de este país ser uno de sus principales socios comerciales, nos obliga a ser agradecidos, respetuosos y leales; pero no “borregos”, obedientes y servirles, sin derecho a tomar decisiones propias, en diversos renglones importantes de la vida de un país.
Lo mismo sucede con todos los compatriotas que decidimos establecer residencias permanentes en esta gran nación, en la que estamos obligados a cumplir sus reglas, leyes, ordenanzas y respetar su cultura, además de pagar los impuestos religiosamente como Dios manda; lo cual nos da el derecho a ser protegidos por la Constitución y las leyes que de ella se derivan.
Eso quiere decir, que a los residentes en la Isla y a los que vivimos aquí, nos asiste el derecho a tomar decisiones propias sobre nuestros destinos, sin ser “narigoneados”, ni manipulados por pichones de dictadores inhumanos, que se venden como supuestos demócratas “humanistas”, mientras andan por el mundo repartiendo miserias, invasiones, saqueos, muertes, destrucciones, estrangulamientos criminales a naciones y sembrando miedos, e instalando dictaduras crueles, corruptas y perversas, que les garanticen sus oscuros intereses, sin importar los genocidios que cometan en pro de lograr sus objetivos políticos y económicos.
quienes juramos defender la bandera norteamericana, estamos orgullosos de ella y de su Constitución, pero desaprobamos los genocidios que se promueven, se patrocinan y se cometen en nombre de una “democracia” que solo existe en el papel y que únicamente se aplica, medalaganariamente, a nivel interno, como pantalla propagandística para el exterior.
Imponer a otros países que violen sus propias leyes, so pena de ser objetos de represalias, sanciones e invasiones, si no obedecen las directrices caprichosas e injustas de los dueños del mundo, resulta una incoherencia brutal y una hipocresía perversa repudiable e inaceptable.
En el caso de la República Dominicana debemos seguir siendo amigos, vecinos y socios, con el debido respeto recíproco, sin vasallajes humillantes, como si se tratara de otra colonia más, obligada a pedir permiso hasta para decidir quiénes pueden ser o no nuestros amigos y socios políticos y comerciales.




