Por Haivanjoe Ng Cortiñas
La discusión política dominicana suele estar dominada por narrativas, percepciones y liderazgos. Sin embargo, toda elección —antes de ser un fenómeno político— es, en esencia, un problema de matemática aplicada. Y en el caso de 2028, esa matemática revela una verdad incómoda: no decide el grupo de edad más numeroso, sino el que más acude a votar.
Si el padrón electoral para las próximas elecciones se aproxima a los 9 millones de electores, como todo indica, y la abstención se mantiene en torno al 40.0%, el universo real de decisión se comprimirá a unos 5.4 millones de votos efectivos. Cerca de cuatro de cada diez ciudadanos habilitados no participarán, con tendencia a incrementarse, lo que redefine la lógica de la competencia electoral.
Esa reducción no es uniforme. Se distribuye de manera desigual entre los grupos etarios, y es ahí donde la matemática electoral adquiere sentido e importancia. No todos los segmentos convierten su presencia en votos con la misma intensidad, y esa asimetría es la que termina definiendo quién gana.
La evidencia de las últimas elecciones permite reconstruir un patrón consistente. Entre 2008 y 2016, con participación cercana al 70%, se observaba que los jóvenes votaban menos que el promedio, mientras los mayores lo hacían más. Ese patrón no solo se mantuvo, sino que se acentuó tras el quiebre de 2020 y su prolongación en 2024, consolidando un régimen de participación más bajo y desigual.
En términos aproximados, el comportamiento ha sido el siguiente: los jóvenes entre 18 y 25 años participan en un rango de 45% a 50%; los de 26 a 35 años entre 50% y 55%; los adultos de 36 a 55 años entre 55% y 60%; y los mayores de 56 años entre 60% y 65%. Existe, por tanto, una pendiente clara: a mayor edad, mayor probabilidad de votar y, en sentido inverso, a menor edad, menor ha sido la participación electoral.
Este patrón es el mecanismo que transforma la composición del padrón en estructura de poder. No basta con saber cuántos hay en cada grupo, sino cuántos votan. Esa diferencia, aparentemente técnica, es la que define la naturaleza del resultado electoral.
A primera vista, el segmento joven podría parecer determinante. Más de 3.2 millones de electores en 2028, cerca del 36% del padrón, constituyen una masa crítica relevante. Sin embargo, al introducir la variable de participación, su peso efectivo se reduce de manera significativa. No desaparece, pero se comprime.
Sería un error, no obstante, atribuir esta realidad únicamente a apatía o desinterés. Puede plantearse una hipótesis: la abstención juvenil podría estar parcialmente vinculada a la ausencia de una oferta política que genere identificación generacional profunda. No se trata solo de edad biológica, sino de representación simbólica. Cuando esa conexión no se produce, el costo de abstenerse es bajo; cuando aparece, la participación puede cambiar con rapidez. Aunque no existe una medición directa de esta causalidad, estudios de cultura política han documentado menores niveles de identificación partidaria entre jóvenes, lo que sugiere que su participación es más sensible a la calidad de la oferta electoral.
Esta sensibilidad introduce un elemento clave en el análisis: la abstención juvenil no es completamente rígida. A diferencia de otros segmentos, donde el comportamiento es más estable, el voto joven presenta un componente de elasticidad que, bajo determinadas condiciones, puede alterar el equilibrio electoral.
Ahora bien, incluso considerando estas características, la cuestión relevante no es solo cuánto representan los jóvenes en el padrón, sino cuánto pesan efectivamente en los resultados. En 2024, el segmento de 18 a 35 años habría aportado alrededor de un 32.0% de los votos emitidos, mientras que el grupo de 36 a 55 años concentró cerca de un 40.0% de los votos efectivos. Por su parte, los mayores de 56 años alcanzaron aproximadamente un 28.0% del voto total, reflejo de su mayor disciplina electoral.
Estos datos introducen una distinción fundamental: el peso demográfico no equivale al peso electoral. El grupo de 18 a 35 años representa cerca del 39.3% del padrón, el de 36 a 55 años alrededor del 34.6% y el de 56 a 75 años un 22.0%, con un remanente de 4.1%. Sin embargo, en términos de votos efectivos, estos segmentos aportaron aproximadamente 1.4 millones, 1.7 millones y 1.2 millones, respectivamente.
En consecuencia, la capacidad de incidencia del voto joven es, en condiciones normales, inferior a la del segmento medio, no por falta de tamaño, sino por su menor conversión en participación efectiva. Su relevancia radica en su potencial de variación: cuando se activa, puede alterar la distribución del voto; cuando no, la elección se define en los grupos de mayor constancia.
El verdadero centro de gravedad del sistema electoral dominicano se encuentra en el segmento de 36 a 55 años. Este grupo combina volumen relevante, participación relativamente alta y comportamiento menos volátil. No responde tanto a impulsos simbólicos como a evaluaciones prácticas: estabilidad, desempeño económico y gobernabilidad. Es, en términos operativos, el segmento donde la política se traduce en decisión.
A este núcleo se suma el votante de 56 años en adelante, cuyo peso no radica en su tamaño, sino en su consistencia. En un entorno de alta abstención, su disposición a votar con mayor regularidad lo convierte en un factor de estabilización del resultado. Es el segmento que menos falla y, por tanto, uno de los más determinantes en términos efectivos.
Cuando se observan estos comportamientos en conjunto, la ecuación electoral deja de ser abstracta y se vuelve operativa. El resultado no es una suma de electores, sino el producto de cómo cada grupo transforma su presencia en participación.
Resultado electoral = (estructura del padrón) × (participación diferencial por edad)
Esto significa que el padrón define el potencial, pero la participación define el poder. Un segmento numeroso que vota poco pesa menos que uno más pequeño que vota consistentemente. Esta es la lógica que subyace a la mayoría de los resultados electorales y que, con frecuencia, pasa desapercibida en el debate público.
Bajo la referida lógica, pueden identificarse distintos escenarios para 2028. En un escenario inercial, donde los patrones de participación se mantienen, la elección tenderá a resolverse en los segmentos de mayor constancia, particularmente en el votante medio y en el votante mayor. En un escenario de expansión moderada, donde el voto joven incrementa su participación sin alterar sustancialmente la estructura, la competencia se estrecha, pero el centro de gravedad permanece. En un escenario de disrupción, en cambio, una activación significativa del voto joven podría reconfigurar la distribución del poder electoral.
La hipótesis juvenil, en este contexto, no desaparece; se redefine. No es la base estructural del sistema, pero sí su principal variable de cambio. Su capacidad de incidencia no proviene de su tamaño, sino de su potencial para modificar la tasa de participación.
En última instancia, la matemática electoral del 2028 no admite atajos. No se trata de quién representa a más personas en abstracto, sino de quién logra que esas personas voten. En esa transición —entre el país que puede votar y el país que efectivamente vota— se decide el poder.
Y es precisamente en esa diferencia donde reside la clave para entender la competencia electoral dominicana: no en el tamaño del electorado, sino en su comportamiento efectivo al momento de votar.







