Bajo el Puente Matías Ramón Mella, el río Ozama refleja una ciudad que sigue despierta. La estructura firme sostiene el paso constante; abajo, la luz dibuja líneas que no se detienen.
Los trazos de los vehículos cruzan la escena como señales de tiempo, marcando el ritmo de una ciudad que avanza incluso cuando la noche cae. El concreto permanece, el río fluye y la vida sigue su curso entre ambos.
En ese contraste —movimiento y quietud, luz y sombra— se construye una imagen que no solo se observa, sino que se siente: la ciudad como un pulso continuo.











