Por Rafael Méndez
El mensaje del líder histórico de la Revolución Cubana conserva plena vigencia ante un mundo donde la soberanía de los pueblos vuelve a ser amenazada por las viejas prácticas de dominación imperial, con lo que aquella sentencia atribuida a José Martí, “es la hora de los hornos y no se ha de ver más que la luz”, cobra nueva sentido como llamado a no huir, no vacilar y enfrentar con dignidad los desafíos del presente.
Fidel Castro, líder histórico de la Revolución Cubana y referente mundial, construyó una de las narrativas antimperialistas más contundentes del siglo XX, no solo por la fuerza de sus discursos, sino por la coherencia entre la palabra y la conducta política de una Revolución que decidió resistir, aun cuando tenía frente a sí a la mayor potencia militar, económica y mediática del planeta. En su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1960, afirmó: “No venimos a pedir nada. Venimos a exigir el derecho de los pueblos a ser soberanos, a decidir su propio destino sin intervenciones ni imposiciones externas”.
Esa visión quedó resumida en una frase que conserva una fuerza de orientación pedagógica extraordinaria: “El imperialismo es como el perro, que solo persigue a quien corre; si te paras y lo enfrentas, te olfatea y se va”, con lo que se expresa una idea sencilla, pero profunda: frente a la prepotencia imperial, la huida estimula la agresión, mientras que la firmeza obliga al adversario a calcular sus pasos. “La Revolución no se defiende con lágrimas, se defiende con la decisión firme de resistir y de luchar hasta las últimas consecuencias”.
Desde el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, Fidel defendió la convicción de que la soberanía no se mendiga, no se negocia bajo amenaza, ni se preserva con discursos vacíos, sino con conciencia nacional, unidad popular y voluntad política de resistir, porque para él la debilidad ante el imperialismo no era prudencia, sino una invitación abierta a nuevas formas de chantaje, presión y dominación. Al imperialismo “se le enfrenta con firmeza porque ceder ante sus demandas solo alimenta su voracidad”.
La dignidad como política de Estado
La experiencia cubana ha demostrado que un país pequeño, bloqueado y sometido durante décadas a presiones de todo tipo, podía sostener su independencia si lograba convertir la dignidad en política de Estado, con lo que Cuba pasó de ser vista como una isla vulnerable a convertirse en símbolo mundial de resistencia, especialmente para los pueblos del Sur que han sufrido colonialismo, neocolonialismo, saqueo de recursos e imposiciones externas.
La autodeterminación fue uno de los principios más defendidos por Fidel, porque entendía que ningún pueblo puede llamarse libre si otros deciden por él su modelo político, su destino económico o sus alianzas internacionales, de ahí que su pensamiento no se limitara al caso cubano, sino que se proyectara hacia América Latina, África, Asia y todos los pueblos sometidos a la lógica de la dependencia.
En esa comprensión del poder imperial, la comparación con el perro no es una simple ocurrencia retórica, sino una advertencia política: quien corre despierta el instinto de persecución, quien se arrodilla alimenta la arrogancia del dominador, y quien se planta con dignidad obliga al agresor a reconocer que no está frente a una presa fácil, sino frente a un pueblo dispuesto a pagar el precio de su independencia.
Una brújula para los pueblos que resisten
Ese principio se expresó en momentos decisivos como la invasión de Playa Girón, la Crisis de Octubre y las sucesivas ofensivas económicas, políticas y diplomáticas contra Cuba, episodios en los que la firmeza no eliminó los riesgos, pero impidió que el país fuera reducido a la condición de protectorado, colonia disfrazada o pieza subordinada en el tablero geopolítico de Washington.
La lección de Fidel mantiene vigencia en un mundo donde las formas de dominación han cambiado de rostro, pero no de esencia, porque ahora las presiones pueden venir acompañadas de sanciones, campañas mediáticas, bloqueos financieros, guerras judiciales, aislamiento diplomático o amenazas militares, con lo que se pretende obligar a los pueblos a correr antes de que el perro muerda.
Por eso, más que una consigna del pasado, la frase deviene en enseñanza y advertencia de Fidel, y funciona como una brújula para el presente, ya que recuerda que la soberanía no sobrevive en pueblos asustados, ni en gobiernos que confunden prudencia con capitulación, sino en sociedades capaces de comprender que la dignidad nacional exige serenidad, firmeza y conciencia histórica frente a cada intento de sometimiento.
El legado de Fidel Castro, visto desde esa perspectiva, no es una invitación romántica al sacrificio, sino una enseñanza política de enorme valor: los pueblos que corren terminan perseguidos, los pueblos que se arrodillan terminan humillados, pero los pueblos que se plantan con unidad, conciencia y determinación pueden demostrar que aun en los escenarios más adversos la dignidad sigue siendo una fuerza capaz de torcer el curso de la historia.







