El “bacá” de Fabián, la mula con serones llenos de “morocotas de oro puro” y otros misterios…

La vida y obra de don Fabián Matos De la Paz ha sido desde sus inicios un laberinto inescrutable, lleno de historias y narrativas inverosímiles, pero también atiborradas de realidades, de verdades que se pueden escudriñar, y aunque ineludibles, son tan grandes como montañas. Por ejemplo, uno de sus 30 hijos ha resultado ser Premio Nacional de Literatura, don Manuel Matos Moquete, y otro, Plinio Matos Moquete, el guerrillero urbano “más buscado en la historia del país”.

La visual ofrece el armazón de una verdadera leyenda que nace en el corazón del alma rural. Algo irrepetible, único y que tal vez solo pudo ocurrir en el Sur Profundo, región que ha sobrevivido pese a la retahíla de veleidades, vicisitudes, creencias mágico-religiosas y extraños sueños en busca de la redención y libertad.

– “Eso fue el bacá de Fabián Matos”,  se escuchó decir a la gente en cada ocasión en que un hecho extraño conmovió y parecía ensombrecer la apacible vida de  los pobladores.

En los días menos esperados aparecían cuerpos de perros, gallinas y otros animales destrozados, desmenuzados, con sus vísceras expuestas al aire sin que nadie supiera, y sin que, ni siquiera se pudiera imaginar el origen de estas inexplicables muertes.

“Ese bacá andaba anoche dao al diablo, acabando con tó…”, expresaban vecinos que afirmaban haber escuchado aullidos de animales indefensos. La gente rumoreaba sobre la aparición de “un burro sin cabeza” o la vaca de Fabián Matos que no pudo ser sacrificada en el matadero porque “tenía los dientes de oro”.

La planta eléctrica –en la que operaron Alejandro El Inglés, Jorgito y Felito – se encendía a las seis y era apagada a las once de la noche, luego de lo cual todo quedaba oscuro. Se producían tres avisos, tres mini-apagones que servían de adelantos para que la gente supiera que se iban a “llevar la luz”.

Cuando eso ocurría, todo el que estaba en las calles caminaba presuroso o corría hacia sus casas para evadir la oscuridad que llegaba de “golpe y porrazo”. Había que ir rápido antes de que, en medio de un posible manto negro, ruidos misteriosos y sombras extrañas, les sorprendieran en las calles.

Cuando llegaba la madrugada, los lugareños oían sonidos extraños como gruesas cadenas que eran arrastradas por un enorme y extraño animal que se desplazaba por calles y callejones.

El temor cundía entre las gentes, especialmente aquellas que llevaban una vida nocturna. Los que estaban en sus casas encendían “lámparas de gas kerosene”, “jumiadoras” y velones, mientras oían temerosos, en el calor de sus hogares, los silbidos tenebrosos producidos por estos seres extraños.

A los “cierra bares”, aquellos bebedores empedernidos que perduraban en estos negocios hasta el último trago, les era indiferente cualquier encuentro de frente con el “bacá de Fabián”, ya que, tras una “juma”, regresaban a sus casas. –“A los borrachines, ni el diablo los detiene”, se decía. Solo ellos, los bohemios, borrachones románticos  y dispensadores de serenatas, pertrechados con la coraza del alcohol, hacían casos omisos a apariciones de “bacases”.

La gente hablaba de “una rara y demoníaca figura” que ocasionalmente aparecía y rondaba por las calles de Dios, “como Pedro por su casa”. A veces se mostraba como un perro gigante, pero con el cuerpo de un cerdo (mitad perro y mitad cerdo) o una cabra de enormes cachos y patas de mula terrosa, un “burro sin cabeza” o “una vaca con la dentadura de oro”.

Cada uno se creó su propia imagen del extraño animal, percibiendo una figura diferente y del tamaño de su miedo. A veces la imagen que veían los parroquianos dependía hasta del “jumo de romo malo” que estos se daban momentos antes en uno de los bares del pueblo.

 Nos cuenta Yamil Matos, uno de los nietos preferidos de Fabián, que su abuelo albergó casi todas las primicias habidas y por haber en la comunidad. Nos dijo que éste fue el primer síndico del pueblo, el constructor del parque municipal, el primero que creó un cine, instaló la primera granja de pollos “gringos” y el que fundó el primer cabaret “con mujeres de la mala vida”, “El Ontario bar”.

Además, fue el primero en tener la familia más prolífica, con 30 hijos, y el primero en tener “bacases” que le ayudaron a acumular una de las mayores fortunas del lugar.

Difícilmente se encuentre un personaje similar, con estas características, no solo aquí, sino también en toda la región del Sur, el Cibao y zonas aledañas. Algunos ven a Fabián Matos como un ser icónico que llegó a tener entre sus descendientes, desde prósperos agricultores, hasta calificados profesionales (abogados, médicos, contadores, agrónomos, comerciantes, etc.). También, un Premio Nacional de Literatura y un líder guerrillero urbano.

Pero, además, al igual que a otros prósperos lugareños, se les atribuye ser el dueño de “bacases” que imprimieron temor en el poblado. 

(“Un bacá, según el folclore dominicano, es una criatura animal o artificial demoníaca creada a través de la brujería y que mediante un pacto, este puede concederle bienes materiales y protección a su poseedor”-Google).

Fabián era un mulato fortachón de tamaño alto, ruda fisonomía y temperamento fuerte. Portaba con toda la naturalidad del mundo, un puñal, un machete y un revólver Smith & Weson cañón largo, que siempre los llevaba al cinto, y su inseparable escopeta. No obstante, éste atrajo el amor de bellas y nobles damas de la zona que le parieron tres decenas de hijos de “toda pinta”.

Visiblemente emocionado, Yamil, que se refiere como el nieto predilecto que don Fabián llevaba a todos los lugares a donde iba, narra la bravura con que su abuelo enfrentó los problemas de cualquier tipo, tanto con sus trabajadores como con su propia familia.

– “Mi abuelo era un hombre guapo, de cara dura y no tenía miedo a nada ni a nadie”, expresó. De él se sabe que fue compadre del dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina, no obstante sospecharse que mató a un hijo que era militar de la Fuerza Aérea Dominicana (la antigua FAD). Se recuerda también que cuando Trujillo visitó a Tamayo un mes antes de ser ajusticiado, éste lo recibió con una enorme pancarta que decía: “Fabián Matos y sus 30 hijos le dan la bienvenida al Generalísimo Trujillo”.

Igual, Fabián fue un fiel seguidor del extinto presidente Joaquín Balaguer y principal dirigente local del Partido Reformista, mientras su hijo Plinio era el hombre más buscado por comunista por los organismos de seguridad del régimen.

LA MULA Y LAS MOROCOTAS

Narra Yamil que un panadero llamado Sergio contó, todo sudoroso y todavía estremecido por el miedo, que en una madrugada cuando se dirigía a trabajar a la panadería de don Eloy Reyes en el Callejón de los Reyes, “vio una mula, la cual estaba cargada con serones llenos de morocotas de oro puro”. Agregó que el animal llegó silencioso, sigilosamente, en medio de la oscuridad, y tiró las monedas “en la enramada ubicada en el patio de la casa de Fabián”.

-“Cuando escuché  el ruido que producían todos esos metales cayendo, me detuve y aceché para ver lo que ocurría”, expresó Sergio, a quien sus cercanos apodaron después Sergio Morocota.

– “Entonces me acerqué y encontré a Fabián hablando con la mula. La mula se agachó para soltar dos serones de morocotas de oro puro”.

Sergio dijo que cuando observó ese intercambio de palabras entre Fabián y la mula, a él “le entró un sudor frío en todo el cuerpo, se le pusieron los pelos de punta en los brazos y ese día no pudo hacer pan”.

 – “Era de mala suerte hablar y contar esas cosas, -según las creencias- hasta que el sol no saliera o se posara, según Sergio Olivera”, comentó Yamil  al referir esta historia de su abuelo.

El conocido panadero del lugar lucía nervioso mientras narraba el insólito hecho en el que, según afirmó, pudo escuchar la mula cuando habló a Fabián y éste susurró al animal, mientras recibía de manera subrepticia, en la oscuridad de la noche, aquel cargamento de “morocotas de oro puro”.

-“Carajo Sergio que jabladó tú eres”, dijo Yamil mientras rememoraba la historia contada por el panadero.

¿Y dónde están las morocotas de oro de Fabián Matos?- es la pregunta que se hacen ahora los habitantes de Tamayo. ¿Estarán enterradas en la vieja casona de doña Boba? ¿Quién se aventura a buscar?

*El autor es periodista

Emiliano Reyes

Emiliano Reyes

Nace en Tamayo, se traslada a Santo Domingo y estudia comunicación social en la UASD. Ha laborado en instituciones públicas y privadas. Realizó cursos de capacitación en Washington, Venezuela, Cuba y en el país. Ha sido reportero en Radio Televisión Dominicana (CERTV) Radio Mil, Radio Popular, La Noticia, El Siglo y Listín Diario. También, laboró en las Secretarías de Agricultura, Salud Pública y Cultura; IDSS, INESPRE, INDOTEC-Banco Central, Banco Agrícola e INDOTEL. Ha sido director y encargado de Prensa, Relaciones Públicas en IDSS, INDOTEC (IIBI), Cultura e INDOTEL, donde labora actualmente. Ha sido Coordinador Administrativo en BCRD, reconocido Empleado del Año y Empleado con más horas extras trabajadas (INDOTEC-BCRD). Ha publicado en La Noticia, El Nacional y El Día.

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