martes, julio 23, 2024

El asesinato de Cadete en Peñón

 Por Melton Pineda

Una fría mañana del 28 de febrero de 1970 el horizonte presagiaba un ambiente de tristeza. Unos compañeros del Movimiento Popular Dominicano (MPD) me enteraron del vil asesinato del dirigente de ese partido en El Peñón, Barahona, Pedro Enrique López (Cadete).

Sin titubear fui al mercado público a tomar un transporte que me llevaría a El Peñón, distante a 14 kilómetros del municipio de Barahona.

Ya en el poblado, confiado en que las patrullas policiales y militares que sitiaron el poblado, con allanamientos y apresamientos de jóvenes y campesinos, no me reconocerían.

Al pasar por unas de las desoladas calles de la pequeña población, dos hijas del alcalde pedáneo que estudiaban junto a nosotros en el liceo Federico Henríquez y Carvajal de Barahona, informaron a la PN sobre la presencia nuestra en ese lugar, que de hecho éramos perseguidos como líder estudiantil.

A pocas horas de delatarnos, tuvimos que internarnos por unos platanares, luego de varios disparos que nos hicieron miembros de la PN, que nos persiguieron, pero que aún no conocían físicamente a quien trataban de apresar. 

Luego, al salir de los conucos y tomar unas de las calles, decidimos salir del lugar, tomamos un Jeep Land Rover que transportaba pasajeros a la ciudad de Barahona, el cual fue detenido a la salida de El Peñón. Ya los agentes estaban enterados de que íbamos en ese automóvil.

Los policías y militares comenzaron a preguntar nombres de los ocupantes del automóvil, usábamos un sobrenombre para ocultar nuestra verdadera identidad y al inquirir sobre nuestro nombre le dije que me llamaba Oliver Méndez. Me pidieron la cédula, le contesté que era menor, y buscando los  agentes, procedieron a requisar el automóvil y debajo de uno de los asientos había escondido un sombrero viejo que portaba tratando de simular que éramos un agricultor.

Al encontrar la libreta, con las anotaciones del nombre del dirigente del MPD asesinado por la PN, CADETE, uno de los miembros de la patrulla policial peguntó: de quién es esto y mostraban el sombrero con su contenido.

Sacaron el carnet de identidad del Listín Diario e inmediatamente sobaron sus ametralladoras y se dirigieron hacia mí: “Aaah, pero ese eres tú, no disque tú te llamas, como fue que dijo, Oliver”. Ya detectado, le confirmé que yo era Melton Pineda, periodista del Listín Diario.  Algunos de los jóvenes pasajeros me conocían porque estudiaban en el Liceo Federico Henríquez y Carvajal.

Una joven que nos conocía muy bien solo exclamó: “Ay lo van a matar, él es el líder del liceo y es periodista”. A esa misma joven le dije: dígale a mi familia que me apresaron aquí en el cruce de El Peñón, que llamen a Don Rafael Herrera al Listín Diario.

De inmediato, nos esposaron y nos conminaron a montarme en el carro “pangola” que el comandante Coronel Paulino Reyes de León envió inmediatamente a buscarnos al cruce.

Varias de las jóvenes comenzaron a llorar, en la creencia de que me matarían luego del apresamiento. “Pangola” se le llamaba entonces al vehículo patrullero de la PN que tenía el color verde y las cuatro puertas blancas, igual que a los vehículos de una empresa lechera en la capital.

En el camino, fuertemente armado, el chofer del carro policial denominado Seven Up, su conductor el sargento Chichito Herasme y un Jeep del Ejército Nacional, me escoltaban en el camino.

A medio kilómetro del punto donde nos apresaron en el Cruce de El Peñón, el chofer, a quien conocía muy bien, porque almorzaba en una vivienda al lado de  la casa de mis padres, precisamente la vivienda propiedad de los padres de mi hoy esposa, Ana Medina Medina.

Este agente, como sabía el tipo de prisionero que llevaba, trató de golpearme en la cara, a lo que le sujetamos el brazo, vadeó dando zigzag, porque estaba manejando el patrullero. Le reclamaba que era periodista, y me decía: “tú vas a ver si eres periodista, maldito comunista, disque periodista”.

Hizo un alto en la carretera y frenó, paró el patrullero color verde y negro y me ordenó colocarme frente a una pequeña mata de coco, con los brazos abiertos, para dispararme. Por suerte, donde quiera hay un sensato, un oficial, al parecer escuchó cuando le dije que era periodista, y le dijo: “Chichito, vámonos donde el coronel, que él es quien sabe lo que hay que hacer, no te metas en lío con ese periodista”.

 Me montaron de nuevo en el carro Seven Up y me llevaron al cuartelito de madera donde estaba el Estado Mayor de la PN, encabezados por el coronel Reyes de León y el Capitán Ángel Almonte.

Con mucha algarabía, los agentes llegaron pregonando, como si hubiesen obtenido un trofeo: “Aquí le tenemos el más buscado Melton Pineda”.

Aún no me habían desmontado del automóvil y escuché al coronel Reyes de León, decir: “Oye. Y quién coge ese peje, están locos ustedes, qué va a hacer ese maldito comunista por aquí”.

Ya frente al oficial, este no llegaba a creer que un joven de apenas 18-19 años fuera Melton Pineda y nos preguntaba, muy incrédulo -cómo es su nombre, le respondía Melton Pineda. Un miembro de la patrulla le llevó el sobrero viejo, las libretas con los apuntes y el carnet del Listín Diario, al alto oficial, que observaba la foto y nos miraba, sin creer lo que leía en el carnet, “pero esta mierda es Melton Pineda”.

En esa época, 1970, tenía un peso de 110 libras. “Pero no lo puedo creer: nooooo, noooo, noooooo, tránquenlo, que yo hablo con él allá en Barahona”.

Una patrulla de la PN y un miembro del G-2 llamado Cabo Otto, nos condujo y nos lanzó un golpe en la cabeza sin alcanzarme, nos abajamos y nos empujó en la puerta hacia adentro de la celda, donde habían más de 125 presos, donde solo cabían 20 o 25 personas apretujadas, y con la misma rabia le tiré la puerta en la cara sin lograr tocarlo.

Sentí que trancó el candado y bajo amenazas, dijo: “no te apures, allá nos arreglamos”, nos voceaba al otro lado de la puerta el temible Otto.

Al llegar a la celda, los presos, en su mayoría nos conocían, porque eran estudiantes del liceo Federico Henríquez y Carvajal, donde éramos el líder y me protegieron alegando que “hay que matarnos a todos si nos hacían algo”.

Llegó la hora de trasladar a los presos hacia el cuartel en la fortaleza Enriquillo de la PN de Barahona. Me apartaron del grupo,  me esposaron de nuevo, me amararon con sogas por los pies y las manos. Me amarraron de la baranda del camión donde iban los demás detenidos y se dispuso que un Jeep del Ejército, con una ametralladora de alto calibre, emplazada a poca distancia del camión que nos conducía, apuntara el grupo, y nos escoltó hasta la ciudad de Barahona.

Ya allí, mis padres nos esperaban desesperados en la puerta del cuartel policial junto a un grupo de familiares de detenidos de El Peñón. Mi madre, al ver la condición especial como íba en el camión, irrumpió en llantos. Yo le voceaba, llamen al Listín a Rafael Herrera. Ya lo habían hecho. Todos en El Listín sabían de mi apresamiento.

Los demás presos, más de un centenar, los trancaron en la celda y a mí me dejaron frente a las oficinas del departamento de  Homicidios en la explanada.

El comandante Reyes de León ordenó llamar a todos los agentes y que llamaran a la Base del Ejército en la Quinta Brigada, “para que conocieran al comunista que dice que es periodista, que tiene intranquila a Barahona”, proclamaba a voz en cuello.

En diez minutos hubo una formación general. Yo enfrente, el oficial entre otros que lo acompañaban y que me insultaban y decían: “Miren el hombre, la mierda que ustedes nunca pudieron apresar, aquí lo tenemos. De aquí no sale este buen comunista”. Yo le reclamaba: “periodista, periodista”, y el oficial reiteraba: “Usted es un comunista, buena mierda”. “-Coronel, respéteme, que yo no soy mierda, respéteme, yo no le he irrespetado a ustedes”, y me contestaba: “mírenlo, mírenlo, ahora quiere privar en guapo”, “yo no soy guapo, pero no temo morir, no tengo miedo de morir”. “-Cállese” me ordenaba el alto oficial y le contestaba: “Como usted quiera, pero yo no soy mierda, disparen si ustedes quieren”. 

Ordenó un “rompan filas” y me llevó hasta la oficina de Homicidios, donde inició un interminable interrogatorio.

Detrás de mí, se colocaron un grupo de criminales, con macanas de palo y gomas. Miré hacia atrás. Eran cinco en total, el oficial me ordenaba que no volteara la cara, que mirara de frente al alto oficial. Le dije al grupo: “me pueden golpear, pero mátenme”. 

“-Cállese”, ordenaba el oficial, y les repetía: “me pueden golpear, pero no me dejen vivo, o se van de Barahona”. “-“-Cállese comunista del Diablo, maldito, y diga dónde están las armas con las que ustedes enfrentan la policía, y hasta a mí me quieren matar, buena mierda”.

-Coronel, yo lo que soy es periodista, y me respondía indignado: “periodista, comunista, comunista coño y hasta priva en guapo”. 

“Tampoco soy guapo, pero no temo morir”, le respondía.

Por suerte, y de forma oportuna, sonó el teléfono, según la conversación, determiné que era el Padre Camilo de la Parroquia Cristo Rey. El oficial le decía a su interlocutor: “no, no padre, no padre, lo estamos interrogando, venga para que lo vea, no, no, no se le ha puesto la mano, venga padre, venga al cuartel”.

El alto oficial policial proseguía con los insultos, “y sus amiguitos, donde están escondidos, y el Pelayo ese, dígame, dígame, y Zapete, y Chanlate, y Freddy la Tabla y el Mellizo”, los conocía a todos por sus nombres y apodos, todos eran miembros dirigentes de la Unión de Estudiantes Revolucionario (UER) que liderábamos en el liceo y del Frente Estudiantil Flavio Suero (FEFLAS).

En ese tramo del interrogatorio, volvió a sonar el teléfono, sonaba, sonaba, sonaba y sonaba, al parecer eran personalidades amigas de mi familia.

Hasta que, en una, el teléfono solo sonó dos veces. De una vez, y el oficial le prestó más atención, yo me alegré, porque bajo llantos mi madre había salido del cuartel a llamar a Don Rafael Herrera, el oficial solo dijo: “ohhhh Don Rafael, como está usted, sí, sí, aquí lo tengo al frente, sí, sí, no, no, a él no se le ha golpeado, se lo puedo poner al teléfono, sí, pero, no, no hay acusación, aunque ha hecho muchas en el liceo, yo se lo voy a despachar. Esta misma tarde, no se preocupe, basta y sobra que usted me llame, sí, sí, yo se lo voy a entregar a su familia que está ahí afuera”, le prometía el oficial a su interlocutor. “Ok, en eso quedamos, muchas gracias, Don Rafael, sí, sí, yo se lo entrego hoy cuando termine el interrogatorio, sí se lo prometo, basta y sobra que usted me ha llamado. Mis afectos, Don Rafael”.

El nivel de los insultos cambió, ordenó a los matones que entraran a un cuartito contiguo al lugar del interrogatorio. 

Y así fue, esa misma tarde me entregaron a mis familiares, lo que provocó una algarabía en las afueras del cuartel. Le recomendé que no lanzaran consignas y el grupo nos llevó hasta nuestra casa.

Al otro día en el liceo

Ya en el liceo Federico Henríquez y Carvajal, miembros del Partido Comunista de la Republica Dominicana, (PACOREDO), encabezados, por Oscar López Reyes, un tal Tacoy y un grupo de miembros de ese partido dizque de izquierda, embadurnaron las paredes con afiches y pintura en los pasillos del liceo acusándome de agente policial, porque la policía nos había puesto en libertad sin ninguna acusación. No habíamos revelado por qué nos liberaron y quienes llamaron.

La dirección de la UER, de la cual éramos su secretario general  y el FEFLAS, encabezado por Juan Pablo Féliz, (Pelayo), Freddy Urbáez, (Freddy La Tabla) Chalupa, José Chanlate, El Mellizo, Oscar Moreta (El Zurdo),  convocamos una asamblea conjunta para explicar todo lo transcurrido, desde nuestro apresamiento hasta mi puesta en libertad y porqué la PN nos liberó.

Luego de varios discursos y nuestra narración y cómo pasaron los hechos, el profesor Virgilio Peláez, y su hijo y director Publio Peláez, tomaron  turnos en la asamblea estudiantil, hicieron una amplia defensa nuestra y acusando de verdaderos agentes del enemigo a quienes nos acusaban de agente de la policía, decía, el profesor, “en vez de alegrarse de que no lo mataron, miren de qué lo acusan”, y con una rabia inusual dio un manoplazo en la pizarra y dijo: yo defiendo la seriedad de este dirigente estudiantil y si él es agente policial, yo soy oficial de la PN, bandidos”…decía indignado el profesor Virgilio Peláez.

Entre un estruendoso aplauso salimos en manifestación hacia el patrio del liceo y luego a las calles.

Así celebramos nuestra puesta en libertad con la ausencia de quienes deseaban que nos hicieran acusaciones.

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